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Conócete a ti mismo: la primera condición de la lectura crítica

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 26 jun
  • 4 min de lectura

¿Por qué nos resulta tan fácil descubrir los errores ajenos y tan difícil reconocer los propios?

"Conocer a los demás es inteligencia; conocerse a sí mismo es verdadera sabiduría."— Lao-Tsé

Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)


Hay escenas tan comunes que uno termina por dejar de verlas.

Un profesor devuelve los ensayos corregidos. Un estudiante lee las observaciones al margen de su trabajo, frunce el ceño y sale convencido de que el profesor entendió todo... menos lo que él quiso decir. Días después, ese mismo muchacho recibe el ensayo de un compañero para evaluarlo. Entonces ocurre el prodigio: descubre contradicciones, frases confusas, argumentos flojos y conclusiones apresuradas con una facilidad que habría hecho sonreír a Sócrates.

No tiene nada de raro. Pasa todos los santos días.

Nos cuesta un mundo revisar nuestras propias ideas y, en cambio, encontramos con admirable rapidez las costuras de las ideas ajenas. Cuando el error es del vecino, todos llevamos un filósofo en el bolsillo. Cuando el error es nuestro, preferimos contratar al mejor abogado defensor.

Tal vez esa sea una de las costumbres más antiguas del género humano.

Vivimos en una época enamorada del pensamiento crítico. Los colegios prometen formarlo, las universidades lo exhiben como una credencial indispensable y las empresas lo incluyen en sus ofertas de empleo. Hemos aprendido a distinguir hechos de opiniones, a detectar falacias y a desmontar argumentos débiles. Todo eso está muy bien. Lo preocupante es otra cosa.

Confundimos el pensamiento crítico con un conjunto de técnicas.

Y quizá nunca haya sido solo eso.

Porque una técnica enseña a examinar un texto. Una virtud enseña a examinar al lector que sostiene ese texto entre las manos. La diferencia parece pequeña, pero de ella depende casi todo.

Hace más de dos mil años, alguien grabó en piedra una frase que todavía incomoda: "Conócete a ti mismo." Con el paso del tiempo terminamos creyendo que era un consejo para vivir mejor. Tal vez era, antes que nada, una advertencia para pensar mejor.

Nadie llega limpio a una lectura.

Todos cargamos una biografía, una educación, unas lealtades, unos afectos y unos prejuicios que rara vez anuncian su presencia. Entramos al texto convencidos de que vamos a interpretarlo, sin sospechar que buena parte de la interpretación ya venía hecha desde antes de abrir la primera página.

Eso explica por qué dos personas inteligentes pueden leer el mismo artículo y salir convencidas de cosas opuestas. No siempre discrepan por falta de inteligencia. Muchas veces discrepan porque cada una contempla el mundo desde una ventana distinta y, como suele ocurrir con las ventanas, quien está detrás de ella casi nunca la ve.

La filosofía advirtió ese problema hace siglos. Mucho antes de que existieran laboratorios y resonancias magnéticas, ya sospechaba que el obstáculo más serio para conocer la realidad no era la ignorancia, sino la excesiva confianza en nuestras propias certezas.

La ciencia contemporánea terminó dándole, en buena medida, la razón.

Hoy sabemos que muchas decisiones nacen primero en la intuición y solo después encuentran argumentos que las justifiquen. Nos gusta imaginar que pensamos para descubrir la verdad. Con alguna frecuencia pensamos, más bien, para defender una conclusión que ya habíamos adoptado sin darnos cuenta.

La razón, a veces, se parece menos a un juez que a un abogado.

Y suele ser un abogado brillante.

Por eso la inteligencia, aunque admirable, no basta. Hay personas muy cultas que jamás cambian de opinión y otras, con menos conocimientos, que conservan intacta la capacidad de escuchar. La diferencia no siempre está en el tamaño de la biblioteca. A menudo está en el tamaño del orgullo.

Los novelistas entendieron este misterio mucho antes que los psicólogos. Sus personajes no suelen ser tontos; al contrario, poseen una habilidad extraordinaria para explicarse a sí mismos por qué siempre actuaron como debían. El lector descubre las grietas de esos razonamientos porque contempla la historia desde afuera. Lo difícil comienza cuando cerramos el libro y comprendemos que nosotros también somos protagonistas de una historia que llevamos años contándonos con una indulgencia conmovedora.

Quizá la verdadera lectura crítica empiece justamente ahí.

No cuando aprendemos a encontrar errores en un texto, sino cuando aceptamos la posibilidad de que el primer error esté en la forma como nosotros lo estamos leyendo.

Eso exige una virtud escasa en tiempos donde todo el mundo opina de inmediato y casi nadie se concede el lujo de dudar. Cambiar de opinión parece una derrota. Persistir en el error, en cambio, suele confundirse con firmeza de carácter.

Qué paradoja.

Nunca hubo tantos manuales sobre pensamiento crítico y, sin embargo, pocas veces resultó tan difícil encontrar personas dispuestas a revisar con serenidad sus propias convicciones.

Volvamos, entonces, al estudiante del comienzo.

Quizá el profesor nunca intentó corregir únicamente un ensayo. Tal vez quiso mostrarle algo mucho más importante: que el primer texto que merece una lectura crítica no siempre está escrito sobre el papel. Muchas veces vive silenciosamente dentro de nosotros, redactado con recuerdos, certezas y explicaciones que repetimos desde hace años sin volver a examinarlas.

Por eso la antigua inscripción de Delfos sigue respirando después de tantos siglos.

"Conócete a ti mismo."

No porque quien se conoce deje de equivocarse.

Sino porque aprende a desconfiar de esa peligrosa sensación de tener siempre la razón.

Y acaso no exista mejor definición de la sabiduría.

 
 
 

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