Popayán no es para profanos: el espejo blanco de Colombia según Víctor Paz Otero
- gleniosabbad
- 9 oct 2025
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Actualizado: 10 oct 2025
Por Glênio S Guedes ( abogado )
““Por otro lado, esas relaciones tejidas en torno a la servidumbre y a dominación llevaban implícita la negación de la humanidad para el esclavo.”
— Víctor Paz Otero, Entre encajes y cadenas: una historia de esclavos y señoritos, Bogotá: Villegas Editores S.A., 2010, p. 43.
1. La blancura y la fiebre de la memoria
Hay ciudades que se abren como un libro, y otras que se repliegan como un enigma. Popayán es ambas. Todo en ella es tan blanco que a veces hiere la vista: la cal, el sol, la memoria. Pero bajo esa blancura palpita la sangre de Colombia: las guerras civiles, los salones en penumbra, las voces femeninas acalladas por la retórica de los hombres.
Mi paso por Popayán fue una experiencia de hiperculturemia: una fiebre de historia, belleza y contradicciones. Cada calle parecía esconder una tesis; cada casa, una genealogía; cada plaza, una disputa entre el honor y la melancolía.Fue en medio de esa fiebre que descubrí Entre Encajes y Cadenas, de Víctor Paz Otero, un libro que no se lee, se respira. Crónica, confesión y autopsia espiritual de una ciudad que creyó ser Roma y terminó prisionera de su propio esplendor.
2. Popayán: el teatro del linaje
Otero retrata la Popayán del siglo XIX como un teatro barroco, donde los apellidos actúan como divinidades y las casas son templos del decoro. Los encajes son el artificio del alma femenina, pero también la trampa moral de una sociedad que teme al deseo. Las cadenas, las de la fe, la culpa y el linaje, que ataron la vida privada al destino político de toda una nación.
“Cada gesto de Popayán —escribe Otero— era una forma de no cambiar.”
3. Los caudillos: el poder como herencia
El universo payanés de Otero está habitado por caudillos que confundieron la república con la familia. Los retrata como hombres de verbo y espada, más movidos por el prestigio que por la idea de libertad. En ellos, el autor encuentra la clave del fracaso de la modernidad en Colombia:un país gobernado por caballeros ilustrados, formados en la retórica del deber, pero incapaces de desprenderse del espejo de su cuna.
Tomás Cipriano de Mosquera: el general que quiso fundar un apellido eterno
Mosquera encarna la soberbia del mando. Otero lo presenta como un estratega brillante, un lector de Voltaire que hablaba como si dictara encíclicas. Fue el modernizador más ambicioso, pero también el más prisionero del ego familiar. El autor lo describe como un “patriarca de sí mismo”: la figura de quien, al derribar el poder clerical, terminó construyendo una religión de su propia gloria.
“Mosquera quiso fundar la República, pero solo restauró su apellido.”
En su Popayán, la ilustración se vuelve monarquía moral: el liberalismo se viste de uniforme y el progreso se arrodilla ante el espejo.
Julio Arboleda: el poeta del absolutismo
Arboleda, el “Caballero de la Triste Elocuencia”, es retratado como la síntesis de la estética del poder. Otero lo admira y lo condena: lo llama “un príncipe del verbo”, un romántico que confundió la belleza con la autoridad. Su inteligencia —dice— fue tan brillante como inútil, porque quiso gobernar con el alma y no con las leyes. El autor lo convierte en el símbolo del político literario, aquel que “prefirió la perfección del estilo a la justicia del acto”. En Arboleda, la poesía se hace tiranía del gusto, y la palabra sustituye al deber.
José María Obando: el soldado ambiguo
De Obando, Otero resalta la contradicción vital: fue liberal por instinto y conservador por conveniencia.Campesino elevado a la categoría de prócer, su figura representa el drama de la movilidad social frustrada. No pertenecía del todo al linaje payanés, y por eso su rebeldía fue doble: contra el poder y contra el desprecio. Otero lo pinta como un hombre de honor antiguo, pero con la tragedia de no entender su tiempo:
“Obando quiso romper las cadenas, pero aún creía en los encajes.”
Su destino —la muerte injusta tras la guerra civil— simboliza para Otero el castigo de quien intentó entrar en un círculo reservado a los elegidos del apellido.
José Hilario López: el reformador incomprendido
En López, Otero encuentra un personaje más moderno, casi ilustrado, pero herido por la ingratitud nacional. Abrió las puertas a la abolición de la esclavitud y soñó con una Colombia civil, pero la aristocracia de Popayán jamás lo perdonó por haber querido romper el espejo. El autor lo retrata con compasión: un liberal con alma trágica, condenado por un país que no soporta a sus visionarios.
“López fue el más libre de todos, y por eso el más solitario.”
Manuel María Mallarino: el moderado sin destino
Mallarino representa la retórica del equilibrio, el político del consenso que nunca decide. Otero lo muestra como el prototipo del hombre decente que se pierde en la cortesía: incapaz de pasión y, por tanto, incapaz de historia. En él, Popayán alcanza su forma más perfecta de inmovilidad: el poder sin acto, la prudencia como anestesia moral.
“Mallarino gobernó como quien reza: sin alterar el aire.”
4. Los museos: vitrinas del tiempo detenido
El visitante contemporáneo puede ver aún esos rostros y esas contradicciones en la Casa Museo Mosquera y en la Casa Museo Guillermo León Valencia. En la primera, los retratos, las espadas, las cartas de campaña son los objetos de una religión civil, donde la fe ya no es en Dios sino en el apellido. En la segunda, el discurso de Valencia parece prolongar el eco de Arboleda: la oratoria como sustituto de la acción.
Ambas casas son anexos vivos del universo de Otero, donde los caudillos se transforman en reliquias, y la historia en ceremonia.
5. Las mujeres: el contrapunto silencioso
Frente a esos hombres de poder, Otero coloca las voces de Doña Carmen, Mercedes y Ana Josefa, mujeres que sostienen el mundo con su silencio. Ellas son la conciencia que los caudillos nunca tuvieron: el espejo moral que refleja el costo humano del linaje. En su quietud se esconde la pregunta que vertebra toda la novela:¿puede una nación fundada sobre la elocuencia y la vanidad alcanzar la madurez?
6. Conclusión: Popayán, el espejo de América Latina
Entre Encajes y Cadenas no es solo una novela sobre Popayán: es una radiografía de la identidad política latinoamericana. Los caudillos payaneses son arquetipos de un continente que confunde cultura con nobleza, palabra con poder y apellido con destino. Otero, con su prosa de seda y hierro, convierte la historia local en parábola universal.
Como brasileño, busco siempre analogías con los países vecinos para entender el mío, que también vive en esa adolescencia política sin fin, donde la forma se impone al fondo, y el gesto sustituye la justicia. Al salir de la Casa Mosquera comprendí que Popayán no era una ciudad, sino una advertencia: la belleza también puede ser una cadena.
Y que Víctor Paz Otero, al narrar la gloria y el ocaso de sus caudillos, escribió —en realidad— la biografía espiritual de América Latina.


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