Brasil regulado por mapaches: una hipótesis nada absurda
- gleniosabbad
- 22 ene
- 3 min de lectura
Cuando la realidad se vuelve grotesca, la sátira deja de ser humor y pasa a ser diagnóstico.
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
No se alarme el lector por el título. No es una broma zoológica ni una extravagancia tropical. Es, más bien, una hipótesis nacida del cansancio. Del cansancio de fingir sorpresa frente a lo que ya se volvió rutina. Porque llega un momento —y Brasil lo ha alcanzado con puntualidad— en que el absurdo deja de necesitar exageración: basta con describirlo.
Dicen los científicos que los mapaches son animales curiosos, inteligentes, capaces de resolver problemas y, lo que es más raro, de aprender de la experiencia. Toman decisiones rápidas, a veces imprudentes, pero auténticas. Se equivocan, sí, pero no convierten el error en doctrina ni el tropiezo en método. Erran y siguen. Aprenden y avanzan.
No sé si todo eso sea exacto desde el punto de vista de la neurociencia. Pero basta observar la vida institucional brasileña para admitir que hay funcionarios investidos de altas responsabilidades que no podrían reclamar con igual convicción esas virtudes elementales.
Tomemos, por ejemplo —solo como ejemplo, para no herir susceptibilidades— las autoridades reguladoras. Organismos creados para ser técnicos, autónomos y, cuando fuera necesario, impopulares. Instituciones llamadas a decir “no” cuando el mercado pide indulgencia y “basta” cuando el poder pide tiempo. Pues bien: cada vez con más frecuencia, esas entidades parecen ocupadas en otra tarea, mucho más delicada: explicar por qué todavía son técnicas.
Cuando estalla un escándalo financiero, el problema nunca es el hecho. Es el contexto. Nunca la falla, sino la complejidad. Nunca la omisión, sino la narrativa. Se actúa, sí, pero siempre rodeado de aclaraciones, presiones discretas, silencios elocuentes y una pedagogía tardía dirigida al público, como si el público fuera el verdadero responsable.
Aquí es donde el mapache entra en escena.
El episodio del mapache que invadió una licorería, bebió más de la cuenta y terminó desmayado en el baño dio la vuelta al mundo como anécdota graciosa. Pero hay en ese animal una dignidad silenciosa que merece respeto. Exploró el entorno, tomó decisiones discutibles, exageró… y pagó el precio. No pidió prórroga. No creó una comisión. No culpó al sistema. Cayó y punto.
En la vida institucional brasileña, en cambio, nadie cae. Se redactan notas. Se ajusta el discurso. Se gana tiempo. El error no se reconoce: se reinterpreta. No se corrige el rumbo: se maquilla la explicación. Y todo ocurre con lenguaje técnico impecable, trajes sobrios y una serenidad que desarma cualquier crítica.
Por eso, a algunos les parece ofensiva la comparación entre reguladores y mapaches. Coincido plenamente: es ofensiva… para los mapaches. Ellos no tienen padrinos, no negocian cargos, no confunden lealtad con competencia. No saben qué es el ¨Centrão¨ ni dominan el arte —tan humano— de convivir con el absurdo sin cuestionarlo jamás.
El mapache, ante un entorno hostil, intenta escapar, abrir una tapa, buscar otra salida. El regulador capturado, en cambio, se adapta. Aprende el tono correcto, la vacilación estratégica, el silencio oportuno. Se vuelve funcional a lo disfuncional —y a eso le llama gobernanza.
No se propone aquí una reforma administrativa con jaulas, árboles y raciones balanceadas. Se propone algo más incómodo: devolverle al debate un poco de honestidad. Cuando una hipótesis satírica resulta más razonable que la práctica institucional cotidiana, el problema no está en la sátira. Está en la realidad que la hace verosímil.
¿En Colombia es diferente?
Llegados a este punto, el lector colombiano podría acomodarse en la silla, sonreír con discreción y pensar, con alivio: bueno, pero esto es Brasil. Y quizá tenga razón. O quizá no.
Porque los países no se parecen tanto por sus leyes como por sus costumbres institucionales. Y en este vecindario nuestro, donde la técnica suele llegar tarde y la política casi siempre llega primero, conviene desconfiar de las certezas nacionales. Cambia el acento, se ajusta el discurso, pero el método… el método suele viajar sin pasaporte.
En Colombia también conocemos organismos que nacieron para ser técnicos y terminaron siendo diplomáticos. Reguladores que aprendieron a sobrevivir antes que a regular. Funcionarios que dominan el arte de no decidir mientras explican por qué todavía están decidiendo. Nada de eso es exclusivo. Nada de eso es ajeno.
Tal vez la diferencia no esté en el país, sino en el grado de honestidad con el que miramos el problema. Porque cuando una sociedad se acostumbra al absurdo, deja de verlo. Y cuando deja de verlo, ya no necesita censura: se censura sola.
Así que la pregunta queda en el aire, sin respuesta oficial ni comunicado de prensa: ¿en Colombia es diferente?
Tal vez sí.Tal vez no.
Pero si la respuesta exige demasiadas explicaciones, convendría —al menos por una vez— observar al mapache: se equivoca, aprende… y sigue adelante. Sin discursos. Sin padrinos. Sin manuales para justificar lo injustificable.
Y eso, en estos tiempos, ya sería una forma respetable de gobernanza.


Comentarios