La supervivencia del romanche es la victoria de la transdisciplinariedad aplicada: derecho, política, lingüística y ética de la convivencia en acción
- gleniosabbad
- 2 nov 2025
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« La lengua de Europa es la traducción » — Umberto Eco
Art. 4, Constitución Federal de la Confederación Suiza (1999): Las lenguas nacionales son el alemán, el francés, el italiano y el romanche.
Glenio S. Guedes (abogado en Brasil)
En los valles del Cantón de los Grisones, donde las montañas parecen custodiar el eco del latín, sobrevive el romanche: una lengua que no pertenece al pasado, sino a la esperanza del presente. Suiza, país que aprendió a convivir sin hegemonías, ha hecho del plurilingüismo una forma de inteligencia colectiva. Su Constitución no impone una lengua única; declara cuatro lenguas nacionales, reconociendo que la unidad auténtica solo nace del respeto por la diferencia.
El romanche, hablado por menos del uno por ciento de los suizos, es más que un idioma: es una manera de pensar el mundo. Como advierte Dominique Stich en Parlons Romanche, esta lengua “no muere por ser pequeña, sino por ser invisible”. De allí la urgencia de políticas activas: educación bilingüe en los Grisones, presencia digital y mediática, creación artística contemporánea, y una financiación estable que permita a los hablantes vivir su idioma en plenitud.
Christophe Büchi, en Mariage de raison, describe el federalismo suizo como un matrimonio de razón: pueblos distintos que decidieron no confundirse, sino convivir. Ese pacto no es un formalismo jurídico, sino una ética de la escucha. La democracia helvética funciona como un laboratorio de transdisciplinariedad aplicada, donde el derecho, la política y la lingüística se entrelazan para sostener la convivencia.
Por su parte, Romain Filstroff recuerda en Les mots sont apatrides que las palabras no tienen patria: pertenecen a quienes las pronuncian. El romanche, entonces, no es una reliquia, sino un acto de hospitalidad. Cada hablante que lo mantiene vivo se convierte en traductor del mundo. Defender el romanche no es nostalgia: es una tarea constitucional y ética, porque su desaparición fracturaría el pacto federal y empobrecería la diversidad humana.
Esa lección suiza resuena más allá de los Alpes. En América Latina, especialmente en los países con una fuerte presencia de lenguas indígenas —como Brasil y Colombia—, el mensaje adquiere una fuerza jurídica y cultural singular. No se trata solo de proteger un patrimonio lingüístico, sino de reconocer que cada lengua es una forma de ciudadanía. La diversidad lingüística no es un lujo académico, sino una condición de justicia: una nación que escucha sus voces originarias se escucha a sí misma. La Constitución Política de Colombia, en su artículo 10, establece que las lenguas y dialectos de los grupos étnicos son también oficiales en sus territorios; el texto constitucional brasileño, en su artículo 231, reconoce los derechos culturales y territoriales de los pueblos indígenas, lo que implica la preservación de sus lenguas. Ambos países, como Suiza, comparten la responsabilidad ética de traducir la unidad nacional en una práctica real de pluralismo.
Los desafíos son similares: las lenguas indígenas, como el wayuunaiki, el nasa yuwe, el emberá o el uitoto, enfrentan el mismo peligro de invisibilidad que acecha al romanche. Su defensa requiere educación bilingüe de calidad, políticas culturales consistentes, y un Estado que entienda que la diversidad lingüística no debilita la nación: la fortalece. Cuando una lengua muere, no desaparecen solo sus palabras, sino una forma de sabiduría, una visión del mundo, una memoria colectiva del paisaje.
El ejemplo suizo demuestra que la coexistencia no solo es posible, sino fecunda. Cada vez que una sociedad protege sus lenguas, protege su democracia, porque toda lengua es una república, un espacio de ciudadanía simbólica.Y quizás —como escribió Umberto Eco— la verdadera lengua de Europa, y del mundo, sea la traducción: ese ejercicio humilde y paciente que permite que las diferencias convivan.
El romanche sigue vivo porque traduce, y porque enseña que el derecho también puede ser una forma de poesía: la poesía del respeto. Y así como Suiza lo resguarda desde su Constitución, los países plurilingües de América Latina tienen el deber de hacerlo desde la suya.
Post scriptum
Mientras este artículo celebraba el ejemplo suizo de convivencia lingüística, el Parlamento del Cantón de Zúrich aprobaba una moción para posponer la enseñanza del francés en la escuela primaria. La ironía es deliciosa: el país que protege el romanche en su Constitución debate si sus niños deben seguir aprendiendo la lengua de Molière antes de la adolescencia. Quizás dentro de unos años, los niños de Zúrich aprendan francés como lengua extranjera, mientras los de los Grisones sigan soñando en romanche. Y en esa paradoja, Suiza volverá a recordarnos que hasta sus contradicciones son más educadas que las nuestras.
Bibliografía
BÜCHI, Christophe. Mariage de raison – Romands et Alémaniques: une histoire suisse. Carouge-Genève: Éditions Zoé, 2015.
STICH, Dominique. Parlons romanche : la quatrième langue officielle de la Suisse. Paris: Éditions L’Harmattan, 2007.
FILSTROFF, Romain (RF Monté). Les mots sont apatrides. Genève: Slatkine & Cie, 2023.
Constitución Federal de la Confederación Suiza, 18 de abril de 1999, artículos 4 y 70.
Constitución Política de Colombia, 4 de julio de 1991, artículo 10.
Constitución de la República Federativa del Brasil, 5 de octubre de 1988, artículo 231.
ECO, Umberto. Decir casi lo mismo: experiencias de traducción. Barcelona: Lumen, 2008.
MORIN, Edgar. El método VI – La ética. Madrid: Cátedra, 2006.
Radio Télévision Suisse (RTS Info). Le canton de Zurich veut supprimer le français à l’école primaire. RTS Info, 2 septembre 2025. Disponible en: https://www.rts.ch/info


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