¿Quiere aprender metafísica? Déme su mano, vamos juntos a Boyacá
- gleniosabbad
- 5 oct 2025
- 15 Min. de lectura
Boyacá, del muisca: “cercado real”, “lugar fortificado”, “tierra de los gobernantes”
Por Glênio S. Guedes (abogado de Brasil)
"La esencia del ser humano radica en habitar poéticamente la tierra."
— Martin Heidegger
"Hay, pues, un minuto solemne y grave,
un minuto de silencio y de misterio,
cuando el alma humana se siente sola
en medio del universo."
— Porfirio Barba Jacob
A quien, con su presencia, hizo de Boyacá no solo un lugar, sino una revelación del ser.
Como un brasileño que tuvo la oportunidad de conocer más de la mitad de los departamentos colombianos —y aquellos que no conocí con mis propios pasos, los recorrí con la lectura y la información—, declaro sin titubeos que, entre todos los rincones de Colombia, mi preferido es Boyacá.
No lo digo como un turista pasajero, sino como quien encontró en las tierras boyacenses un reflejo del espejo de la vida.
Boyacá, considerada una tierra metafísica por su riqueza en mitos y leyendas precolombinas y coloniales, su fuerte tradición religiosa, la identidad cultural profunda y ancestral de su gente, y los paisajes imponentes que evocan lo sublime y lo misterioso, aparece como un lugar que trasciende lo puramente terrenal.
Y acaso no es casualidad que el propio nombre del hombre (homo) provenga del humus, la tierra. Porque el ser humano se define en relación a la tierra que lo nutre. Así también Boyacá: tierra sagrada que enraíza la filosofía y la eleva hacia lo trascendente.
Nobsa – El telar divino
En Nobsa, los telares murmuran secretos. Cada hilo que se entrelaza nos recuerda que hay una mano invisible que sostiene el universo. Allí entendemos que Dios no está en las alturas lejanas, sino en el paño tibio que abriga al campesino en las madrugadas frías.
Monguí – Existir es aparecer
Cuando los faroles y los globos iluminan las noches de Monguí, uno comprende que existir es mostrarse, dejar huella. ¿Por qué hay algo y no más bien nada?, se pregunta la filosofía. Monguí responde con una sonrisa encendida en el cielo: existir es una fiesta.
Pero Monguí también puede reconocerse como exitosa futbolera fuera de la cancha, pues de sus manos artesanales salen los mejores balones de fútbol del país, esferas perfectas que nos recuerdan que el mundo mismo es un balón en juego.
Villa de Leyva – El universal en la piedra, el vino, las cometas y los espejos del alma
Villa de Leyva es un tratado callado sobre lo eterno. Cada piedra de su Plaza Mayor —la más amplia y armónica de Colombia— parece colocada por una voluntad invisible. En ese espacio perfecto, donde el aire tiene una textura distinta, el tiempo se detiene sin morir. Allí entendemos lo que Platón quiso decir cuando habló de las formas: lo que cambia en el mundo sensible permanece idéntico en el alma.
En torno a la plaza, los arcos coloniales, las campanas y los pasos lentos del visitante componen una sinfonía de permanencia. Villa es una pausa metafísica: un lugar donde el ser suspende su huida y se deja mirar.
A las afueras, la Casa de Terracota —una vivienda íntegramente hecha de barro cocido— parece obra de un demiurgo. Es arquitectura y escultura al mismo tiempo: una casa viva, modelada por el fuego y el sueño. La materia en ella no es pasiva: respira. Su creador no la construyó, la liberó, como si la tierra hubiese querido recordar que también sabe tomar forma humana. En la Casa de Terracota, lo sólido y lo blando se reconcilian: la arcilla vuelve a ser cosmos.
En el Museo del Fósil, donde reposa el Kronosaurus boyacensis, la historia geológica nos enseña la eternidad en otro registro. Ese gigantesco reptil marino, detenido en piedra, es la prueba de que el tiempo no solo pasa: también se acumula, se encarna. Cada fósil es una palabra pronunciada por la tierra en su propio idioma mineral.
