Del pirocumulonimbo jurídico
- gleniosabbad
- 26 jul
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Cuando las ideas dejan de obedecer a los hechos y comienzan a fabricar su propio viento.
«Hay quienes ven el humo. Otros ya respiran dentro de él.»
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Hay mañanas en las que un artículo de la Constitución sale de su casa convencido de seguir diciendo exactamente lo mismo que decía el día en que fue promulgado.
Llega al despacho de un juez.
Horas después regresa confundido.
No le cambiaron una sola palabra.
Ni una coma.
Sin embargo, descubre que ahora significa otra cosa.
Pregunta, con la timidez de los textos viejos, quién modificó su contenido.
Nadie responde que haya sido el legislador.
Nadie culpa al constituyente.
La explicación suele ser mucho más elegante:
—No cambió el texto. Cambió el ambiente.
Confieso que esa respuesta siempre me produjo cierta desconfianza.
Las palabras, al fin y al cabo, no suelen levantarse una mañana con el capricho de significar lo contrario. Son las personas quienes, de tanto mirarlas desde el mismo lugar, terminan creyendo que el horizonte también cambió de sitio.
Las interpretaciones nacen con vocación de servicio.
Su tarea consiste en acercar el Derecho a los hechos.
Pero, como quien no quiere la cosa, algunas terminan recorriendo el camino inverso: dejan de escuchar a los hechos y comienzan a enseñarles cómo deberían comportarse para no contrariar la interpretación.
Es un fenómeno discreto.
No hace ruido.
No rompe códigos.
No incendia bibliotecas.
Simplemente reorganiza el aire.
Los precedentes empiezan a citar precedentes.
Los comentarios explican comentarios.
Los conceptos dialogan con conceptos.
Todo parece impecablemente razonado.
Lo único que, de buenas a primeras, deja de circular es el aire fresco que siempre trae una pregunta incómoda.
Con el tiempo advertí que ese fenómeno no pertenecía únicamente al Derecho.
La política también lo conoce.
Una opinión se convierte en identidad.
La identidad, en tribu.
La tribu, en frontera.
A partir de ahí, los hechos dejan de tener la mala costumbre de contradecir las convicciones. Se limitan a adornarlas.
Las universidades tampoco son inmunes.
He visto hipótesis que nacieron formulando preguntas y terminaron administrando certezas.
Primero reunieron discípulos.
Después construyeron un vocabulario propio.
Más tarde descubrieron herejes.
Finalmente alcanzaron una tranquilidad académica tan respetable que ya no necesitaron responder las preguntas que las habían hecho nacer.
No deja de ser curioso.
La inteligencia rara vez se vuelve dogmática de un día para otro.
Sucede despacio.
A punta de pequeñas concesiones al amor propio.
Cada argumento favorable parece una confirmación definitiva.
Cada objeción termina convertida en un malentendido.
No porque la realidad haya desaparecido.
Sino porque el clima intelectual ya cambió.
Durante mucho tiempo pensé que se trataba de una extravagancia exclusivamente humana.
Hasta que escuché a unos bomberos describir un incendio forestal.
Ellos hablaban del pirocumulonimbo.
Explicaban que, en determinadas circunstancias, el fuego alcanza tal intensidad que deja de obedecer al viento. Produce corrientes ascendentes, remolinos y una atmósfera propia que alimenta las llamas y vuelve el incendio extraordinariamente difícil de controlar. El fuego deja de existir únicamente dentro del clima. Empieza a fabricar el suyo.
Fue imposible no pensar en ciertas teorías jurídicas.
También ellas comienzan obedeciendo a los hechos.
Después buscan proteger una interpretación.
Más adelante defienden la interpretación por encima de los hechos.
Al final ya no distinguen entre una cosa y la otra.
Ese es, quizá, el verdadero pirocumulonimbo jurídico.
No aparece cuando una sentencia se equivoca.
Los jueces, como todos los seres humanos, pueden equivocarse.
El peligro comienza cuando la interpretación construye una atmósfera en la que únicamente ella parece compatible con la Constitución.
Entonces los hechos ya no orientan el razonamiento.
El razonamiento empieza a decidir cuáles hechos merecen ser vistos.
Todo ocurre con admirable cortesía.
Las opiniones divergentes no son expulsadas.
Simplemente dejan de recibir invitación.
Los argumentos incómodos no desaparecen.
Se vuelven invisibles.
Y pocas formas de censura resultan tan eficaces como aquella que logra convencer a una comunidad de que el silencio siempre estuvo allí.
Tal vez por eso el mayor deber de un jurista no consista únicamente en interpretar correctamente la Constitución.
Consista, antes que nada, en impedir que sus propias convicciones terminen fabricando el clima dentro del cual esa Constitución será leída.
Porque el pirocumulonimbo jurídico no nace cuando el Derecho pierde el rumbo.
Nace cuando deja de necesitar el viento de los hechos y aprende, por obra y gracia de sí mismo, a fabricar el suyo.
Desde entonces desconfío menos de las interpretaciones ajenas que de la extraordinaria facilidad con la que las mías podrían aprender meteorología.


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