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El latín y el griego nos habitan

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 1 oct 2025
  • 3 Min. de lectura
«Los verdaderos punks del siglo XXI son ustedes.»— Andrea Marcolongo

— Glênio S. Guedes, abogado en Brasil


La sustancia de una lucha: más allá de la utilidad


Andrea Marcolongo, esa mujer que habla de las lenguas antiguas como si fueran pan caliente recién salido del horno, nos recuerda que el latín y el griego no son simples herramientas de trabajo. No son un destornillador ni una llave inglesa. Son otra cosa: un ejercicio del alma, una gimnasia secreta del espíritu.

En su libro más reciente, ¿Por qué estudiar latín y griego (no) es inútil?, lanza un alegato encendido dirigido a los jóvenes de hoy, que corren de prisa por la vida como si nunca hubiera tiempo para detenerse a pensar. Y nos dice, con esa voz que golpea y acaricia al mismo tiempo, que las lenguas clásicas no sirven para arreglar un aparato, pero sí para construirnos por dentro.

Cuando abrimos sus páginas, cuando leemos sus frases, entendemos que esas lenguas lejanas, que parecían muertas, nos siguen hablando al oído: nos dicen que no estamos solos frente a las grandes preguntas de la existencia. Son un tesoro heredado, una lámpara encendida que ha atravesado milenios de dudas y de sueños. Sobre todo, son una escuela de libertad. Traducir es elegir. Cada palabra ambigua, cada frase difícil, es una invitación a ejercitar el espíritu crítico —del griego krinô, escoger—, esa gramática de la libertad que nos enseña a ser ciudadanos conscientes, con la frente en alto.


El espíritu crítico frente al espíritu artificial


Hoy, cuando todo el mundo se arrodilla ante las maravillas de la inteligencia artificial, Marcolongo nos advierte sobre las sirenas contemporáneas que cantan la supuesta inutilidad de las lenguas antiguas. La máquina traduce en segundos, sí, pero nos arrebata el camino, nos quita la fatiga, nos entrega un producto sin haber vivido el proceso.

El valor de una traducción del griego o del latín no está en el resultado final, sino en la disciplina interior que exige: la humildad de no saber, la paciencia de buscar en el diccionario como quien busca oro en el río, la lógica necesaria para armar de nuevo las piezas rotas de un mosaico gramatical. La inteligencia artificial da respuestas; el latín y el griego enseñan a formular preguntas. En un mundo saturado de información precocinada, esa no es una habilidad inútil. Es, más bien, cuestión de supervivencia.


El método de los antiguos: del derecho romano a la traducción


Aquí quiero detenerme un instante. Porque mi formación de abogado me lleva a tender un puente que me parece inevitable. Ese rigor del método, esa libertad del pensamiento, tienen un espejo en el derecho romano. Los juristas antiguos —Gayo, Ulpiano, Papiniano— no aplicaban las leyes como quien sigue un manual de instrucciones. Hacían otra cosa: desmenuzaban cada caso (casus) con precisión de cirujano, hasta hallar el principio justo (regula), esa “pequeña regla” que mide lo correcto.

Ese mismo camino del espíritu es el que recorre el latinista cuando enfrenta una frase de Cicerón:

  • Identificar cada caso, cada oración subordinada, hasta que aparezca el sentido escondido.

  • Escoger la palabra justa entre diez posibles, como el jurista que decide en qué categoría legal encaja un hecho.

En ambos terrenos, el del derecho y el de la lengua, se ejercita un pensamiento que organiza, jerarquiza, argumenta. Estudiar latín y griego es, sin darse cuenta, entrar en contacto con la columna vertebral de la civilización occidental. Es aprender a pensar con coherencia, y esa es una destreza que sirve para toda la vida.


Por un humanismo “punk” y conquistador


¿Cómo atraer a los jóvenes de hoy? Quizá dejando de justificarnos. Marcolongo lo dice con desparpajo: los estudiantes de griego y de latín son los verdaderos punks del siglo XXI. Y tiene razón.

Estudiar lenguas antiguas es un acto de resistencia: significa negarse a la facilidad, a la prisa, a la superficialidad. Significa escoger el tiempo largo de la reflexión contra el tiempo corto de la reacción. No presentemos el latín y el griego como una reliquia polvorienta que se guarda en una vitrina, sino como un entrenamiento de alto rendimiento para la mente, una ventaja en un mundo complejo. Quien aprende estas lenguas adquiere la llave para descifrar las estructuras profundas del lenguaje, del derecho, de la política y, en el fondo, del pensamiento mismo.


Conclusión


En conclusión, los argumentos de Andrea Marcolongo, lejos de quedar debilitados por esta época de algoritmos, resuenan con más urgencia que nunca. Reforzados por el paralelo con el método jurídico romano y afilados frente al desafío de la inteligencia artificial, sus alegatos nos invitan a mirar en los estudios clásicos no un fin muerto, sino el medio más seguro para forjar espíritus ágiles, críticos y, sobre todo, libres.

Porque el latín y el griego no son un conocimiento que se acumula: son una estructura del pensamiento que nos constituye.

Nos habitan.

 
 
 

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