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(VERSIÓN MÁS EXTENSA) Cuando Diógenes, mi parresiasta preferido, decidió darse una vuelta por Tibasosa acompañado de Juan Gossaín, mi cronista predilecto

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • hace 6 días
  • 20 min de lectura

Un paseo entre burros extraordinariamente sensatos, papayuelas discretas y algunos bípedos bastante más difíciles de clasificar.

«El lector hará bien en no confiar demasiado en este narrador. Tiene la mala costumbre de simpatizar con filósofos que insultaban reyes y con periodistas que hacían preguntas incómodas.»

A la abogada más inteligente y bella de la CAR, gracias a quien comprendí que hay países que primero se conocen en el corazón y solo después en los mapas...


Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil )


Debo comenzar con una confesión cuya inutilidad no disminuye su sinceridad.

Nunca he logrado ser imparcial.

He intentado corregir semejante defecto durante años, pero siempre termino fracasando con una puntualidad que ya merece respeto. Algunos coleccionan estampillas; otros, relojes antiguos. Yo colecciono admiraciones. Entre ellas ocupan lugares privilegiados un filósofo que hizo de un tonel su domicilio y un cronista que convirtió a Colombia en un personaje literario sin necesidad de inventarle una sola línea de diálogo.

Hablo, por supuesto, de Diógenes de Sinope y de Juan Gossaín.

No discutiré con quien considere exagerada mi preferencia. Cada cual administra sus entusiasmos como mejor puede. Hay quien idolatra emperadores. Yo prefiero a quienes les hacían perder el sueño.

Fue precisamente esa doble simpatía —que algunos amigos consideran un síntoma clínico y otros una simple falta de prudencia— la que me llevó a imaginar un encuentro imposible.

Después de todo, la literatura fue inventada para concederle permiso a la verdad de disfrazarse de fantasía.

La escena ocurre en Tibasosa.

No elegí el pueblo por casualidad.

Las casualidades, cuando aparecen en los cuentos, suelen ser escritores perezosos usando barba postiza.

Elegí Tibasosa porque allí los burros reciben un homenaje anual que pocas especies han conseguido arrancarle al orgullo humano. Mientras en otras partes del mundo los hombres organizan congresos para premiarse entre ellos, los tibasoseños reservan un día para celebrar a unos animales que jamás han necesitado fundar una comisión de ética.

Esa sola diferencia ya justificaba el viaje.

Además, confieso otra debilidad.

Siempre he sospechado que los pueblos capaces de preparar un buen dulce de papayuela poseen una comprensión secreta de la paciencia.

La papayuela no recompensa a los impacientes.

Exige tiempo.

Azúcar.

Fuego lento.

Y una curiosa confianza en que las cosas ásperas pueden transformarse sin dejar de ser ellas mismas.

No deja de parecerme una metáfora bastante más optimista que algunos programas de gobierno.

El tercer motivo era Guátika.

Me habían contado —y en Boyacá las buenas historias rara vez llegan solas— que el nombre evocaba la cuna de las aguas, porque desde los páramos vecinos nacían corrientes que descendían silenciosamente hacia los valles. Ignoro si los filólogos aprobarían la explicación. Los filólogos, dicho sea con el respeto que merece tan honorable oficio, suelen desconfiar de las etimologías que hacen feliz a la gente. Pero hay verdades que pertenecen menos a los diccionarios que a la memoria de un pueblo. Y esas también merecen hospitalidad.

Con semejante itinerario, ¿quién podría negarse?

Bueno... Diógenes.

Cuando le propuse el paseo, me observó como quien examina a un vendedor de perfumes que intenta convencer a un pez de las ventajas del desodorante.

—¿Y qué voy a hacer yo en Tibasosa?

—Pensar.

—Para eso me bastaba Atenas.

—Aquí hay una competencia de burros.

Sus ojos cambiaron apenas un instante.

Muy poco.

Lo suficiente.

—¿Una competencia?

—La más famosa de Boyacá.

Guardó silencio.

Nunca confíen demasiado en un filósofo que guarda silencio.

Los filósofos verdaderamente peligrosos piensan precisamente cuando uno cree que están distraídos.

Al cabo de unos segundos preguntó:

—¿Los burros saben que están concursando?

—Supongo que no.

—Excelente.

Eso significa que todavía conservan la inocencia.

Los concursos suelen estropear únicamente a los participantes que conocen el reglamento.

No discutí.

He aprendido que discutir con Diógenes produce el mismo resultado que intentar convencer a una montaña de mudarse unos metros hacia la derecha.

Aceptó viajar.

Eso sí, impuso una condición.

—Quiero que venga ese colombiano del que tanto hablas.

—¿Juan Gossaín?

—Ese mismo.

—¿Por qué?

Diógenes se encogió de hombros.

