¿Transición energética justa? Tal vez haya un término medio
- gleniosabbad
- 7 nov 2025
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Entre el barril y la utopía, América Latina busca no quedarse sin ni uno ni lo otro.
Por Glênio S Guedes ( abogado )
Cada vez que se acerca una cumbre climática, América Latina desempolva sus discursos verdes y sus proyectos petroleros. Habla de salvar el planeta con la misma voz con la que firma licencias para perforarlo. Así somos: predicamos en nombre de la Amazonía, pero seguimos soñando con el barril perfecto.
Con la COP30 a la vista, el continente vuelve a dividirse entre dos polos visibles: Brasil y Colombia. En el primero, Luiz Inácio Lula da Silva promete liderar una “transición energética justa”, pero autoriza a Petrobras a explorar en la boca del Amazonas. En el segundo, Gustavo Petro declara el fin de las nuevas licencias de explotación y anuncia que su país será una “potencia mundial de la vida”.
Dos presidentes progresistas, dos discursos ecológicos, dos maneras de entender la palabra “justicia”.
Brasil: el petróleo que financia la virtud
Para Lula, el petróleo no es el enemigo, sino el mecenas de la transición. Brasil, dice, tiene derecho a aprovechar su riqueza mientras el mundo siga consumiéndola. “Mientras haya demanda, no renunciaremos a lo que puede mejorar la vida del pueblo brasileño”, afirmó al aprobar nuevas perforaciones en la llamada Margen Ecuatorial.
La idea es simple: usar los ingresos del crudo para financiar lo verde —biocombustibles, energías limpias, programas sociales— y así convertir al país en una potencia ecológica sin dejar de ser exportador.
Suena a realismo tropical, pero tiene un aroma conocido: el de las promesas que suelen diluirse entre tecnocracia y lobby. Porque cuando el futuro depende de los mismos pozos que prometen cerrarse, la transición corre el riesgo de convertirse en una excusa presupuestaria con perfume de petróleo.
Aun así, el argumento brasileño no carece de lógica: ¿por qué deberían los países pobres apagar la lámpara mientras los ricos siguen iluminando sus ciudades con gasolina importada? La justicia climática también se mide en barriles.
Colombia: la utopía que tropieza con la factura
Del otro lado, Gustavo Petro decidió hacer lo impensable: prometer un país sin carbón ni petróleo. “Protegeremos nuestro suelo, nuestros ríos y nuestro cielo”, dijo en su discurso de posesión. Y lo cumplió: detuvo nuevas licencias, aumentó los impuestos al sector y prohibió el fracking.
Pero la moral ecológica tiene costo fiscal. El petróleo y los minerales representaban el 44% de las exportaciones colombianas en 2022, y hasta un 15% de los ingresos del Estado. Sin esos recursos, las cuentas no cuadran. Las grandes petroleras —Chevron, ExxonMobil, Repsol, Shell— se fueron o redujeron operaciones. La producción de gas cayó, y Colombia terminó importando gas más caro y más contaminante.
El economista Mauricio Cárdenas, con sarcasmo académico, resumió el resultado:
“Lo único que logramos fue pagar más y contaminar más por una política energética equivocada.”
La fe climática se mantiene, pero el entusiasmo popular se enfría. Petro sigue hablando de un futuro limpio, aunque el presente huele a diésel importado.
El resto del continente: cada uno con su fósil
Mientras tanto, el vecindario avanza a su manera. Argentina perfora Vaca Muerta como si no hubiera mañana. México, a través de Pemex, reabre pozos antiguos. Venezuela y Guayana compiten por ver quién encuentra más reservas offshore. Y el Surinam, antiguo modelo verde, ahora celebra su primer pozo de crudo con una empresa francesa que lo llama “transición ejemplar”.
Así es la región: cada país interpreta la transición según su calendario electoral y su precio del barril.
¿Un término medio latinoamericano?
Entre el pragmatismo brasileño y el idealismo colombiano, quizá haya un punto de equilibrio menos hipócrita y menos suicida. Un camino que reconozca tres verdades incómodas:
Que América Latina no causó el desastre climático, pero sufre sus consecuencias.
Que la riqueza fósil no garantiza desarrollo, como prueban décadas de corrupción y desigualdad.
Que nadie transita lo que no puede pagar, ni en energía ni en política.
El término medio no es renunciar ni persistir: es ordenar la salida. Establecer un pico de producción, crear fondos soberanos verdes, prohibir nuevas exploraciones en zonas sensibles y canalizar las rentas fósiles hacia educación, reconversión y energías limpias.
Y, sobre todo, coordinar una alianza Brasil–Colombia que combine lo mejor de ambos mundos: la tecnología de biocombustibles y créditos de carbono de los brasileños, con la ética ecológica —a veces excesiva, pero necesaria— de los colombianos.
Epílogo: entre el barril y la vida
América Latina no puede salvar el planeta sola, pero puede evitar su propio naufragio moral. Si el Norte industrial quemó carbón para hacerse rico, el Sur tiene derecho a exigir tiempo, recursos y respeto para cambiar de rumbo.
Brasil dice que aún es pronto para abandonar el petróleo; Colombia que ya es demasiado tarde para seguirlo extrayendo. Tal vez ambos tengan razón.
Y por eso mismo —entre el barril y la vida, entre la renta y la conciencia—nos toca inventar algo nuevo: una transición con alma latinoamericana, que no se ahogue en petróleo ni se pierda en promesas. Una transición que, como nosotros, sea contradictoria, pero viva.


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