Extra, extra, extra : Platón, vetado en Estados Unidos, concede entrevista en Bogotá, la Atenas de América del Sur
- gleniosabbad
- hace 21 horas
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Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Bogotá amaneció con un rumor que no figuraba en los boletines oficiales ni en las alertas del celular: Platón había llegado de incógnito. No venía a dictar cátedra —Dios nos libre—, sino a conversar, que es lo único que siempre supo hacer sin levantar sospechas. “Me dijeron que aquí todavía se discute”, murmuró, acomodándose la túnica en una cafetería de la Séptima. Y pidió tinto.
—Maestro —le preguntamos—, ¿qué siente al ser vetado en universidades de Estados Unidos?
Platón sonrió con esa paciencia de quien ya fue expulsado de Siracusa y sobrevivió.—Nada nuevo. A los sofistas de ayer los llamaban maestros; a los de hoy, gestores. Cambia el nombre, no la alergia a las preguntas.
Nos explicó, con voz baja y ironía limpia, que el problema no es su antigüedad, sino su exigencia. “El diálogo no consuela; incomoda. Y hay épocas —añadió— en que incomodar es delito administrativo”.
Bogotá, la Atenas del sur, lo escuchaba sin interrumpir. Aquí aún se tolera la contradicción con café caliente y pan de bono. En cambio, al norte, nos contó, se prefieren manuales sin esquinas. “Una idea con bordes corta”, dicen. Y se la guardan en un cajón.
—¿Y no es exagerado comparar esto con la prehistoria? —le provocamos.
Platón rió.—La prehistoria se está defendiendo sola.
Entonces habló de los neandertales, esos parientes a quienes insultamos para sentirnos modernos. Resulta que no eran torpes: pensaban con símbolos, ritualizaban espacios, construían sin utilidad inmediata. En otras palabras, soportaban la complejidad. “Ellos no borraban lo que no entendían —dijo—. Lo miraban más tiempo”.
Bogotá asentía. Aquí sabemos mirar.
—¿Y nosotros? —insistimos.
—Ustedes tienen pantallas —respondió—. Y prisa. Mucha prisa.
Nos recordó, con una malicia muy machadiana, que la inteligencia no desaparece de golpe: se adelgaza. Primero se acortan los textos; luego, las frases; después, las ideas. Al final, se prohíbe el autor porque la lectura cansa. “No me vetan por viejo —repitió—, sino por largo”.
Le preguntamos por Texas, por las directrices, por la política.
—Ah —dijo—, eso tiene genealogía. Hubo una época reciente en que la complejidad fue tratada como sospechosa y la universidad como enemiga. La política aprendió a hablar corto para pensar menos. El aplauso reemplazó al argumento. Y cuando el argumento falta, el diálogo estorba.
No mencionó nombres; no hizo falta. Las eras se reconocen por sus gestos.
—¿Entonces es censura?
—Es miedo —corrigió—. El miedo siempre se disfraza de orden.
Le contamos que algunos dicen: “Platón sigue en otros cursos”. Sonrió otra vez.—La libertad académica no es un almacén. Es situacional. Quitarme de un tema es quitar el tema de pensarme.
Pidió otro tinto. Afuera llovía con método socrático: pregunta, pausa, respuesta.
—Maestro —cerramos—, ¿qué título pondría a esta época?
Pensó un segundo, como quien ya lo pensó todo.—No diría neandertalización —concedió—. Sería injusto. Diría algo peor: infraneandertalización. Tener herramientas y rehusar usarlas. Tener palabras y prohibirlas. Tener universidades y temerles.
Pagó la cuenta. Antes de irse, dejó una frase en la servilleta: “Una sociedad que expulsa preguntas se queda solo con respuestas ajenas”. Luego desapareció por la Carrera Séptima, rumbo a la Biblioteca Luis Ángel Arango, donde —dicen— todavía se discute sin permiso.


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