—Porque los filósofos terminamos sospechando de nuestras propias ideas.

En cambio, los buenos cronistas todavía salen a verificar si los hombres siguen comportándose igual de mal que hace dos mil años.

Confieso que aquella respuesta me produjo una alegría casi infantil.

No todos los días un griego del siglo IV antes de Cristo pide conocer a un periodista colombiano.

Y mucho menos para asistir, juntos, a un desfile de burros.

De modo que partimos.

Ignorábamos, los tres, que aquella caminata por las calles empedradas de Tibasosa terminaría convirtiendo a los burros en profesores, a la papayuela en filósofa, al agua en juez... y a los seres humanos en el único problema verdaderamente difícil de clasificar.



II

La reivindicación filosófica del burro


La plaza ya estaba llena cuando llegamos.

No sé si existe una ciencia encargada de medir la felicidad de los pueblos pequeños, pero, si algún día se funda semejante disciplina, convendría comenzar las investigaciones durante las fiestas patronales. Hay una manera muy particular de ocupar el espacio: nadie parece tener prisa y, sin embargo, todo ocurre exactamente cuando debe ocurrir.

Los niños corrían detrás de los globos.

Los vendedores pregonaban arepas, almojábanas y dulces de papayuela con un entusiasmo que habría hecho sonrojar a más de un ministro de Comercio.

Los músicos afinaban sus instrumentos.

Y, en medio de todo aquello, los verdaderos protagonistas permanecían impasibles.

Los burros.

Uno blanco.

Otro ceniciento.

Uno más pequeño que parecía haber decidido, desde muy temprano, que la filosofía consistía en no moverse.

Diógenes los observaba con un respeto que desconcertaba a los presentes.

Un campesino, creyendo hacerle un favor, se acercó.

—¿Le gustan los burritos, don?

Diógenes respondió con absoluta seriedad.

—Muchísimo.

Son los únicos participantes de esta fiesta que todavía ignoran que alguien los está juzgando.

El hombre soltó una carcajada.

Pensó que era un chiste.

Yo sabía que no.

Con Diógenes, el problema consistía precisamente en ese: jamás era fácil distinguir dónde terminaba el humor y dónde comenzaba la filosofía.

Nos abrimos paso entre la multitud.

Una niña acariciaba el hocico de un burro adornado con flores amarillas.

El animal permanecía inmóvil, con una dignidad que habría resultado insoportable para ciertos próceres ecuestres.

Diógenes volvió a sonreír.

—Mira qué curioso.

—¿Qué cosa?

—Toda la vida han usado al burro para representar la estupidez.

Se acercó al animal.

Le acarició lentamente la frente.

—Y, sin embargo, nunca he visto uno prometer lo que no puede cumplir.

Ni apropiarse del heno del vecino.

Ni inaugurar un puente que todavía no existe.

Ni decir que trabaja por el bien común mientras carga los costales únicamente hacia su pesebrera.

El burro bostezó.

—¿Ves?

Ni siquiera siente la necesidad de defenderse.

La inocencia tiene esa ventaja.

No necesita departamento de comunicaciones.

Confieso que miré alrededor.

Algunas personas sonreían.

Otras escuchaban con esa expresión que los colombianos dominan admirablemente: la mezcla exacta entre cortesía y curiosidad.

Nadie parecía ofendido.

Al contrario.

Había algo profundamente boyacense en aquella escena.

Como si el pueblo hubiera comprendido desde hacía mucho tiempo que los burros nunca fueron los destinatarios reales de la broma.

Fue entonces cuando apareció Juan Gossaín.

Llegó caminando despacio, con las manos en los bolsillos y esa manera suya de observar el mundo como quien sospecha que las mejores historias casi siempre están hablando en voz baja.

Nos saludó con un abrazo.

Miró los burros.

Miró a Diógenes.

Después me miró a mí.

—Tengo la impresión de que voy llegando tarde a una conversación peligrosa.

—No tanto —respondió Diógenes—. Apenas estamos haciendo justicia.

Gossaín levantó una ceja.

—¿Justicia?

—Sí.

Llevan siglos calumniando a estos animales.

Gossaín soltó una risa breve.

—¿Y cuál sería el cargo?

—Haber prestado su nombre para describir defectos exclusivamente humanos.

El cronista guardó silencio.

Silencio de periodista.

Que no es el mismo silencio de los filósofos.

El filósofo calla para pensar.

El periodista calla porque acaba de encontrar una historia.

Diógenes siguió caminando entre los animales.

—Dime una cosa, Juan.

—A ver.

—¿Quién decidió que el burro simbolizaba la necedad?

—No lo sé.

—Seguramente un hombre.

Porque los hombres poseen una costumbre bastante antigua.

Cuando descubren un defecto propio, corren inmediatamente a bautizar con él a algún animal inocente.

