La metafísica del aeropuerto
Del cerebro que calculó la huida, de la conciencia que se quedó atrás y de las puertas que el porvenir decidió cerrar.
Tenía tiquete, pasaporte y destino. Solo le faltaba una explicación, requisito que las aerolíneas, por fortuna, todavía no exigen en el mostrador.
Glênio S. Guedes (abogado de Brasil)
La neurocientífica Suzana Herculano-Houzel, en su artículo «O cérebro do fugitivo», publicado en Folha de S.Paulo el 29 de octubre de 2026, nos ofrece una curiosa anatomía de la ambición política. Al examinar la trayectoria de Flávio Bolsonaro, describe un cerebro que desea, trama, anticipa la victoria y termina descubriendo las bondades de marcharse. La inteligencia, sugiere la autora, consiste en mantener abiertas las puertas del futuro. Me asalta, sin embargo, una duda: no toda puerta abierta conduce a la libertad; algunas apenas desembocan en una sala de espera.
Empecemos por el apellido. Hay quienes deben labrarse una reputación; otros la reciben hecha, como un mueble antiguo, con sus adornos, cajones secretos y comején. El heredero político encuentra un público que no necesitó conquistar del todo. Le basta aparecer, repetir ciertos gestos, pronunciar determinadas palabras. Los seguidores reconocen a la familia y completan el espectáculo.
Albert Bandura explicaría parte del fenómeno mediante el aprendizaje social. Pierre Bourdieu añadiría el capital simbólico, esa fortuna que prescinde de cajas fuertes y, con frecuencia, de inventarios. El apellido se convierte en patrimonio electoral. Pero no garantiza que el heredero haya recibido las virtudes que los admiradores atribuyen a su antecesor, ni siquiera que este las poseyera. La herencia transmite muchas cosas; la virtud no figura entre las obligatorias.
Viene luego la ambición. Aristóteles distinguía la habilidad para escoger los medios de la prudencia para juzgar los fines. Maquiavelo examinó cómo se conquista y conserva el poder. Entre ambos, la política encontró espacio para hombres prudentes, hombres astutos y algunos que confunden ambas especies.
Se prometen porvenires, se reparten expectativas, se anticipan recompensas. El futuro goza de una singular ventaja contable: permite gastar sin pagar todavía. Pueden distribuirse ministerios imaginarios y favores condicionales, siempre que la realidad tenga la cortesía de no presentarse antes de tiempo.
Llega la campaña y, con ella, la creencia de que desear intensamente un resultado aumenta sus probabilidades. Daniel Kahneman estudió nuestra tendencia a sobrestimar las predicciones. La confianza excesiva no es exclusiva de los políticos, pero en ellos suele venir acompañada de micrófonos.
Entonces llega la derrota.
Las urnas tienen un defecto imperdonable: cuentan votos, no convicciones. Leon Festinger llamó disonancia cognitiva al malestar provocado por determinadas contradicciones entre creencias y hechos. Ante ellas, podemos rectificar nuestras certezas o fabricar explicaciones para conservarlas.
Y aparece el aeropuerto.
Según las informaciones publicadas, Flávio salió de Brasil después de una orden judicial que restringía su salida del país y exigía entregar sus pasaportes. Utilizó documentación italiana al pasar por Argentina y continuó en un avión privado hacia Estados Unidos. No existía orden de captura, precisión jurídicamente indispensable. Tampoco quedó esclarecido quién sufragó el viaje. Hay preguntas que, a diferencia del equipaje, nunca se extravían durante las conexiones.
Ya en territorio estadounidense, difundió una carta proclamándose verdadero presidente electo de Brasil. Una versión exhibía un escudo con la inscripción histórica «Estados Unidos do Brazil». Después cambiaron el escudo y el título: de presidente electo pasó a líder de Brasil. Según informaciones periodísticas, emisarios vinculados al Departamento de Estado estadounidense habrían intervenido para modificar esa denominación.
La carta motivó, además, una denuncia ante la Policía Federal por el presunto uso indebido de símbolos oficiales. La eventual responsabilidad penal deberá establecerse mediante la investigación correspondiente.
El episodio ofrece una ironía formidable: la geografía pudo vencerse en avión; la aritmética electoral resultó menos complaciente. Y la autoridad que las urnas no concedieron tampoco podía obtenerse con solo cambiar el membrete.
El aeropuerto es, después de todo, una institución filosófica subestimada. Allí la libertad se presenta bajo la forma de destinos, horarios y puertas de embarque. La aduana inspecciona mercancías; no tiene competencia para revisar conciencias.
Conviene distinguir, desde luego, la metáfora de la calificación jurídica. Viajar al exterior no equivale automáticamente a sustraerse de la justicia. La presunción de inocencia no desaparece porque el personaje resulte antipático.
Queda una consecuencia política. En un editorial del 30 de octubre, O Estado de S. Paulo contrastó la autoproclamación de Flávio con el reconocimiento del resultado electoral por parte de Tarcísio de Freitas, planteando la posibilidad de una derecha democrática, desligada de las pretensiones familiares y respetuosa de las instituciones.
Una oposición constitucional puede discrepar del Gobierno sin desconocer las urnas. La democracia no exige unanimidad; exige aceptar que perder una elección no convierte al vencedor en usurpador.
Quizás Suzana tenga razón: la inteligencia procura mantener abiertas las puertas del porvenir. Pero Aristóteles nos recordaría que la astucia no siempre es prudencia, y Kant, que la eficacia no equivale a legitimidad.
Un hombre puede encontrar la salida y perder el rumbo.
El aeropuerto cumplió su cometido: transportó al pasajero. El pasado no figuraba en la lista de embarque; aun así, viajó con él.
Ensayo inspirado en «O cérebro do fugitivo», de Suzana Herculano-Houzel (Folha de S.Paulo, 29 de octubre de 2026), y en las publicaciones de Migalhas y O Estado de S. Paulo sobre la carta de Flávio Bolsonaro.


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