El Museo Antonio Ricaurte, por su parte, nos devuelve a la metafísica del sacrificio. Allí se honra a quien se hizo llama para iluminar a otros. Su gesto —ofrendar la vida por la libertad— es la respuesta ética a la pregunta ontológica: ¿qué vale ser si no se es para algo?
Más allá del casco histórico, el Valle Escondido abre sus colinas verdes como un susurro. Allí la filosofía del paisaje cobra cuerpo: lo oculto es también lo esencial. No todo se muestra al que mira; hay bellezas que solo se revelan al que comprende.
Cerca de allí, el Museo del Molino de la Primavera conserva la memoria del agua y del trigo, de la rueda que gira desde el siglo XVIII. El molino no es una máquina: es un símbolo. Enseña que el movimiento, cuando obedece a un ritmo justo, se convierte en armonía.
En los alrededores, los viñedos de Villa de Leyva ofrecen otro modo de eternidad. Las uvas, bañadas por el sol altoandino, maduran lentamente, como si el tiempo mismo quisiera participar en la creación del vino. Y cuando el vino reposa en la copa, parece contener en su color profundo toda la historia de la tierra que lo nutre. En Villa, el vino no embriaga: revela. Es la metáfora líquida del conocimiento, el instante en que lo perecedero adquiere aroma de inmortalidad.
Cada agosto, el cielo se convierte en escenario del Festival del Viento y de las Cometas. Miles de cometas se alzan sobre la plaza y las montañas, danzando con el aire. El espectáculo no es solo visual: es ontológico. Cada cometa es una pregunta suspendida, un deseo que se eleva entre el ser y el cielo. En su vuelo efímero comprendemos la lección de la metafísica: que lo alto no está lejos, sino cerca; que lo eterno puede ser frágil, y aun así luminoso.
El Parque Nacional Iguaque, cuna sagrada de los muiscas, completa el círculo. Según la leyenda, de su laguna emergió Bachué, la madre de la humanidad. Allí, donde la neblina parece pensamiento y el viento reza, uno comprende que la metafísica no se inventa: se recuerda. Iguaque es el origen y el retorno, el alfa y el omega de la vida boyacense.
Y al final del recorrido, como un suspiro azul del cosmos, están los Pozos Azules. Esas pequeñas lagunas, teñidas por minerales y misterio, parecen ojos del planeta. Mirarlas es asomarse al inconsciente de la tierra. Allí, el cielo se hunde y la profundidad brilla.
Villa de Leyva reúne todos los elementos: la piedra, el barro, el vino, el agua, el aire y la luz. Por eso es el corazón metafísico de Boyacá. Quien camina por sus calles no solo pasea: medita. Quien se detiene en su plaza no solo descansa: se contempla.
Tibasosa – El sabor de la causa y la risa de los burros
La feijoa, orgullosa de su tierra, nos enseña que nada nace de la nada. El sabor dulce no cae del cielo: es hijo de la tierra fértil, del agua, del trabajo humano. Tibasosa pone en la boca lo que Aristóteles escribió en pergaminos: todo efecto tiene una causa.
Pero Tibasosa no se queda ahí. Cada año, entre buganvilles y bellas casonas coloniales, en su famosa competencia de burros – que, por su originalidad y aire campesino, atrae a propios y extraños - nos recuerda que la vida no es solo causalidad y lógica. También es juego, es absurdo, es ironía. La carrera de los burros filosofa a su manera: nos dice que el destino, por más serio que lo pensemos, a veces avanza con pasos torpes y risas espontáneas.
Duitama – El tiempo en capas
En Duitama, la historia vive en capas superpuestas: los muiscas, los conquistadores, la modernidad que avanza. Allí uno entiende que el tiempo no es una línea, sino una espiral donde el pasado se asoma en el presente y el futuro respira en cada esquina.
El Pueblito Boyacense – El universo en miniatura
En Duitama, además de sus capas históricas, se levanta el Pueblito Boyacense, donde las casas y plazas reproducen, a escala, la arquitectura y el alma de los pueblos más emblemáticos del departamento.