Así apareció el burro terco.

El zorro astuto.

El cerdo sucio.

El gallo vanidoso.

El lobo cruel.

Hizo una pausa.

—Y mientras tanto, los hombres siguieron quedándose con todos los demás defectos.

Gossaín ya no sonreía.

Observaba ahora el desfile con una atención distinta.

Los aplausos crecían.

Un niño levantaba una pequeña bandera.

Una anciana repartía dulces de papayuela a los visitantes.

El aire olía a panela, a tierra húmeda y a fiesta.

Entonces Gossaín hizo una pregunta que parecía nacida únicamente de la curiosidad.

Pero los buenos cronistas saben disfrazar muy bien las preguntas importantes.

Miró al burro ganador.

Después miró a Diógenes.

Y dijo, casi en voz baja:

—Dime una cosa, viejo griego...

¿Tú crees que en América Latina todavía existe la corrupción...

...o ya aprendimos a vivir tan cómodamente con ella que terminó pareciéndose a nosotros?

Diógenes no respondió.

Se limitó a tomar, con infinita delicadeza, un pedazo de papayuela confitada que una señora acababa de ofrecerle.

La observó como quien contempla un manuscrito antiguo.

Sonrió.

Y dijo:

—Antes de responderte...

...probemos primero este dulce.

Porque las grandes mentiras, Juan...

...casi siempre llegan envueltas en algo muy parecido al azúcar.


III

La papayuela y el extraño talento de endulzar las palabras


La señora que ofrecía los dulces debía de llevar muchos años haciéndolo.

No lo deduje por las arrugas —que suelen ser pésimas cronistas del tiempo—, sino por la tranquilidad con que esperaba la respuesta de los compradores. No anunciaba su mercancía; conversaba con ella. Cada pedazo de papayuela parecía salir de sus manos con la serenidad de quien sabe que ciertas cosas no necesitan propaganda.

—Prueben, mijitos.

No es un dulce cualquiera.

Es de Tibasosa.

Diógenes tomó un trozo entre los dedos.

Lo levantó contra la luz.

Lo giró lentamente.

Si algún arqueólogo hubiera llegado en ese instante, habría jurado que el griego examinaba una reliquia recién descubierta.

La señora sonrió.

—¿Nunca había visto uno?

—Papayuelas, no.

Milagros, sí.

Ella soltó una carcajada.

—¿Y qué milagro le ve?

—Que alguien haya conseguido convencer a una fruta tan arisca de volverse amable.

La mujer rió con esa risa limpia que únicamente poseen las personas incapaces de sospechar que están participando en una discusión filosófica.

—Eso no lo hace la fruta.

Lo hace la paciencia.

Diógenes permaneció unos segundos en silencio.

Después volvió hacia nosotros.

—¿Oíste, Juan?

—Claro.

—Acabamos de recibir una lección de filosofía sin necesidad de abrir un solo libro.

Gossaín mordió un pedazo del dulce.

Lo dejó unos segundos sobre la lengua.

Asintió lentamente.

—Tiene razón.

No es un sabor que aparezca de inmediato.

—Las mejores cosas casi nunca aparecen de inmediato —respondió Diógenes—.

La verdad, por ejemplo.

El periodista volvió entonces a su pregunta.

—No me respondiste.

¿Existe la corrupción...

...o ya somos nosotros?

Diógenes siguió contemplando la papayuela.

—Todavía no.

—¿Todavía no qué?

—Todavía no puedo responderte.

Primero necesito entender este dulce.

Confieso que aquella explicación me pareció exasperante.

Uno espera que un filósofo griego responda cuestiones morales.

No que se distraiga estudiando postres.

Pero hacía años que había aprendido una regla elemental.

Cuando Diógenes parecía desviarse del asunto...

...era porque acababa de encontrar el camino más corto.

Le dio otro mordisco.

—Qué fruta más honesta.

Gossaín sonrió.

—¿También las frutas tienen virtudes?

—Algunas más que ciertos parlamentos.

La papayuela jamás pretende ser un durazno.

Ni una pera.

Ni un mango.

Es áspera cuando debe ser áspera.

Ácida cuando corresponde.

Y dulce únicamente después de un largo trabajo.

No necesita fingir.

Se volvió hacia la señora.

—¿Qué le pone usted?

—Azúcar.

Agua.

Tiempo.

Nada más.

Diógenes asintió.

—Exactamente.

Nada más.

Después caminó unos pasos por la plaza.

Los niños seguían riendo.

Los burros continuaban ignorando que eran celebridades por un día.

Una banda comenzó a tocar un bambuco.

El viento movía lentamente las banderas.

Entonces Diógenes habló sin mirar a nadie.

Como si estuviera conversando con el aire.

—Las frutas necesitan azúcar para volverse dulces.

Los hombres...

