Antes del portugués, había voces: la lenta emergencia de una lengua
- gleniosabbad
- 10 feb
- 3 min de lectura
“Las lenguas no aparecen listas; se van haciendo.”— Paul Teyssier
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Hay gente que cree que las lenguas nacen. Que un buen día, con acta notarial y padrino ilustre, aparece el portugués, peinadito, con gramática bajo el brazo y diccionario en la mochila. ¡Qué ternura! La historia, sin embargo, no funciona así. Las lenguas no nacen: se van armando, se van desarmando y, cuando uno menos piensa, ya están hablando solitas.
Antes del portugués, había voces. Voces de soldados romanos que no declamaban a Cicerón sino que regateaban en el mercado; voces de campesinos que mezclaban el latín con palabras locales; voces que no sabían que estaban fundando nada. Ese latín que llegó a la Península Ibérica no era el latín impecable de los discursos senatoriales, sino el latín de la calle. Y como toda lengua de la calle, venía con remiendos, acentos, descuidos y una saludable tendencia al desorden.
Cuando el Imperio Romano comenzó a desbaratarse —porque hasta los imperios se oxidan— el latín también empezó a fragmentarse. No fue un estallido, fue un goteo. Lo que antes era simple variación regional terminó convirtiéndose en diferencias estructurales. De ese proceso, sin ceremonia ni trompetas, emergieron las lenguas románicas. Entre ellas, el portugués.
En el noroeste de la Península, en la antigua Gallaecia, ese latín popular fue tomando un rumbo propio. No porque alguien lo decretara, sino porque la gente hablaba como le daba la gana, que es el verdadero motor de las lenguas. Así fue surgiendo el llamado galego-portugués. Y si alguien pregunta: “¿en qué año nació?”, convendría responder con un colombianismo bien sabroso: no ponga pereque. Las lenguas no tienen fecha de cumpleaños.
Durante siglos, la escritura siguió mirando al latín con reverencia, mientras el habla cotidiana iba por otro lado. Pero cuando el Reino de Portugal se consolidó políticamente en el siglo XII, la lengua vernácula empezó a ocupar espacios oficiales. Documentos, crónicas, poesía. No hubo parto; hubo proceso. Y proceso largo, además.
El llamado portugués antiguo no era un bloque sólido, sino un laboratorio. Entre los siglos XIV y XV, muchas formas desaparecieron, otras se acomodaron, y algunas se reinventaron con descaro. El portugués medio fue una etapa de transición intensa, casi una adolescencia lingüística. Y como toda adolescencia, algo turbulenta.
Luego vino la expansión marítima. El portugués cruzó el Atlántico, el Índico y se dio una vuelta por Asia. Llegó a Brasil, a África, a islas y costas donde encontró otras lenguas que no estaban dispuestas a desaparecer sin dejar huella. Y aquí conviene decirlo sin rodeos: el portugués no fue un visitante tímido, pero tampoco salió ileso. En Brasil, por ejemplo, el contacto con lenguas indígenas y africanas dejó marcas profundas en el léxico, la fonética y hasta en la sintaxis.
Si alguien insiste en que solo el portugués europeo es el “verdadero”, habría que mirarlo con cierta sonrisa machadiana y decirle que no sea tan agachado —para usar otra palabra que uno encuentra en obras como el sabroso y rico Diccionario de Colombianismos del Instituto Caro y Cuervo— . Las lenguas no son propiedad privada. Son patrimonio del uso.
En Angola, Mozambique, Cabo Verde, Timor-Leste y otras regiones, el portugués también echó raíces propias. No como copia imperfecta, sino como variedad legítima. La unidad del idioma convive con la diversidad de sus realizaciones. Pretender lo contrario sería como pedirle al río que no cambie de agua.
Incluso dentro de Portugal, las diferencias regionales muestran que nunca hubo una lengua completamente uniforme. La norma culta, consolidada sobre todo a partir de los siglos XVI y XVII, organizó el uso, pero no lo congeló. La lengua real —la que se habla en la cocina, en la calle, en el tribunal y en la parranda— sigue cambiando.
Por eso es mejor hablar de emergencia que de nacimiento. Emergencia no como urgencia hospitalaria, sino como aparición gradual. El portugués no empezó un día. Se fue haciendo. Y lo sigue haciendo cada vez que alguien inventa una palabra, adapta un acento o pronuncia distinto una sílaba.
Decir que el portugués es la “fina flor del Lacio” puede sonar poético. Pero toda flor necesita tierra, agua y tiempo. Y el tiempo, en materia lingüística, es paciente y travieso. Nada más engañoso que imaginar una lengua pura, intacta, inmóvil. Eso sí sería un cuento bien armado… pero cuento al fin.
Antes del portugués, había voces. Y esas voces no se callaron nunca. Transformaron el latín en romance, el romance en galego-portugués, el galego-portugués en portugués antiguo, y así sucesivamente. Hoy siguen trabajando, silenciosas y tercas, en cada conversación cotidiana.
La lengua no nació. Se fue volviendo lengua. Y si alguien duda de ello, que escuche con atención: ahí mismo, en el murmullo de la gente, está ocurriendo —otra vez— la historia.


Comentarios