No hay escasez de principios ambientales; hay escasez de cumplimiento, coherencia y gobernanza
- gleniosabbad
- 4 nov 2025
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Por Glênio S Guedes ( abogado )
El planeta no necesita sermones nuevos. Lo que necesita, con urgencia, es que alguien cumpla lo que ya está escrito. En los códigos y constituciones de medio mundo sobran los principios que deberían guiarnos: prevenir el daño, proteger la vida, equilibrar el desarrollo, responsabilizar al que contamina, recompensar al que conserva. Nada de eso es poesía. Son mandatos claros, aprobados y vigentes. Pero los gobiernos los recitan como letanías y los olvidan al salir del escenario.
Cada año, en las cumbres del clima, los poderosos se reúnen para lamentarse. Llegan en sus aviones privados, se abrazan ante las cámaras y proclaman sacrificios… para los demás. Nos piden que vivamos con menos, pero ellos no reducen nada. Han convertido la ecología en una misa de penitentes, y el derecho ambiental en un catálogo de excusas. El problema no es la falta de leyes: es la falta de vergüenza, de coherencia y de responsabilidad.
Porque los principios ya lo dicen todo. La prevención ordena evitar el daño cuando se sabe que puede ocurrir. La precaución, cuando todavía se duda, pero el riesgo es grande. El desarrollo sostenible no significa detener la economía, sino hacerla decente. El que contamina, paga; el que protege, merece apoyo. Y las generaciones futuras no son un lema: son el tribunal que algún día nos juzgará.
Pero mientras tanto, las oficinas se llenan de papeles, los ministerios se reproducen como hongos y los discursos se vuelven más largos que los ríos que se secan. Los responsables hablan de “transición verde”, como si fuera una pócima mágica, pero no cumplen ni con el alcantarillado básico. Prometen “carbono cero” en 2050, y no logran recoger la basura de hoy. Las leyes son ejemplares; la práctica, una farsa.
Cada tragedia ambiental repite el mismo teatro: condolencias oficiales, comisiones urgentes, y luego… el silencio. Nadie pregunta por qué las normas no bastaron. Nadie reconoce que el Estado, muchas veces, es el primer infractor. Las obras públicas se construyen sin licencia; los ríos se usan como vertederos; los basureros crecen a la sombra de las alcaldías. Y todo el mundo finge sorpresa cuando la naturaleza pasa la factura.
Cumplir el derecho ambiental no es un lujo: es el mínimo de decencia que una sociedad se debe a sí misma. No se trata de salvar ballenas mientras los niños mueren sin agua potable. Se trata de entender que la justicia ecológica empieza con la justicia social. Que preservar la naturaleza no es rezar por ella, sino planificarla, financiarla y gobernarla. El verdadero ecologismo no es el de los slogans, sino el de los resultados.
El mundo no se arreglará con nuevas cumbres ni con nuevas consignas. Se arreglará cuando los principios dejen de ser adornos de discurso y se conviertan en compromisos cumplidos. Lo que falta no son más normas, sino más coherencia. No más promesas, sino más cumplimiento.
Porque la tierra no necesita ser salvada de la humanidad. Necesita que la humanidad cumpla lo que ya prometió.


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