...necesitan palabras.

Nadie entendió.

Ni siquiera Gossaín.

El griego continuó.

—La corrupción desnuda produce vergüenza.

Por eso casi nunca anda desnuda.

Siempre aparece bien vestida.

Nunca dice:

"Vengo a robar."

Dice:

"Voy a agilizar un trámite."

No dice:

"Compré un juez."

Dice:

"Construí consensos."

No dice:

"Estoy repartiendo favores."

Dice:

"Fortalezco la gobernabilidad."

No dice:

"Quiero quedarme con dinero ajeno."

Dice:

"Defiendo intereses superiores."

Hizo una pausa.

Tan larga que hasta los músicos parecieron tocar más despacio.

—Las dictaduras descubrieron hace siglos lo que algunos gobiernos democráticos aprendieron después.

Cambiar las palabras suele resultar más barato que cambiar la realidad.

Gossaín bajó la vista hacia el pedazo de papayuela que aún sostenía.

Lo observó con una mezcla de admiración y tristeza.

—Entonces...

...¿el azúcar es culpable?

Diógenes levantó la cabeza con una expresión casi escandalizada.

—¡De ninguna manera!

No culpes al azúcar.

El azúcar jamás prometió decir la verdad.

Las palabras sí.

Aquella respuesta provocó un silencio distinto.

Ya no era el silencio del humor.

Era ese otro, mucho más incómodo, que aparece cuando una broma deja de ser completamente una broma.

La señora volvió a acercarse.

—¿Les gustó el dulce?

Diógenes hizo una leve reverencia.

—Muchísimo.

Y gracias a usted acabo de resolver una duda que llevaba más de dos mil años persiguiéndome.

Ella sonrió, convencida de que el extranjero exageraba por cortesía.

Se alejó ofreciendo papayuelas a otra familia.

Diógenes la siguió con la mirada.

—¿Ves, Juan?

—¿Qué cosa?

—Ella endulza frutas.

Los políticos suelen intentar endulzar diccionarios.

Y créeme...

...eso es infinitamente más peligroso.

Gossaín guardó silencio.

No anotó nada.

Los buenos cronistas saben que existen frases que todavía no pertenecen al cuaderno.

Primero deben permanecer un rato respirando dentro de la memoria.

Fue entonces cuando, a lo lejos, comenzaron a escucharse las voces de unos niños que anunciaban la entrada al Bioparque Guátika.

Diógenes levantó la cabeza.

—¿Qué significa Guátika?

Gossaín respondió:

—Dicen que quiere decir "cuna de las aguas".

El griego sonrió.

—Entonces apresurémonos.

Las aguas siempre tienen mejores conversaciones que los hombres.

Y, sin decir una palabra más, comenzó a caminar cuesta arriba.

Nosotros lo seguimos.

Ignorábamos que el agua, los cóndores y hasta las llamas terminarían hablando de los hombres con una claridad que los propios hombres rara vez consiguen cuando hablan de sí mismos.


IV

Guátika, donde el agua todavía no aprendió a mentir


El camino hacia Guátika era corto.

Como sucede con los buenos caminos, parecía más interesado en conducir al caminante hacia una conversación que hacia un destino.

Tibasosa iba quedando atrás.

Las campanas de la iglesia se confundían con el viento.

Algunos eucaliptos inclinaban apenas las copas, como si quisieran escuchar lo que el viejo griego venía murmurando desde la plaza.

No dijo una palabra durante varios minutos.

Y eso, tratándose de Diógenes, empezaba a inquietarme.

Hay silencios que descansan.

El suyo trabajaba.

Fue Gossaín quien lo rompió.

—Dicen que Guátika significa cuna de las aguas.

Diógenes siguió caminando.

No respondió enseguida.

Se inclinó sobre un pequeño hilo de agua que descendía entre las piedras.

Hundió apenas la punta de los dedos.

Después sonrió.

No era una sonrisa alegre.

Era una sonrisa de reconocimiento.

Como quien acaba de encontrarse con un viejo amigo.

—¿Sabes qué me gusta del agua, Juan?

—¿Qué cosa?

—Nunca intenta subir.

Gossaín soltó una risa.

—Eso lo aprendimos en la escuela.

—No.

Eso lo olvidamos después de la escuela.

Continuó caminando.

—El agua nace arriba.

Y dedica toda su existencia a descender.

Mientras más alta es su cuna...

...más humilde termina siendo su viaje.

Se volvió hacia nosotros.

—Los hombres hacen exactamente lo contrario.

Nacen abajo.

Y pasan la vida intentando subir.

No para mirar más lejos.

Para mirar a los demás desde arriba.

El periodista guardó silencio.

Era evidente que aquella frase ya estaba escribiéndose sola en algún rincón de su memoria.

Llegamos a un pequeño puente de madera.

