Decreto 1390 de 2025: Papiniano no llamaría esto emergencia
- gleniosabbad
- 1 feb
- 3 min de lectura
Sub specie necessitatis multa committuntur
(En nombre de la necesidad, se cometen muchas cosas)
Festinatio iustitiam laedit
(La prisa le hace daño a la justicia)
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Dicen que los muertos no opinan. Falso. Los muertos opinan mejor, porque no piden favores ni buscan likes. Resucitemos, pues, a Papiniano, príncipe de los jurisconsultos romanos, y sentémoslo —con tinto cargado— a leer el Decreto 1390 de 2025. Advertencia previa: por respeto a la Constitución colombiana, Papiniano ha decidido expresarse con colombianismos. No es folclor: es pedagogía cívica.
Papiniano lee y pregunta, con la cortesía del que no va a dar papaya: “¿Dónde está la emergencia?”. No la niega; la pide. En Roma, la necesidad no era adorno retórico sino hecho súbito: o había bárbaros en la puerta, o no había excepción. Aquí encuentra un popurrí respetable —fallos previsibles, desastres ya ocurridos, una reforma tributaria negada por el Congreso y recuerdos tardíos de pandemia— y concluye, en cristiano: grave, sí; súbito, no.
—“Esto parece más impaciencia política que emergencia jurídica”, anota. “Y al derecho no le gustan las cosas a las carreras”.
Pasa a los tributos. Se detiene en el calendario y levanta la ceja: medidas urgentes hoy para recaudar mañana. “Emergencia que cobra en el futuro es planeación; no urgencia”. En Roma eso no se hacía a la loca: si la casa se quema, el balde es ahora, no el año entrante. Usar la excepción para hacerle conejo al debate ordinario es tentador, pero deja rastro.
Luego revisa la equidad. Papiniano subraya sectores y murmura: “Aquí no veo causa común; veo lista de conveniencias”. Cuando la carga cae sobre algunos no porque pueden más, sino porque son más alcanzables, el tributo pierde dignidad pública y huele a arbitrariedad perfumada. Crear bases gravables ficticias —desconociendo costos reales— es contabilidad creativa con efectos muy reales. “El derecho no grava fantasmas”, sentencia.
Llega la no deducibilidad de las regalías. Papiniano reconoce al viejo conocido que vuelve con bigote postizo tras haber sido expulsado del escenario. “Cambiarle el nombre a lo inconstitucional no lo vuelve justo; apenas lo vuelve desconfiable”. En Roma, una norma derrotada que insiste no resucita: insiste.
El romano pasa a las finanzas territoriales y suspira (gesto rarísimo). Recuerda que ni el Imperio debilitaba a las provincias sin causa extrema. “Empobrecer lo local debilita el todo”. Además, leyes que desincentivan lo lícito suelen incentivar lo ilícito. No es profecía: es experiencia humana. “Si castigan la minería formal y encarecen el licor, no se hagan los locos cuando aparezcan minería ilegal y contrabando”.
Sobre la apropiación central de tributos locales, Papiniano se pone serio: en Roma, mover ingresos al centro solo se admitía ante guerra exterior. “Si no hay guerra, pero se actúa como si la hubiera, el problema es retórico”. Y el derecho, insiste, no se construye con retórica sino con límites.
Cierra el pergamino moderno y dicta su responsum, breve y sin eufemismos, pero ya hablando colombiano:
“Esto no es emergencia en sentido jurídico. Es una suma de dificultades tratadas con instrumentos excepcionales por conveniencia. La excepción aquí no remedia un peligro inmediato; sustituye el debate ordinario. El derecho puede ser severo, pero no puede ser apresurado; puede ser firme, pero no selectivo. Y cuando el poder se acostumbra a la urgencia, el derecho se queda sin aliento”.
Machado —si estuviera— diría que no faltan normas sino coraje para cumplirlas. Daniel Samper Ospina - autor de Circombia, ese país imaginario que se parece demasiado con Brasil - añadiría que en América Latina la excepción nos gusta tanto que la sacamos a pasear cada vez que llueve. Papiniano, más sobrio, remata con un último colombianismo aprendido al vuelo:
—“Aquí nadie discute que haya problemas. Lo que digo es: pónganle cuidado al nombre que les ponen. Llamar emergencia a todo es de racamandaca”.
Y vuelve a su siglo, no por nostalgia, sino por economía de paciencia.


Comentarios