El fetiche de la toga intocable: confesiones de un abogado brasileño que mira hacia el vecindario
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
A don Machado de Assis, que conocía como nadie las flaquezas del alma humana tras el biombo de la respetabilidad, le habría provocado una sonrisa socarrona ver la escena en la que paso mis días: soy un abogado brasileño que entra a los estrados con la corbata ceñida, inclinando la cerviz ante once señores que se tienen a sí mismos por deidades infalibles. En mi país se ha entronizado un dogma insólito: la creencia de que a los ministros del Supremo Tribunal Federal (STF) no se les puede pedir cuentas, ni exigir decoro, ni mucho menos revisarles los bolsillos, porque de inmediato salta un coro plañidero a denunciar que la República se desmorona y que la democracia exhala su último suspiro. ¡Válgame Dios, semejante mojigatería!
Nos advertía James Madison que, si los hombres fuesen querubines, no harían falta leyes ni alguaciles. Ocurre, sin embargo, que los togados son de carne, hueso y vanidad, aficionados —como cualquier mortal— a las tertulias cómodas, a los lujos y al tintico sabroso servido en vajilla fina. Confiar la salud de las instituciones a la pura “prudencia” de quien manda, sin freno ni talanquera, no es derecho republicano: es absolutismo ilustrado con perfume caro y barniz constitucional.
Por eso, agobiado por el asfixiante ambiente de Brasilia, me pongo a mirar con sana envidia por la ventana de nuestra América del Sur. En Chile, por ejemplo, pueblo serio y poco dado a la zalamería, no se anduvieron con paños tibios ni remilgos de sacristía. En poco más de un año despacharon de la Corte Suprema a tres magistrados por la puerta trasera. Y fíjense ustedes en el detalle, que es donde el diablo esconde el rabo: no necesitaron pillar a nadie con fajos de billetes amarrados con cabuya para bajarlos del pedestal. A la doctora Ángela Vivanco le costaron el cargo —y una boleta de detención preventiva— unos audios comprometedores con un litigante de cuello blanco. A don Sergio Muñoz le cobraron no haberse declarado impedido cuando su hija abogada merodeaba los mismos negocios. Y a don Diego Simpertigue lo apearon por irse de crucero por el Mediterráneo con apoderados de una empresa que pleiteaba bajo su jurisdicción. En Chile recordaron una máxima elemental que en los tribunales de mi tierra parece proscrita: a la mujer del César no le basta con rezar el rosario; tiene, además, que parecer honesta.
¿Y qué decir de la hermana Colombia? Cuando allí reventó la podredumbre nauseabunda del infame "Cartel de la Toga", sus instituciones no salieron a tapar el sol con las manos ni a canonizar a los pícaros por el mero timbre de haber presidido la Corte Suprema. Francisco Ricaurte terminó condenado a más de dieciséis años de prisión; Camilo Tarquino y Gustavo Malo fueron a dar con sus huesos tras las rejas, sin que a los jueces les temblara el pulso para negarles rebajas y privilegios. Y para que el escarmiento no quedara en puro aspaviento de velorio, pusieron a marchar la Comisión Nacional de Disciplina Judicial, entendiendo a golpes que los perros jamás se muerden entre sí y que el magistrado que no tiene quién le vigile las mañas termina creyéndose el dueño del potrero.
Entretanto, de vuelta a mi realidad forense, el STF se ha erigido en un tribunal omnímodo: investiga de oficio, acusa, juzga y legisla a su real talante, transformando a cada relator en un procónsul provisto de medidas cautelares infinitas. Nadie los refrena y nadie les tose, porque en el Congreso —y particularmente en el Senado— prefieren silbar bajito y mirar para el cielo raso, aterrorizados de que la Corte les esculque sus propios pecadillos en el expediente del foro privilegiado.
Esta inmunidad blindada no es independencia judicial; es un fetiche monárquico. Ni en Bogotá ni en Santiago temblaron los cimientos de la patria por sentar a los intocables en el banquillo; al contrario, fue el único camino para que el litigante de a pie y el ciudadano común volvieran a confiar en que la balanza de la ley no estaba trucada. Como abogado que aún cree en el imperio de las normas y no en el capricho de los hombres, temo que el Brasil persista en arrodillarse ante sus propios dioses de barro, confirmando la amarga ironía machadiana de que nada resulta más patético que un pueblo postrado ante la vanidad de sus propios jueces.


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