Debajo corría una corriente tan limpia que las piedras parecían recién inventadas.

Diógenes permaneció largo rato observándola.

—Qué extraño.

—¿Qué encontraste ahora? —pregunté.

—La naturaleza jamás necesita fingir transparencia.

Simplemente...

...es transparente.

Me incliné también sobre el agua.

Podía verse el fondo con absoluta claridad.

Entonces el griego continuó.

—Los hombres, en cambio, inventaron una palabra curiosísima.

—¿Cuál?

Transparencia.

Gossaín levantó la vista.

—¿Y qué tiene de curioso?

—Que solo necesitan pronunciarla quienes dejaron de ser transparentes.

Ningún arroyo organiza un congreso sobre transparencia.

Ningún árbol crea una oficina de integridad.

Ningún cóndor redacta un código de buen gobierno.

La naturaleza no publica principios éticos.

Los practica.

Una pareja que caminaba cerca de nosotros sonrió al escuchar aquella última frase.

Quizá pensaron que el anciano extranjero era uno de esos viajeros extravagantes que acostumbran filosofar delante de cualquier paisaje.

No estaban del todo equivocados.

Solo ignoraban que aquel hombre llevaba más de dos mil años haciéndolo.

Seguimos avanzando.

En una curva del sendero apareció un pequeño letrero que invitaba a cuidar las fuentes de agua.

Diógenes lo leyó con atención.

Después preguntó:

—¿También existen letreros parecidos para cuidar las palabras?

Gossaín respondió sin dejar de caminar.

—Deberían existir.

Porque las palabras también nacen limpias.

Los hombres somos quienes terminamos ensuciándolas.

Diógenes lo miró con visible satisfacción.

—Empiezas a hablar como cronista...

...y a pensar como filósofo.

—Es peligroso.

—Muchísimo.

Por eso casi nunca dejan que ambas profesiones permanezcan demasiado tiempo juntas.

Yo comenzaba a sospechar que aquella excursión terminaría costándome la tranquilidad.

Hay paseos que cansan las piernas.

Este empezaba a cansar las certezas.

Un grupo de niños pasó corriendo hacia la entrada del bioparque.

Uno de ellos señaló un cartel.

—¡Vamos a ver los cóndores!

Diógenes siguió con la mirada a los muchachos.

Después volvió a mirar el agua.

Y pronunció, casi para sí mismo:

—Curioso...

Primero el agua.

Después las aves.

Todo parece empeñado en recordarles a los hombres que la altura nunca fue sinónimo de superioridad.

Solo de responsabilidad.

Gossaín no respondió.

Sacó una pequeña libreta del bolsillo.

La abrió.

Permaneció unos segundos con el lápiz suspendido sobre la página.

Y volvió a guardarla sin escribir una sola palabra.

Le pregunté por qué.

Sonrió.

—Hay frases que uno no debe apresurarse a atrapar.

Si son verdaderas...

...regresan solas.

Si no regresan...

...es que nunca fueron nuestras.

Diógenes soltó una carcajada.

—Ahora entiendo por qué quería conocerte.

—¿Por qué?

—Porque los buenos cronistas se parecen mucho a los buenos jueces.

Escuchan más de lo que hablan.

Y sospechan incluso de las frases que más les gustan.

Atravesamos finalmente el portón de Guátika.

A lo lejos, un cóndor describía círculos lentísimos sobre el cielo boyacense.

Diógenes levantó la cabeza.

No dijo nada.

Solo siguió con la mirada aquel vuelo inmenso.

Conocía demasiado bien a mi viejo amigo.

Cuando permanecía tanto tiempo contemplando un animal...

...era porque estaba a punto de emitir un juicio devastador sobre la especie humana.

Y, para desgracia nuestra, nunca se equivocaba.


V

Los animales que todavía no habían estudiado política


Entramos en Guátika poco antes del mediodía.

No sé quién diseñó aquel parque, pero sospecho que debía de sentir un profundo respeto por el silencio. Todo parecía construido para que los visitantes caminaran más despacio de lo habitual, como si la prisa fuese un animal al que no se le permitía entrar.

Los niños seguían corriendo, naturalmente.

La infancia todavía no ha descubierto las ventajas sociales de fingir serenidad.

Los adultos, en cambio, avanzaban con esa gravedad ceremoniosa que solemos adoptar cuando pagamos una entrada. Existe una curiosa superstición según la cual un boleto comprado nos obliga a parecer inteligentes frente a todo lo que vamos a observar.

Diógenes caminaba sin mapa.

Los filósofos nunca preguntan por el recorrido oficial.

Sospechan —con bastante fundamento, debo admitir— que los caminos recomendados casi siempre conducen a las opiniones recomendadas.

Fue Gossaín quien señaló el primer recinto.

—Allá están los cóndores.