Caminar por sus calles es recorrer en un solo espacio a Villa de Leyva, Monguí, Tenza, Ráquira, y tantos otros. Es un espejo en miniatura donde Boyacá se contempla a sí misma.
Metafísicamente, el Pueblito Boyacense nos recuerda la paradoja del ser: cada fragmento contiene al todo. Como en el pensamiento de Leibniz, cada mónada refleja el universo entero. Así, cada casita pintada, cada patio empedrado del Pueblito, guarda la totalidad de Boyacá en sí mismo.
Sogamoso – El sol de la libertad
Sogamoso, tierra del Templo del Sol, es una metáfora ardiente del libre albedrío. Aquí un pueblo eligió adorar, resistir y reinventarse. Aquí también se decidió la libertad de la patria. Si la filosofía duda de la libertad, Sogamoso responde con hechos: vivir es elegir.
Paipa – Identidad en aguas calientes
En las aguas termales de Paipa el cuerpo descansa y renace. En el Pantano de Vargas la memoria se levanta y recuerda que fue aquí que se decidió militarmente la libertad de Colombia, como prelúdio de la libertad de cinco naciones más... Paipa nos dice que la identidad es eso: un cuerpo que cambia y un recuerdo que persiste.
Aquitania y la Laguna de Tota – El espejo del alma
Más allá de Paipa, donde el vapor y el recuerdo se confunden, el camino lleva a un lugar donde el agua parece tener memoria: la Laguna de Tota, el lago natural más grande de Colombia y uno de los más altos del continente.
Allí, entre montañas que parecen custodiar el misterio, el cielo se duplica. Todo se refleja: las nubes, los árboles, las aves, incluso los pensamientos. El agua, en su silencio, parece repetir la enseñanza de Heráclito: no se puede entrar dos veces en el mismo río, y sin embargo el reflejo lo contradice: todo retorna, todo se espeja.
A la orilla del lago se levanta Aquitania, una palabra que evoca las antiguas tierras romanas de Aqua, el agua que purifica y da vida. No es casual que un nombre tan clásico repose en medio de los Andes: como si Roma y los muiscas hubieran pactado en secreto un punto de encuentro entre sus mitologías.
En el extremo de la península, la Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes se alza sobre el agua como si emergiera del mismo espejo del ser. Cuando el sol cae, su reflejo en la laguna parece una aparición mística: una arquitectura que flota, suspendida entre el cielo y la tierra, entre lo visible y lo invisible.
Metafisicamente, Aquitania y Tota nos enseñan que el alma también tiene su laguna interior. Que mirar hacia el agua es mirarse a uno mismo, y que el ser —como la superficie del lago— solo se revela cuando está en calma.
Boyacá, una vez más, no explica: revela. Y en esa revelación, el agua se convierte en metáfora del conocimiento: cuanto más clara, más profunda.
Iza y Cuítiva – Donde el tiempo se sienta al sol
Entre las montañas de la provincia de Sugamuxi, cuyo nombre en lengua muisca significa “morada del sol”, laten dos pueblos que parecen haber detenido el reloj: Iza y Cuítiva.
En Iza, el aire huele a pan recién horneado y a agua termal. Allí, la vida tiene otra velocidad. Las casas blancas con balcones de flores miran al lago de Tota como si contemplaran un espejo antiguo. Iza enseña una metafísica sencilla y profunda: que el tiempo no siempre avanza, que a veces se sienta con nosotros a conversar mientras el sol se posa sobre los tejados.
En Cuítiva, el silencio parece heredado del cacique que le dio nombre, cuyo espíritu todavía recorre las colinas cercanas. Desde su iglesia colonial, levantada sobre una loma, se ve el mismo paisaje que vieron los muiscas cuando adoraban a Xué, el dios del sol. Allí se comprende lo que los filósofos intuyeron y los pueblos originarios sabían desde siempre: que el sol no solo alumbra, sino que da sentido, que sin luz no hay ser.
