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De la inteligencia sentiente a la razón incorporada: Zubiri y Damasio contra el decisionismo jurídico

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 21 feb
  • 3 min de lectura

Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )


Hay errores que, de tanto repetirse, terminan pareciendo virtudes. Uno de ellos consiste en creer que la razón es una facultad pura, limpia de cuerpo, como si el pensamiento flotara por encima de la biología con la asepsia de un quirófano suizo. Otro —su primo hermano— afirma que la decisión judicial es o bien un silogismo impecable o bien un acto soberano de voluntad revestido de toga.

Entre el formalismo matemático y el decisionismo voluntarista, el Derecho contemporáneo ha hecho equilibrio como funámbulo distraído. A veces proclama que decidir es aplicar la norma; otras, con resignación elegante, acepta que decidir es escoger, y que escoger es ejercer poder. Y asunto arreglado.

Pero no tan rápido.

Aquí entran en escena dos pensadores que, sin haberse citado en sobremesa alguna, parecen estar conversando a distancia: Xavier Zubiri y Antonio Damasio.

Zubiri sostuvo una tesis que todavía incomoda a los amantes de la razón desencarnada: la inteligencia humana es formalmente sentiente. No sentimos primero y pensamos después; sentimos inteligentemente. La aprehensión de la realidad es un acto único. La realidad no es simple representación mental ni construcción discursiva: se impone “de suyo”.

Traducido al lenguaje judicial —que a veces necesita traductor simultáneo— esto significa que el juez no opera sobre palabras flotantes ni sobre ficciones retóricas. Está frente a realidades humanas concretas que se le imponen. El conflicto no es una narración ingeniosa: es una situación real que exige respuesta.

Ahora bien, Damasio, desde la neurociencia, llega por otro camino a una conclusión sorprendentemente cercana. En Sentir y saber, explica que ninguna teoría que ignore el cuerpo puede explicar la conciencia . El cerebro, por sí solo, no basta. El cuerpo aporta una inteligencia biológica fundamental, regulada por la homeostasis, que se expresa como sentimiento .

El orden es claro: ser → sentir → saber . Primero la vida, luego el sentimiento, después el conocimiento explícito.

La razón, entonces, no es una calculadora con toga. Es un proceso incorporado, sostenido por emociones que no son capricho sino condición de posibilidad del pensar.

Y aquí la ironía se impone con delicadeza: durante siglos nos dijeron que la emoción era enemiga de la razón. Resulta que sin emoción no habría razón. La pobre emoción, tan desprestigiada en manuales severos, era en realidad la arquitecta silenciosa del pensamiento.

Si unimos ambas perspectivas, el edificio conceptual cambia de cimientos. Zubiri aporta la ontología: la inteligencia está estructuralmente vinculada a la realidad. Damasio aporta la biología: esa inteligencia opera desde un cuerpo que regula su relación con el mundo.

¿Y qué ocurre con el decisionismo?

El decisionismo prospera cuando se afirma que, ante múltiples interpretaciones posibles, el juez simplemente elige. La decisión sería, entonces, un gesto de voluntad legitimado por la investidura. Un acto creativo, casi artístico, que no necesita rendir cuentas al real sino a la autoridad.

Pero si la inteligencia es sentiente y la razón es incorporada, la decisión no es invención libre ni cálculo frío. Es respuesta regulada al real.

El juez no crea el conflicto. Lo encuentra. No inventa la realidad. La actualiza normativamente. No decide en el vacío. Responde ante algo que se impone.

En materia probatoria, la consecuencia es aún más clara. La prueba no es mera narrativa persuasiva. Es actualización de una impresión de realidad. Las palabras pueden adornar, pero el núcleo del real permanece. El desafío del juzgador no es escoger el relato más elegante, sino reconocer el real que se manifiesta en el proceso.

Y cuando hoy algunos proponen sustituir al juez por algoritmos diligentes y silenciosos, conviene recordar lo elemental: los algoritmos calculan, correlacionan, clasifican. Pero no sienten. No regulan biológicamente su relación con el mundo. No experimentan la formalidad del real.

Podrán ayudar —y bienvenida la ayuda cuando es honesta—, pero no pueden asumir la responsabilidad incorporada que exige la decisión judicial.

En suma, Zubiri y Damasio, cada uno desde su orilla, coinciden en una advertencia que el Derecho haría bien en escuchar sin distracciones: la racionalidad no es un artefacto abstracto ni una voluntad soberana. Es inteligencia que siente y responde al real.

Y quizá el mayor peligro no sea que el juez sienta, sino que crea que no siente. Porque cuando alguien se declara puramente racional, suele estar obedeciendo emociones que no ha tenido la cortesía de reconocer.

Tal vez, después de todo, la justicia no necesite más voluntarismo ni más fórmulas automáticas, sino una lección más humilde: recordar que decidir es un acto humano, corporal, vinculado a la realidad.

Y eso —aunque no suene moderno— es profundamente serio.

 
 
 

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