Del cálculo automático al cálculo global: el inicio de una nueva era tributaria en Brasil
- gleniosabbad
- 29 dic 2025
- 3 Min. de lectura
“Cuando el impuesto deja de ser ciego, la sociedad ya no puede fingir que no se ve a sí misma.”
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Durante décadas, en América Latina, hablar de reforma tributaria fue hablar de promesas. Promesas aplazadas, reformas incompletas, parches sucesivos sobre sistemas que ya no respondían a la realidad económica ni a la complejidad social de nuestros países. Brasil no fue la excepción. Sin embargo, algo distinto ocurre ahora.
La reforma tributaria brasileña, cuya implementación comienza efectivamente en 2026, no es simplemente un ajuste de tasas ni una reorganización técnica de impuestos. Es, ante todo, un cambio de mentalidad. Un giro en la forma de comprender la relación entre Estado, contribuyentes, renta, consumo y responsabilidad fiscal. Por eso, más que una reforma, marca el inicio de una nueva era tributaria.
Tradicionalmente, el sistema brasileño —como muchos en la región— funcionó por compartimentos. La renta se analizaba por fuentes aisladas; el consumo, por impuestos superpuestos; el patrimonio, por reglas desconectadas. El planeamiento tributario se volvió, así, casi automático: bastaba elegir la estructura adecuada para reducir la carga, muchas veces sin que ello reflejara una menor capacidad económica real.
Ese mundo comienza a quedar atrás.
Con la creación del IBS y la CBS —impuestos que sustituyen la maraña de tributos sobre el consumo— Brasil adopta un modelo de impuesto al valor agregado moderno, con crédito amplio, plataformas digitales y fiscalización integrada. Pero el cambio más profundo ocurre en el impuesto sobre la renta de las personas físicas, lo que algunos ya llaman, con razón, IRPF 2.0.
¿En qué consiste esta novedad? En algo tan simple como revolucionario: la renta deja de mirarse en fragmentos y pasa a observarse como una realidad económica global. Ya no importa solo cuánto se gana por salario, por dividendos o por inversiones aisladas. Importa el conjunto. Importa la historia completa que cuentan esos ingresos cuando se los suma.
Por primera vez, Brasil introduce una tributación mínima anual para personas físicas de alta renta, inspirada en las discusiones internacionales sobre el global minimum tax. Quien supere determinado umbral de ingresos no podrá, aunque utilice mecanismos formalmente lícitos, pagar una carga efectiva irrisoria. No se trata de castigar la riqueza, sino de restablecer una noción elemental de coherencia fiscal.
Al mismo tiempo, la reforma produce un efecto social inmediato y revelador: desonera a quienes viven de rentas fijas y previsibles, como trabajadores y pensionados. La ampliación del umbral de exención y la reducción progresiva del impuesto significan, para millones de personas, un alivio real y tangible. La justicia tributaria deja de ser una consigna abstracta y se convierte en experiencia cotidiana.
Todo esto sería impensable sin un elemento decisivo: la tecnología. La administración tributaria brasileña ya no depende exclusivamente de lo que el contribuyente declara. Opera con datos cruzados, declaraciones prellenadas, análisis de comportamiento y plataformas digitales que permiten una lectura integrada de la economía. El impuesto deja de ser ciego; se vuelve analítico.
Este punto es crucial para Colombia. No porque los modelos deban copiarse, sino porque el mensaje es claro: la eficacia de una reforma tributaria ya no depende solo del texto legal, sino de la capacidad del Estado para leer la realidad económica en su conjunto.
La reforma brasileña también ha generado efectos anticipatorios. Se observa un aumento significativo de planeamientos sucesorios y reorganizaciones patrimoniales. No por pánico, sino por comprensión: renta, patrimonio y sucesión ya no pueden pensarse como mundos separados. El derecho tributario comienza a dialogar consigo mismo.
Desde una perspectiva constitucional, el cambio es igualmente relevante. La reforma no crea impuestos sobre el patrimonio disfrazados ni rompe con el concepto clásico de renta. Por el contrario, fortalece el principio de capacidad contributiva, corrige distorsiones históricas y evita que la legalidad formal se convierta en refugio de la desigualdad material.
Para los juristas colombianos, la experiencia brasileña ofrece una lección valiosa: las reformas tributarias del siglo XXI no se miden solo por alícuotas, sino por racionalidad. Por la coherencia entre norma, tecnología y comportamiento. Por la capacidad de abandonar automatismos y exigir cálculos globales.
Brasil no ha resuelto todos sus problemas. Ninguna reforma lo hace. Pero ha dado un paso decisivo: ha dejado atrás una era de planeamiento automático y ha entrado en un tiempo de responsabilidad fiscal integrada.
Tal vez esa sea la verdadera enseñanza para nuestra región: el futuro del derecho tributario no está en inventar más impuestos, sino en aprender a mirar mejor la realidad que ya existe.


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