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Criptobiosis moral: cómo vivir sin pensar

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 31 ene
  • 4 min de lectura

Microscópicos en el argumento, gigantes en la terquedad.


Este artículo rinde homenaje a la ciencia y a los insuperables colombianismos lingüísticos, esa rara combinación de rigor y picardía.


Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )


Arranquemos por el final, que es como se entienden mejor estas cosas. Cuando los hechos se van haciendo los locos, cuando la realidad se esfuma sin avisar y deja la puerta entornada, hay criaturas que no se inmutan. No porque sean más pilas, sino porque dominan una virtud más resistente que el acero: la terquedad bien entrenada.

Los señores de la bata blanca —gente seria que todavía mira por el microscopio antes de opinar— hablan con respeto de un animal diminuto, de ocho patitas y cero ganas de figurar: el tardígrado. Aguanta fríos del carajo, calores que ni en Valledupar en agosto, décadas sin agua, radiación, presión y hasta el vacío del espacio. Cuando el ambiente se pone pesado, no arma escándalo ni convoca rueda de prensa: se encoge, se seca, se queda quietico y espera. Un comportamiento tan decente que provoca envidia.

Pero ojo, que en la fauna humana hay un ejemplar todavía más bravo: el espécimen dogmático. Este no mide un milímetro, pero se toma todo el espacio. No se agacha ante la adversidad; se agranda. Donde la realidad aprieta, él se esponja. Donde el asunto se complica, él lo deja en blanco y negro. Donde asoma la duda, la manda a callar con una frase hecha y listo.

Veamos algunos bichos de estos, fáciles de pillar sin lupa.

El terraplanista es un organismo de convicción rígida de manual. Sobrevive campante a fotos satelitales, transmisiones desde la Estación Espacial y vuelos Bogotá–Tokio sin despeinarse. Para él, la curvatura de la Tierra es pura carreta académica. Su metabolismo argumentativo es lento, pero constante: repite y repite hasta que el otro se mama y se va.

El antivacunas, por su lado, es un portador crónico de certeza. Blindado contra estadísticas, estudios y consensos médicos, cree que la ignorancia es una vacuna natural. Eso sí, cuando la cosa se pone fea, corre derechito a urgencias, pide antibióticos, exámenes y wifi sin ningún pudor. Ciencia mala… salvo cuando sirve.

Está también el negacionista climático, miembro ilustre de la fauna de la opinión fosilizada. Confunde el clima con lo que siente al sacar la cabeza por la ventana. Si hoy amaneció fresco, el calentamiento global es puro cuento; si hace calor, “eso siempre ha sido así”. Cien años de mediciones pierden contra un “yo me acuerdo que antes…”.

Todos estos personajes tienen algo en común: son inmunes a los hechos. Los datos les resbalan como agua en hoja de plátano. Las evidencias no los contradicen: los confirman. Y las estadísticas que no cuadran se despachan con un “eso es ideológico”, como si los números militieran en algún partido.

El tardígrado, cuando se ve en problemas, entra en criptobiosis. El organismo de convicción rígida, cuando lo acorralan, entra en certeza absoluta. Los dos suspenden algo vital: uno, el metabolismo; el otro, el pensamiento. La diferencia es que el primero lo hace en silencio, y el segundo a grito herido.

Dicen los científicos que una guerra nuclear nos metería en un invierno largo y berraco. Los mares se congelarían, las cadenas alimenticias se irían al piso y la vida compleja quedaría en veremos. El tardígrado, tranquilo, esperaría su momento. El individuo de baja plasticidad cognitiva, en cambio, atravesaría el frío diciendo que eso es pura exageración, culpando a algún enemigo invisible y asegurando que “antes también hacía frío”.

No estamos hablando de una ignorancia despistada, de esas que se corrigen leyendo un ratico y bajándole dos rayitas al ego. No. Esto es una ignorancia activa, juiciosamente trabajada. El vertebrado de la tesis inmutable no ignora los hechos porque no los conozca, sino porque le estorban. Prefiere la consigna al análisis, el estribillo al argumento, el ruido al silencio incómodo de pensar.

Mientras el tardígrado se demoró millones de años aprendiendo a adaptarse al entorno, el ser de metabolismo argumentativo lento encontró una solución más fácil: adaptar el mundo a su creencia. Si la realidad no encaja, se recorta. Si insiste, se desacredita. Así, el planeta termina del tamaño exacto de su certeza.

Hay quienes confunden esta persistencia con valentía. Nada que ver. La valentía implica riesgo; el dogmatismo juega a la fija. No hay nada más cómodo que una idea a prueba de evidencias. Nada más sabroso que vivir seguro de todo sin haber pensado casi nada. Es la parranda eterna de la opinión.

Los astrónomos dicen que, dentro de miles de millones de años, el Sol se inflará y dejará la Tierra inhabitable. Hasta los tardígrados dirán “chao”. Un consuelo cósmico. Queda la duda de si, flotando por ahí, no seguirá algún organismo de convicción rígida diciendo que eso del colapso solar es puro alarmismo.

La ciencia nos recuerda que la Tierra puede seguir sin nosotros. Pero nosotros, visto lo visto, necesitamos reaprender algo básico: pensar duele menos que negar. Mientras tanto, los tardígrados seguirán en lo suyo, callados y eficientes. Y los practicantes de la criptobiosis moral seguirán campantes —vivos, habladores y más seguros que nunca...

 
 
 

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