Filosofía, Medicina y Derecho: la tríada de la cura humana
- gleniosabbad
- 22 oct 2025
- 3 Min. de lectura
Cuando el pensamiento, el cuerpo y la justicia buscan juntos la armonía del vivir
Por Glênio S Guedes ( abogado )
“No sé si logra que Filosofía y Medicina vuelvan a enamorarse. Creo que todos nos conformaríamos con que al menos sean buenos amigos.”
— Javier Sádaba, prólogo a Filosofía y Medicina. Una historia de amor.
“En toda sociedad en que hay fuertes y débiles,es la libertad la que esclaviza y la ley la que libera.”
— Henri-Dominique Lacordaire
Desde los primeros templos del saber, el ser humano comprendió que pensar, curar y convivir eran tres gestos de una misma vocación: salvar la vida del caos. El filósofo interroga el sentido, el médico cuida la materia viva y el jurista ordena la convivencia. Los tres, aunque hablen distintas lenguas, comparten una sola aspiración: preservar el equilibrio de lo humano frente a la desmesura del mundo.
La filosofía nació al pie de la enfermedad. Hipócrates observaba el cuerpo como quien contempla el destino, y Platón veía en la salud del alma la condición de la justicia. Pensar fue siempre una manera de curar, y curar, una manera de comprender. Cuando el cuerpo duele, la mente se vuelve humilde; cuando la mente reflexiona, el cuerpo encuentra reposo.
La medicina es el arte de restaurar la armonía de la carne;l a filosofía, la de restablecer la coherencia del alma; y el Derecho, la de dar salud a la convivencia, proteger su pulso moral. Porque la sociedad, sin justicia, enferma como un organismo sin oxígeno.
El médico enfrenta el desorden de los órganos; el jurista, el de las pasiones y los intereses; el filósofo, el del sentido. Juntos forman una tríada que custodia la salud integral del ser humano: la del cuerpo, la del espíritu y la del convivir.
Pero la historia moderna los separó: la ciencia se hizo cálculo, el Derecho se volvió código, la filosofía, discurso sin tierra. Y sin embargo, cada enfermo que padece injusticia, cada ciudadano que sufre el sinsentido, cada cuerpo social herido por la violencia, reclaman lo mismo: una cura que los reúna.
Canguilhem enseñó que la vida es la facultad de crear normas. Cuando el organismo enferma, inventa un nuevo equilibrio. Del mismo modo, una sociedad sana es la que inventa justicia cuando la vieja ya no basta. Las leyes son anticuerpos morales: aparecen cuando la fiebre de la violencia exige un remedio ético.
El filósofo rumano Constantin Noica habló de las enfermedades del espíritu: la ceguera del conocimiento, la pérdida del yo, el desarraigo, la sumisión al sistema, el narcisismo y la confusión de fronteras. Hoy esas dolencias se han vuelto colectivas. Un pueblo sin ideales sufre de acatolia; una comunidad sin identidad padece atodecia; un país que olvida su territorio vive en ahorecia; una justicia sometida al poder se vuelve catolítica; una sociedad de egos inflamados enferma de todetitis; y un mundo que confunde lo esencial con lo trivial está lleno de horetitis.
El Derecho es, entonces, una medicina del alma colectiva. No castiga: restablece el ritmo vital de la convivencia, recuerda que la libertad sin ley se vuelve tiranía del más fuerte. Así como el médico no cura solo con fármacos sino con presencia, el juez justo no sana con sanciones sino con equilibrio.
Cuando la filosofía se encierra en su torre, cuando la medicina olvida al ser humano, cuando el Derecho renuncia a la equidad, el mundo enferma. Pero cuando dialogan —cuando el pensamiento reflexiona, el cuerpo se escucha y la justicia actúa—, el mundo recobra su ritmo, y el hombre su dignidad.
Tal vez —como dice Sádaba— la Filosofía y la Medicina no vuelvan a enamorarse. Pero si el Derecho se sienta con ellas a la mesa, descubrirán que curar, pensar y juzgar son tres maneras de servir una misma verdad: la de preservar la vida en común.


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