Algoritmos como nuevos “acróbatas de la interpretación”: la inquietante actualidad de Bernd Rüthers
- gleniosabbad
- 7 feb
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El derecho degenerado prueba algo simple: no existen algoritmos jurídicos neutrales.
Este artículo homenajea la filosofía del derecho que hoy se produce en Cartagena, donde se entiende que el verdadero problema no es la máquina, sino la conciencia del jurista.
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Hay metáforas que parecen escritas para otro siglo y, sin embargo, terminan describiendo el nuestro con una precisión que asusta. Cuando Bernd Rüthers habló de los juristas como “acróbatas de la interpretación”, no estaba haciendo literatura costumbrista ni buscando aplausos retóricos. Estaba lanzando una advertencia. Lo curioso es que hoy, en plena fiebre de la inteligencia artificial, esa imagen vuelve a hacer piruetas, pero ahora con traje digital.
La historia alemana le ofreció a Rüthers un experimento que ningún laboratorio habría diseñado con tanta crudeza: el mismo código civil atravesó imperios, repúblicas frágiles, totalitarismos y reconstrucciones democráticas. El texto sobrevivía; lo que cambiaba era la manera de leerlo. La norma parecía quieta; la interpretación, en cambio, ejecutaba saltos mortales sin red.
No se trataba, conviene aclararlo, de que los jueces despertaran cada mañana con vocación circense. El fenómeno era más sutil. El derecho no es un mecanismo de relojería. Nunca lo fue. Es una práctica humana, situada, atravesada por valores que cambian como cambian los vientos políticos y las sensibilidades sociales. Lo que ayer se llamaba orden público hoy puede llamarse dignidad; lo que antes era seguridad ahora es garantía.
Si eso ocurre con el intérprete de toga, ¿por qué suponemos que el intérprete de silicio será inmune a la historia?
El discurso dominante sobre la inteligencia artificial jurídica se presenta con voz de notario solemne: neutralidad, objetividad, previsibilidad, eficiencia. El algoritmo —nos dicen— no tiene pasiones, no se deja seducir por ideologías, no siente simpatías ni antipatías. Decide con fría exactitud matemática. Y uno casi se convence… hasta que recuerda que el algoritmo no cayó del cielo en una tabla de piedra.
Alguien lo programó.Alguien seleccionó los datos.Alguien decidió qué variables importan y cuáles no.
Y esos datos no son neutros: son decisiones pasadas, tomadas por jueces de carne y hueso, en contextos concretos, bajo determinadas concepciones de justicia. El algoritmo aprende de ese pasado. Si el pasado estaba inclinado, el aprendizaje también lo estará. La neutralidad prometida termina siendo una estadística con buena reputación.
La maleabilidad no desaparece; cambia de escenario.
Antes, el acróbata era el jurista que, con admirable destreza, extraía del mismo texto soluciones compatibles con sistemas políticos distintos. Hoy, el acróbata puede ser el algoritmo que reorganiza patrones decisorios y los presenta como inevitables, como si fueran el resultado natural de una ecuación que nadie debe discutir.
La diferencia no es la existencia de interpretación, sino su invisibilidad.
No se trata de satanizar la tecnología ni de añorar tiempos en que el expediente olía a papel húmedo y tinta recién estampada. La inteligencia artificial puede ser herramienta útil, incluso valiosa. El problema comienza cuando se la reviste de una neutralidad ontológica que el propio derecho jamás ha tenido.
Si el método jurídico es maleable,si la interpretación depende del contexto,si los valores sociales se transforman,
entonces ningún sistema que opere con ese material podrá proclamarse neutral en sentido fuerte.
El llamado “derecho degenerado” no surgió porque las normas estuvieran mal impresas, sino porque la interpretación se acomodó sin resistencia a los vientos del poder. Hoy el riesgo adopta otra fisonomía: la fascinación tecnológica puede sustituir la reflexión crítica. “Lo dijo el sistema”, se afirma, como antes se decía “lo dice la ley”, con idéntica tranquilidad de conciencia.
Pero el sistema no responde en juicio. El código no comparece a rendir cuentas.
Quien responde —o debería responder— es el jurista que lo adopta y lo legitima.
Aquí radica la inquietante actualidad de Rüthers. Su advertencia no era contra la interpretación en sí, sino contra la interpretación inconsciente de sus propios condicionamientos. Si trasladamos la decisión a modelos algorítmicos sin examinar sus supuestos, corremos el riesgo de automatizar no la justicia, sino sus viejas inercias.
No hay algoritmo jurídico neutral porque no hay derecho neutral. El derecho es práctica social normativamente orientada; supone elecciones, jerarquizaciones y ponderaciones que brotan de concepciones de justicia siempre discutibles. Encapsular esas elecciones en fórmulas matemáticas no las purifica: simplemente las vuelve menos visibles.
Tal vez el mayor peligro no sea que la máquina decida, sino que creamos que decide sin valores. La historia enseña que el derecho puede degenerar cuando olvida su responsabilidad crítica. Si hoy delegamos parte de la interpretación a sistemas automatizados, la exigencia no disminuye; aumenta.
Entre la toga y el algoritmo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿quién asume la conciencia de lo que se decide? Porque el acróbata, por más elegante que sea su salto, siempre corre el riesgo de caer. Y cuando cae el derecho, no hay red tecnológica que alcance para salvarlo.


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