Bogotá y Villa de Leyva… prosa y poesía
- gleniosabbad
- 29 sept 2025
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“Entonemos un himno a tu cielo, a tu tierra y tu puro vivir” (Himno de Bogotá, 1974)
“Hoy me siento muy feliz. ¡Villa de Leyva, yo te amo!” (Himno de Villa de Leyva, 2008)
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Manifiesto
Hoy confesamos: la tarea no es sencilla. No hablaremos de leyes ni de códigos, sino de aquello que antecede y sostiene todo Derecho: el amor. Porque, al fin y al cabo, no hay Derecho sin amor. Queremos transformar el sentimiento en pensamiento, la sensación en percepción, y repetimos: no hay pensamiento sin afecto.
Queremos degustar a Bogotá y a Villa de Leyva como quien degusta un vino raro. Nos acercamos a ellas como el sommelier que hace girar la copa y descubre capas invisibles: cuerpo, aroma, memoria, promesa. Así también estas ciudades —cada calle, cada plaza, cada silencio, cada ruido— son sorbos distintos que nos piden atención y reverencia.
Bogotá y Villa de Leyva son geografías concretas, sí, pero también metáforas de lo que somos. Lo que decimos de ellas podría decirse de tantas ciudades, porque toda ciudad guarda dolores y celebraciones, rutinas y epifanías. Hoy elegimos estas dos, pues en ellas experimentamos el contraste esencial de la existencia: la prosa y la poesía, el amor que construye y el deseo que libera.
Bogotá: prosa escrita en piedra y papel
Bogotá es amor, como canta Rita Lee. Amor que exige, que madura, que permanece. La ciudad nos ofrece sus librerías —de la Babel a la Wilborada 1047, de la Nada a la Tornamesa, entre tantas otras— donde los libros son ventanas y espejos. En cada estante, una invitación a la reflexión, un llamado a la permanencia.
Bogotá también se degusta con el paladar: los ajiacos humeantes que abrigan los días fríos, las arepas que nos esperan en cada esquina, el café que nos despierta como un verso breve, simple y necesario.
La ciudad son también sus museos: el Museo del Oro, con el resplandor que nos recuerda que lo humano siempre buscó lo eterno; el Botero, con su ironía que revela que el peso y la ligereza son inseparables; el Museo Nacional, guardando memorias de guerras, independencias y sueños.
Y Bogotá es también Monserrate, que se eleva como altar y mirador: allí la ciudad entera se ofrece como metáfora de la vida —caótica y bella, distante e íntima. La Candelaria, con sus casas coloniales y grafitis que hablan al presente, es la síntesis entre pasado y futuro, entre herencia y reinvención.
Villa de Leyva: poesía en piedra y silencio
Villa, en cambio, es sexo —inmediato, vibrante, fulgurante. Es el vino producido en sus valles, que nos recuerda que la tierra también canta en cada racimo de uvas. Es el Festival de Cometas, cuando el cielo se cubre de colores y recordamos que somos niños lanzando deseos al viento.
Es el Museo El Fósil, donde reposa el kronosaurio, guardián silencioso de una memoria mucho más antigua que la nuestra. Es la Casa Terracota, ese sueño de barro que parece salido de otro planeta, recordándonos que la arquitectura también puede ser poema.
Y, sobre todo, Villa es su plaza mayor, desmedida y mineral, donde la noche cae como un manto de estrellas. Allí aprendemos que el silencio también habla, y que la belleza no necesita adornos: basta con ser piedra, basta con ser cielo.
Heidegger: el pensador y la poeta
Heidegger nos decía que el pensador y el poeta son guardianes del lenguaje. El pensador busca el Ser en la pregunta; el poeta anuncia la verdad de la existencia desde el asombro.
Así también las ciudades: Bogotá es el pensador; Villa de Leyva, la poeta.
En Bogotá, todo nos invita a preguntar: los libros, los debates universitarios, los museos, las marchas en la plaza.
En Villa, todo nos invita a cantar: las piedras, el vino, los fósiles, el viento nocturno.
Somos seres de narrativas
No desconocemos el peso del día a día: Bogotá con su tráfico que agota, Villa con el turismo que desgasta. Pero sabemos que sin poesía y sin prosa la vida se encoge y se empobrece.
Porque, en esencia, somos seres de narrativas. Metáforas que caminan, figuras de lenguaje que respiran. Bogotá y Villa de Leyva sólo nos recuerdan lo que siempre hemos sido: razón y pasión, permanencia e instante, prosa y poesía.
Al hablar de ellas, hablamos de nosotros. Al describirlas, nos revelamos. No porque sean perfectas, sino porque nos espejan. Bogotá es el ancla; Villa, el ala. Bogotá es la voz grave de la reflexión; Villa, el soplo leve de la imaginación.
Un devenir permanente
Por eso, al final —o mejor, al recomienzo— entendemos que ninguna conclusión es definitiva. Lo que aquí escribimos no se cierra: es un devenir permanente. Bogotá nos enseña a permanecer; Villa, a cambiar. Bogotá es la pregunta que insiste; Villa, la respuesta que se canta. Entre ambas, encontramos la entereza de nuestra condición: criaturas que viven de historias, de versos, de canciones.
Y si la vida es dura, es la palabra —amorosa y poética— la que nos salva. Sigamos, entonces: en cada calle, en cada plaza, en cada relato. Porque vivir es siempre un devenir permanente.


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