Metafísicamente, Iza y Cuítiva son el corazón templado de Boyacá: el lugar donde el fuego del sol toca el agua de la tierra y genera vida. Allí, el hombre y la naturaleza no se enfrentan, dialogan. Y ese diálogo —entre la montaña, el lago, el pan y la plegaria— es la mejor definición de lo que significa habitar poéticamente el mundo.
Ráquira – Realismo en barro y color
En Ráquira, las manos de los artesanos moldean el barro y pintan la vida. ¿Existen esas vasijas fuera de nosotros, o solo en nuestra imaginación? En Ráquira no importa la disputa: el mundo existe, pero necesita que lo rehaga el hombre, con barro, con color, con esperanza.
El Cocuy – La trascendencia en hielo y montaña
El Parque Nacional Natural El Cocuy es quizá el lugar más metafísico de toda Colombia. Allí, los nevados eternos y los glaciares parecen custodios del tiempo. El silencio de esas alturas recuerda a Parménides: el ser es, el no-ser no es.
Caminar en El Cocuy es rozar lo sublime en su sentido kantiano: aquello que supera nuestra capacidad de abarcar y nos llena de respeto. La montaña nevada es, a la vez, belleza y amenaza, origen y límite.
Metafísicamente, El Cocuy nos enseña que lo eterno no está en los tratados, sino en el hielo que resiste milenios, en la roca que desafía siglos, en el aire que se hace oración.
Güicán – La puerta de lo sagrado
Güicán es la entrada espiritual al Cocuy. Sus pueblos guardan la memoria de los u’wa, comunidad indígena que concibe la tierra como madre viva, que debe ser respetada y no poseída.
Si El Cocuy es la montaña del ser, Güicán es el umbral del misterio. Es la frontera entre lo humano y lo divino, entre lo que podemos pisar y lo que solo podemos contemplar.
Metafísicamente, Güicán nos recuerda que la sabiduría no siempre consiste en conquistar, sino en reconocer los límites, en inclinarse con humildad ante lo sagrado.
Chiquinquirá – La fe como universal
La Virgen de Chiquinquirá no solo es patrona de Colombia: en ella se fusiona la tradición católica con las creencias ancestrales muiscas —Chía, la luna, reposa a sus pies; y Xué, el sol, brilla en su cabeza—, como si el cielo entero se inclinara para coronarla.
Tunja – La capital del ser (y de la memoria)
Tunja no es solo la capital de Boyacá. Es la capital del alma. Ciudad universitaria, histórica, rebelde, Tunja encarna la pregunta más antigua de la filosofía: ¿qué significa ser? Allí la nación se piensa a sí misma y sueña futuros posibles.
Pero también es guardiana de reliquias únicas de su propia fundación. Una de ellas es la Casa del Fundador Gonzalo Suárez Rendón, erigida en el siglo XVI y hoy convertida en museo. En esas paredes vivió y murió el fundador de la ciudad; allí residieron sus herederos, y aún hoy la casa permanece en pie como una de las pocas moradas de fundadores que sobreviven en toda Hispanoamérica.
Junto a ella, la Casa de Juan de Vargas completa el legado. Ambas resguardan los célebres techos artesonados de Tunja, verdaderos cielos pintados en madera. Alegorías, figuras mitológicas y símbolos recorren esos artesonados del siglo XVII, en los que se mezclan la fe, el poder y la imaginación. No eran simples techos: eran tratados visuales, espejos culturales que convertían lo doméstico en un espacio metafísico.
Sus balcones de madera, sus patios de piedra y sus corredores silenciosos son memoria viva: testigos de los primeros cabildos, de las decisiones que marcaron el destino de Tunja y de la Nueva Granada.
Metafisicamente, estas casas nos enseñan que el ser humano no solo funda ciudades, sino también espacios simbólicos donde lo terrenal y lo trascendente se entrelazan. Tunja, con sus techos que parecen cielos detenidos, encarna la pregunta esencial: ¿qué significa permanecer?
