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Depauperamiento intelectual transdisciplinar: ¿esta infección tiene cura?

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 16 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )

“El único símil del infinito es la estupidez.”
Roberto Campos
“Donde todos piensan igual, nadie está pensando.”
Walter Lippmann

No sé si usted, lector querido, ha sentido últimamente un extraño cansancio en el alma, una suerte de anemia mental que no se cura con vitaminas ni con siestas largas. No me refiero al agotamiento físico ni a los males del bolsillo, aunque también duelen; hablo de algo más sutil y más grave, algo que no se detecta con exámenes de laboratorio: un empobrecimiento del pensamiento, una reducción del espíritu a tablero digital, una vida cada vez más llena de datos y cada vez más pobre en sentido.

A esa enfermedad silenciosa, que no aparece en los informes del Ministerio de Salud, la llamo Depauperamiento Intelectual Transdisciplinar, o si usted prefiere, D.I.T., para que suene con la seriedad de un diagnóstico científico. No es un invento mío: basta escuchar debates públicos, revisar redes sociales o leer los comentarios de los periódicos para darse cuenta de que estamos asistiendo a una curiosa epidemia: personas con diplomas, pero sin ideas; profesionales con títulos, pero sin imaginación; especialistas en todo, menos en pensar.

Lo más doloroso es que la enfermedad no llegó de improviso. Se fue incubando como un virus del espíritu. Primero simplificamos los currículos escolares: menos filosofía, menos arte, menos historia, menos literatura. Después, sin darnos cuenta, empezamos a confundir inteligencia con velocidad, profundidad con volumen, conocimiento con certificación. Hoy, cualquier persona puede dominar cien aplicaciones en su celular, pero es incapaz de explicar ¿por qué estamos aquí y qué diablos estamos haciendo con esta vida?

Si el gran José Ortega y Gasset levantara la cabeza, diría que el “hombre masa” se nos volvió tendencia mundial. Y si fuera colombiano o brasileño, quizá comentaría que nos estamos convirtiendo en una sociedad que confunde popularidad con sabiduría y ruido con argumento. No es extraño: en un mundo donde todos son “influencers”, el silencio, la duda y la lentitud intelectual se han vuelto sospechosos, casi actos subversivos.

Los síntomas del D.I.T. son fáciles de detectar:— Se opina sin leer.— Se repite sin contrastar.— Se debate sin escuchar.— Se niega lo complejo porque, pobrecito, “cansa”.

Y hay un síntoma peor, devastador: el consenso automático, ese estado mental donde el grupo decide qué pensar y el individuo, para no ser señalado, apaga su propio cerebro y se conecta al del rebaño. Walter Lippmann ya lo anunció: cuando todos piensan igual, nadie está pensando. Lo grave es que ahora, además, millones celebran esa renuncia como si fuera libertad.

Pero hagamos justicia: no es culpa exclusiva del ciudadano. Los gobiernos aman las masas dóciles, las escuelas aman las pruebas estandarizadas, y las plataformas digitales aman los usuarios distraídos. Un pueblo que piensa es difícil de gobernar; un usuario crítico es difícil de manipular; un estudiante curioso es difícil de calificar. Así pues, la enfermedad conviene a más de uno.

¿Y qué hacemos, entonces? ¿Renunciamos?No. A pesar de mi tono pesimista, creo que la cura existe. No es rápida, no es milagrosa, no cabe en un tuit. Requiere el regreso del asombro. El asombro fue el primer profesor de la humanidad: lo tuvo Aristóteles, lo tuvo Newton, lo tuvo García Márquez —ese mago que convirtió la realidad en Macondo, no con estadísticas, sino con imaginación. Y sin imaginación no hay país que pueda salvarse, porque la realidad, lector querido, no se cambia con decretos, sino con símbolos.

La terapia que propongo incluye cinco medicamentos diarios, sin contraindicaciones:


  1. Leer literatura y filosofía, no solo manuales.

  2. Aprender a conversar, no a gritar.

  3. Escuchar antes de responder.

  4. Viajar con los ojos, incluso sin pasaporte.

  5. Aceptar que nadie sabe todo y que dudar también es pensar.


Colombia, Brasil, América Latina entera, necesitan menos especialistas en éxito y más artesanos del sentido. Los países no se arruinan por falta de dinero: se arruinan cuando pierden el respeto por la inteligencia.

Si usted ha llegado hasta aquí, sin saltarse párrafos, sin pedir atajos, sin reclamar un resumen automático, quiero felicitarle: ya presenta anticuerpos.

La verdadera educación no es acumular conocimientos, sino evitar morir como un ignorante satisfecho.


 
 
 

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