Cuando el poder devora al Derecho
- gleniosabbad
- hace 7 días
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Por Glenio S Guedes ( abogado de Brasil )
Vivimos en un continente de leyes perfectas y realidades sangrientas. Desde hace siglos, en esta América equinoccial, oscilamos entre el fetichismo del papel sellado y la brutalidad del mando sin orillas. Se ha vuelto un lugar común, casi una cicatriz en nuestra memoria colectiva, ver cómo la fuerza desnuda se impone sobre la norma, cómo la voluntad del que manda —sea un juez en su estrado, un político en su curul o un capo en su barriada— termina por convertir el Derecho en una sombra pálida, en esa “letra muerta” que tanto nos duele.
El viejo Norberto Bobbio nos advirtió que el poder sin Derecho es ciego, pero que el Derecho sin poder está vacío. Y aquí, en estas tierras de Colombia y Brasil, donde la geografía es desmesurada y la historia es una herida abierta, esa balanza se ha roto. Lo que vemos hoy no es el imperio de la ley, sino el triunfo de una voluntad arbitraria que se disfraza de legalidad o que, con cinismo, prescinde de ella por completo.
Si miramos con los ojos del maestro florentino Paolo Grossi, en su obra Prima lezione di diritto, entenderemos que nuestra tragedia no es solo política, sino profunda y ontológica. Nos hemos creído la mentira moderna de que el Estado es el único creador del Derecho. Hemos aceptado que la ley es un rayo que cae de lo alto, un mandato frío escrito en códigos que nadie lee, mientras la vida, esa "historia viviente" que Grossi describe, fluye por otros cauces, a menudo turbios y violentos.
Ahí está, por ejemplo, el orden de la sombra. En las comunas de Medellín o en las favelas de Río, en los territorios olvidados del Cauca o de la Amazonía, donde el Estado es apenas un rumor o una amenaza, no reina el caos absoluto. Reina otro orden. Como nos enseñaría Grossi, allí donde hay sociedad, hay Derecho. Pero es un Derecho trágico, nacido del abandono: la ley del más fuerte, el ordenamiento de las facciones y de los grupos armados. Es la prueba dolorosa de que el Derecho es inherente a la comunidad; y si el Estado no ofrece un ordenamiento que proteja y digne, surgirán otros ordenamientos, crueles y despóticos, para llenar ese vacío. El bandido impone su ley, y la comunidad la observa, no por convicción, sino por terror.
Pero no es solo en la selva o en el barrio donde el poder vence al Derecho. También ocurre en los palacios de mármol y en los recintos alfombrados de las capitales. Vemos a magistrados y legisladores que, embriagados de su propia autoridad, manipulan los textos sagrados de la Constitución para servir a intereses mezquinos o corporativos. Es la patología del "absolutismo jurídico": utilizar la cáscara de la ley para imponer caprichos. Cuando un juez resucita procesos olvidados para blindar a sus pares, o cuando un congresista tuerce el reglamento para proteger sus privilegios, están convirtiendo el Derecho en una técnica de dominación, divorciada por completo de la conciencia colectiva.
Grossi nos diría que hemos olvidado la diferencia entre obedecer y observar. Nos hemos acostumbrado a obedecer por miedo a la sanción, a agachar la cabeza ante el policía o el funcionario, pero hemos perdido la capacidad de observar la ley porque creemos en ella, porque la sentimos nuestra, nacida de nuestras propias raíces y valores.
La crisis que atraviesan nuestras repúblicas no se resolverá con más leyes escritas en un papel que el viento se lleva, ni con más cárceles, ni con más retórica de mano dura. Necesitamos, con urgencia, recuperar el Derecho. Necesitamos devolverlo a su lugar de origen: el seno de la sociedad. Mientras el Derecho sea visto por el ciudadano de a pie como una herramienta de los poderosos para perpetuar sus privilegios, o como un obstáculo para la vida, seguirá siendo vencido por el poder.
Solo cuando la norma sea el reflejo de un pacto verdadero, cuando la interpretación de la ley busque la justicia y no la ventaja política, y cuando entendamos —como advertía Grossi al final de sus lecciones— que no hay derechos sin deberes, que mi libertad está tejida con la responsabilidad hacia el otro, podremos soñar con una nación donde la ley no sea una trampa, sino el aire que nos permite respirar juntos sin devorarnos.


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