Recuerdo que cuando visité la casa del Fundador, caía la lluvia y el anochecer cubría la ciudad. La casa estaba cerrada. Sin embargo, un anciano —funcionario ya casi confundido con las mismas piedras que cuidaba—, al ver mi interés, abrió una excepción y me permitió entrar.
Esa breve escena fue más que un gesto de cortesía: fue una revelación metafísica. Como si la propia Tunja hubiera querido mostrarme su secreto en la penumbra, como si la historia misma hubiera decidido abrirme una puerta. Porque la verdad del ser —nos dice Heidegger— no se impone: se revela. Y aquella noche, en la casa del Fundador, comprendí que la memoria también tiene guardianes humanos, que se convierten en puentes entre el pasado y el presente.
El Parque de los Muiscas – La memoria del ser antes del lenguaje
A las afueras de Tunja, entre montañas que conservan el eco del pasado, se levanta el Parque de los Muiscas, un santuario que no pertenece del todo al tiempo ni a la historia. Es, más bien, un lugar de tránsito entre la tierra y el mito, donde las piedras recuerdan lo que el lenguaje olvidó.
Allí, los rostros tallados en roca miran sin mirar. Parecen observar al visitante desde otra dimensión, una donde el tiempo no transcurre sino que respira. Cada figura muisca es un fragmento de eternidad, una intuición metafísica: el ser humano no es el centro del universo, sino su reflejo.
Caminar por ese parque es como descender a la prehistoria del alma. Los muiscas, con su sabiduría cósmica, sabían que la naturaleza no es un objeto de dominio, sino una entidad viva que nos antecede y nos acoge. En su silencio, el parque nos enseña que comprender no es hablar: es escuchar.
Metafisicamente, el Parque de los Muiscas es la imagen más pura de lo que Heidegger llamó el habitar poético del hombre. Allí el ser no se impone: se deja ser. No hay muros, ni techos, ni templos: hay horizonte. Y el horizonte, para el espíritu, es la promesa de lo infinito.
En Tunja, donde conviven las casas coloniales y los templos del barroco, el Parque de los Muiscas es un recordatorio ontológico: antes de la piedra tallada hubo pensamiento; antes del pensamiento, asombro; y antes del asombro, silencio.
Ese silencio, que todavía se siente entre los árboles y las esculturas, es la voz más antigua de Boyacá. Una voz que no explica: comprende.
El Puente de Boyacá – El cruce metafísico del destino
Es un arco sencillo de piedra sobre un río manso, y sin embargo es uno de los lugares más grandiosos de la tierra. Allí no solo se libró una batalla: allí se dobló el tiempo, allí el pasado dejó de ser colonia y el futuro empezó a ser república.
Para la metafísica, el puente siempre ha sido símbolo de tránsito, de paso entre dos dimensiones: entre la ignorancia y el saber, entre la opresión y la libertad, entre el ser que somos y el ser que soñamos.
El Puente de Boyacá es eso: un umbral ontológico.
No es casualidad que Bolívar lo cruzara con sus tropas como quien atraviesa el Rubicón de América. Al otro lado del puente no estaba solo el ejército derrotado: estaba un continente que despertaba. Fue allí donde la causalidad metafísica —esa vieja certeza de que todo efecto tiene una causa— se mostró en carne y hueso.
La independencia no fue un milagro caído del cielo: fue el efecto necesario de siglos de dolor, de abusos, de esperanzas acumuladas. Y su causa, condensada en ese 7 de agosto de 1819, fue Boyacá.
Pero el puente es más que historia. Es también eternidad. Porque los puentes metafísicos nunca se terminan de cruzar. Cada colombiano que pasa por allí, cada turista que se detiene frente a sus arcos, no está visitando un monumento: está atravesando otra vez el umbral de la libertad. El puente es rito de paso, es símbolo del ser que se rehace.
Y hay algo más: el Puente de Boyacá es también metáfora de la reconciliación. Porque un puente no separa: une. Y en esa unión se esconde la pregunta más hondamente metafísica: ¿qué nos mantiene juntos como pueblo? ¿qué nos sostiene como nación? La respuesta, silenciosa, brota del río y de las piedras: nos une lo que elegimos ser.