El griego levantó la vista.

Un ave enorme permanecía inmóvil sobre una roca.

No hacía absolutamente nada.

Y, sin embargo, dominaba el paisaje entero.

Diógenes sonrió.

—Mira qué elegante.

—¿El cóndor?

—No.

Su economía de movimientos.

Los hombres viven convencidos de que el poder consiste en moverse mucho.

Este animal demuestra exactamente lo contrario.

El cóndor permaneció inmóvil.

No necesitó confirmar las palabras del filósofo.

Las alturas poseen una autoridad que ignora los discursos.

Gossaín observó el vuelo pausado del ave.

—En Colombia —dijo— solemos admirar mucho a quienes hablan fuerte.

Diógenes respondió sin apartar los ojos del cielo.

—Tal vez deberían comenzar a admirar también a quienes saben callar.

Seguimos caminando.

Llegamos al recinto de los lobos.

Un grupo descansaba a la sombra.

Ninguno parecía particularmente interesado en nosotros.

Un niño preguntó a su padre:

—¿Por qué dicen que el lobo es malo?

El padre dudó.

Diógenes respondió antes.

—Porque nadie escribe cuentos sobre las ovejas cuando aprenden a comportarse como lobos.

El hombre lo miró sorprendido.

Luego sonrió.

No insistió.

Era evidente que había comprendido que aquel anciano respondía preguntas que el niño todavía no sabía formular.

Más adelante aparecieron las llamas.

Una de ellas observaba a los visitantes con una expresión que habría puesto nervioso a cualquier diplomático.

De pronto escupió.

Un muchacho dio un salto hacia atrás.

Todos rieron.

Diógenes también.

—¡Qué animal tan admirable!

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque nunca disimula su desacuerdo.

Si una llama desaprueba a alguien...

...se lo comunica inmediatamente.

Los hombres inventaron protocolos mucho más sofisticados.

Primero sonríen.

Después estrechan la mano.

Luego organizan un banquete.

Y finalmente escriben el informe donde explican por qué jamás confiaron en esa persona.

Gossaín soltó una carcajada.

—Has conocido bastantes cancillerías.

—No.

He conocido bastantes hombres.

Seguimos el sendero.

A un lado apareció un grupo de monos.

Uno imitaba los movimientos de los visitantes.

Otro parecía divertirse observando nuestras reacciones.

El cronista permaneció largo rato contemplándolos.

Después comentó:

—Siempre decimos que el hombre desciende del mono.

Diógenes negó lentamente con la cabeza.

—No.

Eso resulta profundamente injusto.

Los monos imitan por juego.

Los hombres...

...con demasiada frecuencia imitan por conveniencia.

Guardó un instante de silencio.

—Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas.

Los monos todavía conservan la inocencia.

Los hombres llamamos estrategia a la pérdida de esa inocencia.

No muy lejos había un jaguar.

Dormía.

Con esa tranquilidad insolente que únicamente poseen los grandes felinos y algunos magistrados recién jubilados.

Diógenes permaneció observándolo.

—Hermoso animal.

—Es un depredador —comentó un visitante.

—Naturalmente.

El jaguar mata.

Pero únicamente cuando tiene hambre.

Jamás he visto un jaguar organizar un comité para justificar una presa que no necesitaba.

Ni redactar un informe explicando que la selva exigía un sacrificio excepcional.

Ni crear un nuevo reglamento para convertir el exceso en necesidad.

El visitante sonrió con cierta incomodidad.

No respondió.

Hay silencios que equivalen a un asentimiento.

Seguimos avanzando.

Yo comenzaba a comprender que el zoológico estaba cambiando de especie.

Los animales seguían detrás de las cercas.

Los hombres empezábamos a sentirnos observados.

Fue entonces cuando Gossaín se detuvo frente a un pequeño cartel.

Lo leyó despacio.

Después miró a Diógenes.

—Qué cosa tan curiosa.

—¿Qué encontraste ahora?

—Cada recinto explica quién es el animal.

Habla de su alimentación.

De su comportamiento.

De su hábitat.

Diógenes esperó.

Gossaín continuó.

—Sería interesante hacer lo mismo con nosotros.

—¿Cómo así?

—Imagínate un letrero a la entrada de una ciudad.

Homo sapiens.

Mamífero gregario.

Altamente imaginativo.

Capaz de escribir poemas, construir hospitales, descubrir vacunas y componer sinfonías.

Pero también extraordinariamente hábil para disfrazar la codicia de virtud y la ambición de servicio público.

Diógenes rompió a reír.

Era una risa franca.

Antigua.

Luminosa.

Le dio una palmada en el hombro al cronista.

—Juan...

Empiezas a preocuparme.

—¿Por qué?

—Porque ya no necesitas un filósofo.

Solo necesitas seguir observando.

Continuamos el recorrido.

