Constituciones magníficas, Estados improvisados: ¿Bolívar entendería la América del Sur de hoy?
- gleniosabbad
- 8 may
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“la excelencia de un gobierno no consiste en su teoría, ni en su forma, ni en su mecanismo, sino en ser adecuado a la naturaleza y al carácter de la nación a la que se destina.”
— Simón Bolívar, Discurso de Angostura (1819), apud Marco Antonio Villa, A história em discursos
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Hay frases históricas que envejecen rápido. Otras, en cambio, atraviesan los siglos con la incomodidad de los espejos sinceros, esos artefactos indiscretos que insisten en mostrar las arrugas institucionales justo cuando la República termina de acomodarse la corbata para la foto oficial.
La observación de Simón Bolívar pertenece a esa segunda categoría.
Han pasado más de doscientos años desde el Congreso de Angostura, pero América del Sur sigue demostrando un talento casi barroco para redactar constituciones magníficas y administrar Estados improvisados. En este rincón del continente abundan los artículos solemnes, los principios luminosos y las promesas jurídicas capaces de hacer llorar de emoción a cualquier profesor de derecho constitucional. El problema empieza después, cuando llega esa etapa tan antipática de convertir el papel en realidad.
La teoría, como suele ocurrir, vive en barrios mucho más elegantes que la vida cotidiana.
Bolívar entendió algo que buena parte del constitucionalismo latinoamericano todavía mira con cierto pudor académico: las instituciones no sobreviven únicamente por la belleza de sus textos. Entre la norma y la realidad existe un territorio espinoso, lleno de hábitos políticos, burocracias fatigadas, desigualdades antiguas, intereses económicos y seres humanos —esa materia prima tan caprichosa sobre la cual insistimos en fundar repúblicas eternas.
El libertador venezolano no hablaba como enemigo de las constituciones. Hablaba, más bien, como un hombre inquieto frente a la distancia entre los modelos importados y las sociedades recién salidas del dominio colonial español. Su miedo no era la libertad; era la improvisación disfrazada de libertad. No le preocupaba la república en sí misma, sino la posibilidad de construir repúblicas sostenidas más por la retórica encendida que por instituciones sólidas.
Y ahí está, precisamente, la parte incómodamente actual de su discurso.
América del Sur desarrolló, a lo largo de su historia, una curiosa fe en las soluciones importadas. En distintas épocas copiamos franceses, ingleses, estadounidenses, alemanes y cualquier experiencia extranjera que viniera acompañada de prestigio intelectual y seminarios internacionales. A veces pareciera que algunos gobiernos creen que modernizar un país consiste en traducir conceptos europeos, crear una comisión técnica y tomarse la foto con un telón azul detrás.
El resultado suele parecerse a esas casonas republicanas recién pintadas para la visita oficial: muy lindas por fuera, aunque por dentro todavía gotee el techo cuando arrecia el invierno.
Con frecuencia se supone que copiar instituciones exitosas bastaría para producir prosperidad automática, racionalidad administrativa y estabilidad política. La historia, sin embargo, tiene la mala costumbre de arruinar ilusiones elegantes. Ninguna constitución sustituye cultura institucional, continuidad administrativa ni seguridad jurídica.
Bolívar probablemente observaría, con una ironía cansada, que América Latina se volvió experta en multiplicar derechos fundamentales mientras mantiene dificultades notables para garantizar servicios fundamentales. En el papel, el ciudadano recibe dignidades casi nórdicas; en la práctica, todavía hace filas interminables frente a oficinas públicas donde el tiempo parece haberse jubilado hace décadas.
La tragedia regional, además, no reside únicamente en la precariedad material del Estado. También vive en nuestra vieja inclinación por el personalismo. Buena parte de América del Sur sigue esperando del gobernante aquello que debería provenir de las instituciones. Cada crisis produce la esperanza de un nuevo salvador de la patria, normalmente acompañado de discursos grandilocuentes, música épica y promesas de refundación nacional que duran, con suerte, hasta la próxima turbulencia económica.
Bolívar conocía muy bien ese peligro.
Por eso insistía en que los gobiernos debían adaptarse a la realidad histórica de sus pueblos. La frase parece sencilla, pero contiene una densidad política enorme: un sistema no se mide únicamente por la elegancia de su teoría, sino por su capacidad real de funcionar fuera de los auditorios universitarios y de las ceremonias constitucionales televisadas.
Ese continúa siendo uno de los grandes dramas sudamericanos. El continente produjo juristas brillantes, constituciones sofisticadas y abundante retórica democrática, pero todavía tropieza con problemas de inseguridad jurídica, volatilidad regulatoria y baja continuidad institucional.
Y todo ello ocurre en una región inmensamente rica. Agua, energía, biodiversidad, agricultura y minerales estratégicos conviven, paradójicamente, con crisis recurrentes de coordinación política. A veces América del Sur parece ese heredero millonario que no logra encontrar las llaves de su propia casa.
Tal vez por eso el discurso de Angostura sigue provocando incomodidad. Obliga al continente a hacerse una pregunta que preferiría evitar entre discursos oficiales y ceremonias solemnes: ¿nuestras instituciones fueron diseñadas para funcionar de verdad o apenas para parecer modernas ante los ojos extranjeros?
Bolívar sospechaba de ese constitucionalismo ornamental: elegante en las ceremonias, frágil en la práctica.
Y acaso allí sobreviva su lección más vigente.
Las naciones no se sostienen únicamente con épica revolucionaria, discursos inflamados o constituciones bellísimas. Se sostienen, sobre todo, mediante la lenta construcción de instituciones capaces de sobrevivir a las pasiones políticas y a los eternos vendedores de salvaciones nacionales, oficio que, dicho sea de paso, jamás ha conocido desempleo en estas tierras.
Bibliografía
VILLA, Marco Antonio. A história em discursos: 50 discursos que mudaram o Brasil e o mundo. 3. ed. São Paulo: Planeta, 2018. p. 83-90.


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