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El consultorio del doctor Samper

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 6 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Un diálogo más allá de la muerte entre Machado de Assis y Daniel Samper Ospina


Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )


Prólogo del Editor del Más Allá


Fue una tarde de neblina filosófica cuando encontré, entre los papeles invisibles del maestro Machado de Assis, un manuscrito singular:

“Consulta del doctor Samper — paciente colombiano, síntoma latino, diagnóstico universal.”

El documento parecía escrito a medio camino entre una consulta médica y una confesión humorística. Machado lo habría redactado, seguramente, en su consultorio celestial, ese donde atiende las almas de escritores que no pudieron curarse en vida.

Lo publico sin corregir una coma, porque la risa —como decía el propio Machado en un susurro onírico—

“es el único medicamento que no paga impuestos”.

Escena única — El consultorio del más allá


Un despacho silencioso. Las paredes están cubiertas de libros que no existen y de ideas que no mueren. En una silla de terciopelo metafísico, Machado de Assis afila una pluma invisible. A la puerta entra Daniel Samper Ospina, con su sonrisa entre cansada y cómplice.

MACHADO: Pase, mi estimado Samper. Usted viene de lejos… y viene riéndose, que es la mejor forma de llegar. Dígame, ¿qué lo trae a mi consultorio de almas difuntas?

SAMPER: Un síntoma, doctor. Escribo para no volverme loco. En Colombia, las noticias ya nacen con subtítulos de comedia; yo solo las traduzco al idioma del absurdo.

MACHADO: (levanta una ceja) Conozco el caso. En mi tiempo lo llamaban “el mal del siglo”. Hoy, tal vez, “el mal del noticiero”. Pero dígame: ¿reírse de un país enfermo es terapia… o recaída?

SAMPER: Es terapia, doctor. La risa no cura la fiebre, pero baja la temperatura. En Circombia intento sanar la demencia nacional con ironía. Aunque, confieso, hay pacientes que aman su enfermedad.

MACHADO: ¡Ah, el paciente latinoamericano! Ese lo traté yo también. En mis tiempos sufría de Humanitismo, diagnosticado por un tal Quincas Borba. La diferencia es que el suyo se contagia por tweets y conferencias de prensa.

SAMPER: Exacto. La infección empieza en el gabinete y termina en el feed. Y no crea que el Brasil está sano, doctor: el virus ya cruzó la frontera sin pasaporte. Vivimos en un mismo manicomio continental, con banderas distintas.

MACHADO: (ríe con amargura) La diferencia, querido amigo, es que en mi manicomio el director creía ser Dios; en el de ustedes, Dios es el paciente. Leí su historia sobre Jesús llegando a Bogotá. Un milagro… literario. Pero dígame: ¿y si el Salvador hubiera aterrizado en Brasil?

SAMPER: ¡Ay, doctor! Allá lo habría recibido la Policía Federal, autuado por la Receita Federal (la oficina de impuestos, tan temida como la conciencia)  por multiplicar panes sin factura, denunciado por curar sin licencia, y citado a declarar en la CPI de los Milagros. Al final lo canonizarían en las redes… y lo olvidarían a la semana siguiente.

MACHADO: (asiente, divertido) El pobre Jesús…En mis tiempos lo habrían crucificado en un editorial; en los suyos, lo cancelarían en Twitter. Pero dígame, Samper: ¿la risa salva?

SAMPER: No lo sé, doctor. Quizá la risa no salve, pero despierta. El colombiano, el brasileño… reímos porque estamos demasiado lúcidos para creer, y demasiado cansados para cambiar.

MACHADO: (anota algo en un cuaderno invisible) “Paciente consciente de su propio delirio.” Primer paso hacia la salvación… o hacia el escepticismo.

SAMPER: ¿Y cuál es la diferencia?

MACHADO: La diferencia es el tono del suspiro. Usted suspira con humor, yo con resignación.

SAMPER: Entonces, doctor, ¿escribir es un acto de fe?

MACHADO: No, mi estimado. Es un acto de resistencia. Contra la estupidez, contra la retórica, contra el tedio de los vivos. Usted lo hace con humor, y eso ya es una forma de santidad.

SAMPER: (sonríe) En Colombia diríamos que es un milagro con dedicatoria.


Epílogo


El manuscrito termina de golpe, como si el reloj del más allá hubiera dado la hora exacta del silencio. Dicen que Machado despidió a Samper con una receta:

“Dosis diarias de ironía, antes del desayuno. No se preocupe por los efectos secundarios: la lucidez es incurable.”

Días después apareció un nuevo título en la Biblioteca Celestial:

“Circombia, edición corregida y aumentada por el Más Allá.”

En la contraportada, el propio Machado había dejado una nota escrita con tinta de eternidad:

“Reír con inteligencia es el sacramento más noble de la desesperanza.”

Desde entonces, el consultorio del doctor Machado está lleno. Llegan autores de todos los siglos pidiendo remedios para sobrevivir a la política de los vivos. Unos traen versos, otros diagnósticos. Y el viejo maestro, sin levantar la vista, siempre responde:

“Lean a Samper, y déjenme en paz. La sátira cura más que cualquier decreto.”

 
 
 

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