top of page
03 - Logo Brasilombia - BG Azul.png
  • Instagram Brasilombia
  • LinkedIn Brasilombia

Del duelo a la ley: Christine de Pizan y el nacimiento de la razón femenina

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 24 oct 2025
  • 3 Min. de lectura

Por Glênio S Guedes ( abogado )

Texto escrito en homenaje a las psicoanalistas y abogadas de Brasil y Colombia


“Me propuse a mí misma decidir, en sana conciencia, si los argumentos reunidos por tantos varones insignes podrían estar equivocados.”
Christine de Pizan, La Ciudad de las Damas


Christine de Pizan fue una de esas raras flores que brotan en los intersticios de la historia. Viuda a los veinticinco años, en un tiempo en que las mujeres carecían de derechos civiles, convirtió el dolor en pensamiento y el silencio en escritura. Mientras Europa aún dormía bajo el peso de los dogmas y del latín de los teólogos, ella eligió la lengua de la razón y del alma.


Su frase —esa declaración de independencia intelectual— contiene la semilla de toda emancipación posterior: “me propuse decidir, en sana conciencia”. Decidir, en el siglo XV, era un verbo reservado a los hombres y a Dios. Christine lo pronuncia desde el duelo, desde la vulnerabilidad, pero también desde la lucidez que otorga la pérdida. En esa frase se consagra el tránsito del sufrimiento privado al acto público de pensar: la fundación de una conciencia femenina de la ley.


El derecho medieval, codificado por hombres y para hombres, hacía de la mujer una persona sub tutela, incapaz de administrar bienes o de gobernarse a sí misma. Christine desobedece esa gramática del poder escribiendo. Como observa Luciana Calado (UFPE, 2006), transforma el luto en agencia y la tristeza en un principio de acción. Su duelo no se estanca en la melancolía —ese pozo sin fondo del yo— sino que asciende, sublimado, hacia la palabra. Allí donde Freud vería un proceso de curación psíquica, nosotros vemos el gesto fundacional de un nuevo derecho: el derecho a pensar con voz propia.


En La Ciudad de las Damas, Christine levanta una fortaleza simbólica. Piedra a piedra, mujer por mujer, edifica un territorio de legitimidad donde la razón femenina puede habitar sin pedir permiso. Razón, Rectitud y Justicia, sus tres damas alegóricas, cumplen funciones semejantes al Ego y al Superyó: razonan, corrigen, equilibran. El texto entero parece un tribunal donde la autora, al mismo tiempo jueza y acusada, desmonta la misoginia de Aristóteles, de Ovidio y de los clérigos de su tiempo.


Pero su juicio no es solo literario. Es un proceso psíquico: Christine debate con las voces que la habitan, esas que le susurran que las mujeres son inferiores, que la razón les está vedada. El diálogo se convierte así en un espacio transicional, una suerte de psicoanálisis anticipado, donde el alma femenina se cura al hablar, al argumentar, al nombrar su herida.


La Ciudad no es una evasión utópica. Es, como diría Ernst Bloch, un “sueño diurno de justicia”: la proyección de un futuro donde el mérito no tenga sexo y la razón no sea privilegio de los varones. Frente a la Edad Media que exaltaba un pasado ideal, Christine escribe hacia adelante. Imagina lo que todavía no existe, y por eso su obra es, más que un consuelo, un manifiesto.


Ese gesto de escribir —de ganarse la vida con la palabra— es ya un acto político. Cada manuscrito que circula en las cortes es una declaración de autonomía. En las miniaturas que la retratan, Christine aparece escribiendo en un escritorio propio: allí donde Virginia Woolf, siglos después, reclamaría “un cuarto propio”, ella ya había fundado una ciudad entera.


La Ciudad de las Damas es también una metáfora del inconsciente colectivo. Las murallas protegen lo que la cultura patriarcal intentó destruir: la autoestima femenina, la capacidad de nombrar el mundo. En su arquitectura alegórica se reconocen ecos del Estadio del Espejo de Lacan: el momento en que el yo se ve a sí mismo completo por primera vez. Christine ofrece a las mujeres un espejo no deformado, una imagen reconciliada de sí mismas.


Su herencia atraviesa siglos. De la teología tomista al humanismo jurídico, de la literatura alegórica al feminismo contemporáneo, Christine es un puente entre el luto y la ley, entre la emoción y la norma. Lo que en ella fue duelo se convierte en derecho; lo que fue palabra se transforma en justicia.


Hoy, cuando todavía se discute el lugar de las mujeres en el poder, su voz resuena como una advertencia luminosa: la ley no es solo un texto escrito por juristas; es también un relato sobre lo que consideramos humano. Y Christine de Pizan —poeta, jurista intuitiva y psicoanalista antes de Freud— escribió el primer capítulo de esa otra jurisprudencia: la de la razón femenina.


Porque, al decidir en “sana conciencia”, fundó algo más que una ciudad imaginaria: fundó la posibilidad de que las mujeres legislen sobre sí mismas, con la piedra firme de la palabra y con la ternura racional de quien ha aprendido, del duelo, a construir justicia.


 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
La IA y el Derecho: ¿Discernimiento o Herramienta?

En homenaje a la valerosa magistratura de Colombia “Alguém decidiu, em algum momento, que uma dada opinião era relevante para o algoritmo. Claro. Robô não pensa. O que parece difícil de explicar é uma

 
 
 

Comentarios


bottom of page