Y por primera vez desde que habíamos llegado a Guátika tuve la extraña impresión de que los animales no estaban allí para que nosotros los conociéramos.

Estábamos allí para recordar, con una mezcla de vergüenza y alivio, cuánto nos habíamos alejado de ellos.

A lo lejos volvió a escucharse el rumor del agua.

Diógenes levantó la cabeza.

Sonrió apenas.

—Vamos.

Todavía nos falta visitar el único habitante de este parque que jamás aprendió a mentir.

—¿Cuál?

El filósofo señaló el arroyo que descendía desde el páramo.

—El agua.

Y comenzó a caminar hacia ella con el mismo respeto con que otros hombres se acercan a una biblioteca o a un templo.


VI

La única criatura que todavía no aprendió a mentir


El arroyo descendía del páramo con la tranquilidad de quien jamás ha competido con nadie.

No hacía ruido para llamar la atención.

No buscaba fotografías.

Ni discursos.

Simplemente bajaba.

Diógenes permaneció largo rato observándolo.

Nadie habló.

Hay conversaciones que empiezan precisamente cuando las palabras deciden retirarse unos minutos.

El agua corría sobre las piedras con una transparencia casi ofensiva.

Confieso que nunca había pensado que la transparencia pudiera resultar incómoda.

Hasta ese momento.

Fue Gossaín quien rompió el silencio.

—Ahora entiendo por qué llaman a este lugar la cuna de las aguas.

Diógenes no apartó la mirada del arroyo.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Porque aquí todo comienza limpio.

El viejo griego sonrió.

—Exactamente.

Todo comienza limpio.

El agua.

Las palabras.

La confianza.

La justicia.

Hasta las repúblicas.

Hizo una pausa.

—Lo difícil nunca ha sido nacer limpio.

Lo difícil siempre ha sido llegar limpio al mar.

Ninguno de los tres dijo nada.

Había frases que no pedían comentarios.

Solo compañía.

El agua siguió descendiendo.

Una hoja cayó sobre la corriente.

Durante unos metros pareció dirigir el arroyo.

Después comprendió que era exactamente al revés.

Diógenes la siguió con la mirada.

—Los hombres tienen una curiosa obsesión.

—¿Cuál?

—Creen que todo lo que flota conduce.

Casi nunca advierten que también puede estar siendo llevado.

Gossaín sonrió.

—Eso sirve para la política.

—Sirve para casi todo.

Permanecieron nuevamente en silencio.

De pronto apareció un niño.

No tendría más de ocho años.

Se arrodilló junto al agua.

Hundió las manos.

Bebió.

Después siguió corriendo.

No preguntó si era potable.

No pidió un certificado.

No solicitó una auditoría ambiental.

Simplemente tuvo sed.

Y el agua respondió.

Diógenes lo siguió con la mirada.

—Míralo.

—¿Qué tiene?

—Todavía confía.

Los adultos hablamos mucho de reconstruir la confianza.

Los niños todavía alcanzan a usarla.

Aquella frase quedó suspendida en el aire.

No parecía dirigida a nadie.

Tal vez porque nos pertenecía a todos.

Gossaín tomó una pequeña piedra.

La dejó caer en el arroyo.

Los círculos comenzaron a expandirse lentamente.

—Las noticias son un poco así.

Uno lanza una piedra.

Nunca sabe hasta dónde llegará la onda.

Diógenes asintió.

—Con una diferencia.

—¿Cuál?

—El agua nunca decide deformar el círculo.

Los hombres sí.

El cronista permaneció largo rato contemplando las ondas.

Después preguntó, casi en un susurro:

—¿Entonces la corrupción tampoco nace aquí?

El griego negó con suavidad.

—No.

La corrupción nunca nace en los páramos.

Gossaín lo miró.

Esperó.

Diógenes continuó.

—Nace mucho más abajo.

Donde el agua deja de ser únicamente agua.

Y las palabras dejan de significar exactamente lo que significaban.

El viento recorrió lentamente los frailejones.

Por un instante tuve la absurda impresión de que también ellos escuchaban.

Diógenes recogió un poco de agua entre las manos.

La dejó escurrir lentamente.

—¿Sabes cuál es la mayor diferencia entre esta corriente y nosotros?

—No.

—Ella jamás intenta convencernos de que es cristalina.

Simplemente...

...lo es.

Nosotros, en cambio, inventamos discursos sobre la honestidad precisamente cuando dejamos de practicarla.

Inventamos campañas sobre la verdad cuando comenzamos a negociar con la mentira.

Inventamos oficinas de transparencia cuando ya no alcanzaba con abrir las ventanas.

No levantó la voz.

Ni una sola vez.

Era como si estuviera describiendo el curso del agua.

Y, sin embargo, todos sabíamos que hablaba de nosotros.

