Hipocresía soberana: la nueva gramática del poder global
- gleniosabbad
- hace 2 días
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“No es el Derecho el que limita al poder; es el poder el que decide cuándo el Derecho vale.”
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
La pregunta que abre este ensayo puede parecer incómoda, quizá exagerada, pero el mundo contemporáneo insiste en formularla: ¿es posible convertir la hipocresía en una institución jurídica? No como un vicio ocasional, no como un tropiezo moral, sino como una técnica regular de gobierno del mundo.
La actuación reciente de los Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump sugiere que la respuesta práctica es afirmativa. No estamos ante una simple infracción del Derecho Internacional —eso ya sería casi rutinario—, sino frente a algo más sofisticado: el esfuerzo deliberado por vestir la ilegalidad con traje jurídico, como si cambiarle el nombre a la fuerza bastara para transformarla en norma.
No se trata de violar el Derecho. Se trata de hablar en nombre del Derecho mientras se lo vacía por dentro.
1. De la excepción al hábito
Durante años se nos dijo que la excepción era una respuesta extrema para situaciones extremas. Hoy, la excepción se ha convertido en método administrativo. La guerra ya no es guerra; es “operación”. La invasión se llama “intervención”. El secuestro internacional aparece rebautizado como “aplicación de la ley”.
No es un problema de diccionario. Es ingeniería política del lenguaje. El poder ha aprendido que, en un mundo saturado de normas, no hace falta destruir el Derecho: basta con manipularlo.
2. La hipocresía como racionalidad
Aquí la hipocresía deja de ser un defecto moral para convertirse en una forma de inteligencia política. El mismo actor que exige soberanía, legalidad y debido proceso cuando le conviene, relativiza esos principios cuando se vuelven incómodos.
No es incoherencia; es selección. Las normas no desaparecen: cambian de destinatario. Para unos, son obligatorias. Para otros, negociables. Para algunos más, simples sugerencias.
La hipocresía, lejos de ser un error del sistema, es el sistema funcionando.
3. El Derecho como coartada
Cuando el poder se ve atrapado en su propia ilegalidad, no renuncia al Derecho. Lo rebaja. Produce argumentos mínimos, frágiles, a veces contradictorios, pero suficientes para mantener la apariencia de legalidad.
El Derecho deja entonces de ser un sistema coherente y se convierte en un repertorio de coartadas. Ya no importa convencer, sino desactivar la crítica. No importa la consistencia del argumento, sino su utilidad inmediata.
La toga no juzga: protege.
4. Geopolítica y fatalismo
La hipocresía jurídica se fortalece cuando se asocia a la retórica geopolítica de la inevitabilidad. Las decisiones se presentan como dictadas por la “seguridad”, la “estabilidad” o el “interés estratégico”.
El mensaje es claro: no hubo elección; no había alternativa.
Así se construye una ecuación peligrosa: la fuerza decide, el Derecho justifica y quien critica es acusado de ingenuo, idealista o, peor aún, de no entender “cómo funciona el mundo”.
5. Juricidio en cámara lenta
Llamar a esto juricidio no es exageración literaria. Lo que se destruye no es una norma aislada, sino la idea misma de que el Derecho puede limitar al poder.
Cuando la hipocresía se institucionaliza, el mensaje es brutalmente honesto: el Derecho existe mientras coincide con la conveniencia estratégica; cuando estorba, se archiva.
En ese escenario, ya no es el Derecho el que gobierna la política exterior. Es la política exterior la que decide cuándo el Derecho merece existir.
Conclusión
Volvamos a la pregunta inicial: ¿puede la hipocresía convertirse en una institución jurídica?
Desde el punto de vista dogmático, la respuesta debería ser no.Desde el punto de vista de la práctica internacional actual, la respuesta ya fue dada —y no por los juristas.
El verdadero peligro no está en un acto aislado, sino en la normalización de la duplicidad. Cuando la hipocresía deja de avergonzar y pasa a organizar el poder, lo que se pone en juego no es solo la legalidad de una acción, sino el futuro mismo del Derecho como límite.
Porque cuando el poder aprende a hablar jurídicamente sin obedecer al Derecho, lo que queda no es orden. Es solo retórica armada.


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