Dulce de papayuela – El tiempo hecho azúcar
Y cómo olvidar, en estas tierras, el dulce de papayuela. Esa fruta menuda, que no se come cruda, necesita paciencia para transformarse en manjar. El fuego lento, el azúcar, la espera. En ese proceso se esconde una enseñanza metafísica: el ser no se da de inmediato, necesita tiempo, necesita madurar en el crisol de la vida.
El dulce de papayuela es el tiempo vuelto dulzura. Es la eternidad servida en un plato de barro.
Conclusión: Boyacá como filosofía encarnada
De Nobsa a Tunja, de Sogamoso a Chiquinquirá, de Villa de Leyva al viento de sus cometas y al Puente de Boyacá, todo Boyacá es un tratado abierto de metafísica. El vino que se hace eterno en Villa, el dulce de papayuela que domestica el tiempo, la carrera de los burros que ironiza el destino, el barro de Ráquira que nos recuerda que el mundo se moldea con las manos, los nevados del Cocuy que custodian lo eterno, el Pueblito Boyacense que condensa el todo en la parte, el puente que convierte la historia en eternidad.
Por eso, quien quiera aprender metafísica puede abrir los tomos polvorientos de cualquier biblioteca. Pero quien quiera sentirla —sentirla de verdad, en la piel, en el corazón, en los huesos— solo tiene que hacer una cosa:
Caminar, con los ojos abiertos y el alma dispuesta, por la tierra sagrada de Boyacá.
Y quizás, en un acto de justicia poética, la Corte Constitucional de Colombia debería declarar a Boyacá sujeto de derechos. Porque no es solo un territorio: es un ser vivo, un espíritu colectivo, una fuente inagotable de identidad. Reconocer sus derechos sería reconocer los nuestros: el derecho a la memoria, a la belleza, al arraigo, al misterio.
En suma, la hermenéutica de Boyacá es la de Dilthey: no se agota en la explicación, sino que exige comprensión. Porque Boyacá, como la vida misma, no se explica: se comprende. No se analiza: se siente. No se mide: se habita.
Y tal vez por eso, entre todos los departamentos de Colombia, elegí este —porque en sus montañas, sus lagos, sus templos y sus vientos, comprendí lo que Dilthey quiso decir cuando distinguió entre el que explica y el que comprende. Boyacá no pide razones: pide alma.
Y si Dilthey nos enseñó a comprender, Gadamer nos invita a dialogar. En Boyacá, ese diálogo no ocurre con palabras, sino con la tierra, el aire, el agua, la piedra y la memoria. Cada visitante llega con su precomprensión, con sus propios límites y preguntas; pero la experiencia de Boyacá amplía su horizonte, lo transforma, lo reconcilia con el sentido del mundo.
El encuentro entre el alma que contempla y la tierra que revela crea el verdadero círculo hermenéutico: uno no sale igual de donde entra, porque el comprender no es un acto de dominio, sino de comunión.
Así, Boyacá se convierte en un horizonte de sentidos: la montaña responde al pensamiento, el lago refleja la conciencia, el viento susurra lo indecible. Comprender a Boyacá es dejarse comprender por ella.
Y allí, en ese reconocimiento, resuena también la lección de Umberto Eco. En Kant y el Ornitorrinco, Eco nos recuerda que toda interpretación es tentativa, que los signos con los que nombramos el mundo nunca lo agotan. El ornitorrinco —esa criatura que desbarata las categorías de la razón— es símbolo de lo real que se resiste a ser explicado. Así también Boyacá: híbrida, inasible, infinita.
Eco nos enseña que comprender no es poseer el sentido, sino acompañarlo. Y Boyacá, como el ornitorrinco de Eco, nos obliga a reconocer que la realidad no cabe entera en nuestros conceptos, que el misterio no se elimina: se honra.
Por eso, el que camina por Boyacá no define: contempla. No clasifica: admira. No concluye: agradece. Porque la metafísica —como la vida, como la tierra, como el ser— no es una ciencia exacta: es un acto de amor.


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