El silencio volvió.

Esta vez más largo.

Más amable.

Más verdadero.

Fue entonces cuando Gossaín cerró lentamente su libreta.

No había escrito una sola línea.

Yo no resistí la curiosidad.

—¿No vas a tomar nota?

El cronista sonrió.

—No hace falta.

—¿Por qué?

—Porque acabo de entender algo.

—¿Qué cosa?

Miró primero el agua.

Después a Diógenes.

Y finalmente hacia el pueblo que apenas se divisaba entre los árboles.

—Durante años creí que mi oficio consistía en contar historias sobre los hombres.

Hoy sospecho que consiste en recordarles que podrían parecerse un poco más al agua.

Diógenes lo contempló con una mezcla de orgullo y melancolía.

Después dijo una frase tan baja que casi se la llevó el viento.

—Juan...

Si alguna vez consigues escribir eso sin mencionar la palabra "corrupción"...

...habrás escrito el mejor artículo sobre la corrupción.

Comenzamos a regresar.

El camino era el mismo.

Sin embargo, ninguno de los tres volvía siendo exactamente el mismo.

Tibasosa reapareció lentamente entre los árboles.

Las campanas seguían sonando.

Los burros probablemente continuaban ignorando que habían sido protagonistas de una discusión filosófica.

Y pensé, no sin cierta envidia, que tal vez esa ignorancia era una forma muy refinada de sabiduría.

Mientras descendíamos, miré una vez más hacia el arroyo.

El agua seguía su camino.

No dejó un manifiesto.

No redactó un código de conducta.

No pidió reconocimiento alguno.

Descendía.

Eso era todo.

Y, por primera vez en muchos años, comprendí que acaso las civilizaciones no se sostienen porque existan hombres extraordinarios, sino porque, de cuando en cuando, todavía aparece un pueblo capaz de homenajear a un burro, preparar con paciencia una papayuela y llamar cuna de las aguas al lugar donde la naturaleza continúa recordándonos, sin pronunciar una sola palabra, cómo habría podido ser nuestra propia historia.


Epílogo


Cuando nos despedimos, el sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas de Boyacá.

Los burros regresaban lentamente a sus pesebreras, ignorando que acababan de protagonizar la conversación más filosófica de toda la jornada.

Los niños seguían riendo.

La señora de la papayuela seguramente estaría contando las monedas del día con la tranquilidad de quien sabe que la paciencia también produce dividendos.

El agua continuaba descendiendo.

Y los cóndores, allá arriba, seguían volando con esa elegancia que únicamente poseen quienes nunca sintieron la necesidad de demostrar que ocupan las alturas.

Nos despedimos en la plaza.

Juan Gossaín me abrazó con esa cordialidad que distingue a quienes todavía creen que escuchar constituye una forma de generosidad.

Después miró a Diógenes.

—Viejo griego...

Al final nunca respondiste mi pregunta.

Diógenes sonrió.

No respondió enseguida.

Como de costumbre.

Miró una última vez las calles de Tibasosa.

Los balcones.

Las montañas.

Los burros.

El cielo.

Y finalmente dijo:

—Sí te respondí.

Solo que preferiste escuchar las palabras.

Yo procuré que escucharas el camino.

Gossaín permaneció inmóvil.

No hizo otra pregunta.

Los buenos cronistas conocen el momento exacto en que una conversación termina.

Y también el instante en que comienza un artículo.

Vi alejarse a ambos.

El filósofo caminaba con las manos cruzadas detrás de la espalda.

El cronista llevaba su libreta cerrada.

No sabría decir cuál de los dos regresaba más silencioso.

Confieso que yo tampoco volví igual.

Durante años había repetido, con la solemnidad propia de quienes nunca examinan demasiado las expresiones heredadas, que alguien era "más burro que un burro".

Desde aquella tarde decidí abandonar semejante injusticia.

Los burros no merecen esa comparación.

Ellos jamás prometieron ser otra cosa que burros.

Nosotros, en cambio, solemos anunciar virtudes con la misma facilidad con que ocultamos defectos.

Y sospecho que ahí comienza buena parte de nuestros infortunios.

Volví de Tibasosa con una certeza y una duda.

La certeza era que los burros habían sido injustamente difamados durante siglos.

La duda consistía en averiguar si los hombres merecíamos una reputación mucho mejor.

Confieso que todavía sigo investigándolo.

Y, si el lector me permite una última indiscreción, sospecho que también Juan Gossaín.

En cuanto a Diógenes...

Tengo la impresión de que ya conocía la respuesta antes de llegar a Boyacá.

Solo necesitaba que nosotros la descubriéramos por nuestra cuenta.

Porque esa era, después de todo, la verdadera parresía.

No imponer una verdad.

Sino quitar, con paciencia, las palabras que impedían verla.







 
 
 

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