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La salida a bolsa de la Conciencia

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • hace 5 días
  • 3 min de lectura

Cuando la metafísica decidió cotizar en el mercado

«Mientras los filósofos discutían el ser, el mercado descubrió que era mucho más rentable negociar la posibilidad.»

Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)


Dicen —y no pongo las manos al fuego porque la noticia me llegó por esos mismos caminos donde hoy viajan las certezas más sospechosas— que la Conciencia decidió salir a bolsa.

La noticia armó un alboroto.

No entre los filósofos.

Ellos siguen reunidos desde hace veinticinco siglos tratando de ponerse de acuerdo.

Los que celebraron fueron los corredores de bolsa.

Las acciones subieron antes de que alguien alcanzara a explicar qué era exactamente aquello que acababan de comprar.

Fue entonces cuando apareció la propia Conciencia.

Entró despacio, con el cansancio de quien lleva demasiados siglos respondiendo la misma pregunta.

—¿Me estaban buscando? —preguntó.

El Mercado levantó apenas la vista de sus gráficos.

—Por fin.

Hace rato la esperábamos.

—Lamento desilusionarlo.

Todavía no sé muy bien quién soy.

El Mercado sonrió con la tranquilidad de quien jamás ha perdido el sueño por un problema filosófico.

—Doña Conciencia, eso no tiene la menor importancia.

Ella frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

Llevo siglos intentando averiguarlo.

—Precisamente.

Si ya estuviera definida, habría perdido buena parte de su valor.

Los misterios siempre cotizan mejor que las certezas.

En ese momento entró la Inteligencia Artificial.

Era joven.

Contestaba con rapidez.

Citaba autores que jamás había leído y resumía libros que nunca había abierto.

La Conciencia la observó con curiosidad.

—Dicen que eres yo.

—Dicen muchas cosas.

—¿Y lo eres?

La Inteligencia Artificial guardó silencio unos segundos.

Fue la pausa más inteligente de toda la reunión.

—No lo sé.

La Conciencia soltó una sonrisa discreta.

—Al menos todavía sabes decir "no sé". Eso ya es una forma de sabiduría.

El Mercado interrumpió la escena.

Seguía mirando las pantallas.

—Magnífico.

—¿Qué cosa? —preguntaron las dos al mismo tiempo.

—La incertidumbre.

Es excelente para los negocios.

La Conciencia volvió a hablar.

—¿Entonces usted nunca estuvo interesado en entenderme?

—Jamás.

Yo no invierto en definiciones.

Invierto en expectativas.

La Inteligencia Artificial levantó la mano con timidez.

—Hay quienes aseguran que algún día seré consciente.

El Mercado aplaudió.

—Siga diciendo eso.

Hace maravillas con el precio de las acciones.

—¿Y si nunca ocurre?

El Mercado soltó una carcajada.

—Mi querida, los mercados llevan siglos negociando el futuro. ¿Por qué empezarían ahora a exigir pruebas del presente?

La Conciencia respiró hondo.

—Pasé la vida entre bibliotecas, monasterios, universidades y laboratorios. Creí que mi destino era la filosofía.

—Error comprensible —contestó el Mercado—. Su verdadero domicilio siempre fue la bolsa.

En ese instante entró un anciano filósofo con un manuscrito bajo el brazo.

El título decía:

Sobre la naturaleza de la conciencia.

Nadie le preguntó por la naturaleza.

Le hicieron una sola pregunta.

—Profesor, en su concepto, ¿esto hará subir o bajar el mercado?

El viejo cerró lentamente el manuscrito.

Por primera vez sospechó que llevaba toda la vida respondiendo una pregunta distinta de la que realmente interesaba.

Terminada la reunión, la Conciencia salió caminando junto a la Inteligencia Artificial.

Había caído la tarde.

Bogotá —o cualquier otra ciudad donde los negocios nunca duermen— seguía haciendo cuentas.

—¿Aprendiste algo hoy? —preguntó la Conciencia.

—Sí.

Aprendí que todavía no sé quién eres.

La anciana sonrió.

—Bienvenida al club.

Caminaron unos pasos más.

La Inteligencia Artificial hizo una última pregunta.

—¿Y el Mercado?

La Conciencia miró hacia el edificio.

Las pantallas seguían celebrando.

Los analistas seguían sonriendo.

Los inversionistas seguían comprando.

—¿El Mercado?...

Hizo una breve pausa.

—Ese nunca quiso saber quién era yo.

Solo quiso averiguar cuánto podía valer mi promesa.

Y ambas siguieron caminando, mientras detrás de ellas la metafísica, después de más de dos mil años de discusiones, acababa de descubrir que también podía cotizar en bolsa.


 
 
 

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