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Brasoabdil: ¿seguiremos lamentando o actuaremos?

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 7 sept 2025
  • 4 Min. de lectura

Brasoabdil: ¿seguiremos lamentando o actuaremos?

Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )


Epígrafe

— Madre, he perdido el reino.

— No llores por lo que no defendiste. Aprende: la gloria no se guarda en lágrimas, sino en acción.


Cuentan las crónicas que cuando Boabdil, el último sultán de Granada, entregó la Alhambra en 1492, rompió en llanto al mirar por última vez sus murallas. Y su madre, Aixa la Honesta, le lanzó una frase que todavía retumba como campana fúnebre: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre.”

Han pasado siglos, pero esa sentencia parece escrita para nosotros. Brasil —ese país que fue anunciado como la tierra del mañana— vive condenado a un calendario que nunca se cumple. Promete mucho, cumple poco. Se lamenta a diario de sus desigualdades y de su atraso, pero rara vez construye proyectos que perduren. Es el suspiro del moro en versión tropical: el llanto por lo que pudo ser y no fue.

Mientras tanto, el mundo avanza a zancadas. La geoeconomía se volvió el escenario donde se juegan las potencias. Ya no manda el cañón ni la espada, sino la capacidad de controlar cadenas de suministro, minerales estratégicos, energía limpia. Y ahí está Brasil, sentado sobre un cofre de tesoros —tierras raras, litio, niobio, agricultura robusta—, incapaz de convertirlo en protagonismo.

Parte de la parálisis viene de un proteccionismo envejecido, que prefiere levantar muros antes que competir de frente. Desde los años noventa, poco hemos avanzado en integrarnos al comercio mundial. Tarifas altísimas, aduanas laberínticas, reglas absurdas: un país que se encierra en sí mismo y se conforma con esa ilusión de seguridad. Como se ha dicho con razón, subir aranceles en tiempos de crisis es “pegarse un tiro en el pie”.

Claro que ninguna apertura se hace de la noche a la mañana. Nadie cruza un océano incendiando los puentes, sino construyendo barcos firmes para la travesía. Pero frente al nuevo ajedrez geoeconómico que imponen las tensiones desde Trump, la guerra comercial entre China y Estados Unidos y la reconfiguración de las cadenas globales, Brasil necesita empezar a mover sus fichas. Quedarse quieto es perder el partido sin haberlo jugado.

La historia ofrece ejemplos.


🔹 La lección de Corea del Sur

En los sesenta, Corea del Sur era pobre, destruida por la guerra. En vez de encerrarse en su miseria, apostó por integrarse gradualmente a los mercados mundiales. Protegió a sus industrias nacientes, sí, pero les exigió productividad y exportaciones. En pocas décadas, pasó de harapos a Samsung.


🔹 El caso de Chile

En los ochenta, Chile abrió sus puertas con acuerdos bilaterales y multilaterales. Hoy es una de las economías más abiertas del mundo, con vinos que se venden en Europa y cobre que alimenta las fábricas de Asia.


🔹 El contraste brasileño


Brasil, en cambio, insiste en protegerse de sí mismo. Con tarifas que doblan las de otros emergentes, fabrica un confort ilusorio. Gana mercado adentro, pero pierde allá afuera. Produce para dentro, pero se achica por dentro.

Es cierto: esos modelos no son recetas eternas. Corea y Chile tuvieron su razón de ser en su tiempo, y hoy enfrentan dilemas nuevos. Ellos también deben adaptarse al presente: la disputa tecnológica, las tensiones comerciales, la fractura de las cadenas de valor. Pero ahí está la paradoja: Brasil, si no fuera por las mordazas del proteccionismo y de la burocracia, podría estar mejor posicionado que nunca. Tiene recursos, tamaño, mercado y talento. Lo que no tiene es decisión.


🔹 Brasil entre lágrimas y trincheras


El problema no es solo económico. También estamos atrapados en una polarización brasilicida que nos devora. De un lado, un mesianismo jurássico de izquierda que promete redenciones imposibles; del otro, un extremismo de derecha patológico que convierte el resentimiento en programa de gobierno.

Mientras peleamos en esas trincheras, dejamos de discutir lo esencial: cómo usar nuestros recursos estratégicos, cómo modernizar la economía, cómo jugar en el tablero global. Lo que nos falta no son etiquetas de izquierda o derecha —marcadores ideológicos reduccionistas—, sino políticos que se acuerden de algo tan simple como cumplir el artículo 37 de la Constitución de 1988: legalidad, impersonalidad, moralidad, publicidad y eficiencia. Ni más ni menos.


🔹 Conclusión


La lección de Boabdil sigue siendo clara: quien llora más de lo que actúa termina perdiendo lo que tenía. Brasil no puede resignarse a ser el Brasoabdil de la geoeconomía, prisionero del suspiro y de la postergación.

Chile y Corea del Sur mostraron que abrirse puede traer innovación y competitividad. Pero no hay fórmulas mágicas, cada país tiene su momento. Ellos mismos se ajustan hoy a un mundo nuevo. Y Brasil, paradójicamente, podría estar mejor preparado que nunca: con litio, niobio, energía limpia, agricultura abundante, mercado interno gigante y creatividad de sobra. Lo que falta no es riqueza, es coraje.

La apertura, como toda travesía, no se hace en un salto ciego. Pero tampoco puede seguir posponiéndose hasta el infinito. El tiempo de la historia no espera. El tablero se mueve, con o sin nosotros.

La pregunta es ineludible: ¿seguiremos llorando como Boabdil o tendremos el valor de actuar? Porque la gloria —y el desarrollo— no se sostienen en lágrimas. Se sostienen en estrategia, en valentía y en acción.

 
 
 

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