¿Dónde viven los jueces brasileños que dicen ganar mal? “Brasnasa” encontró la respuesta. Su país es el Jusabsurdistán; el planeta: Platurno; y la galaxia: Paradoxiláctea.
- gleniosabbad
- 22 abr
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Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Hay preguntas que nacen del asombro legítimo y otras que brotan del desajuste —más bien discreto, pero persistente— entre lo que se dice y lo que se vive. Esta pertenece, sin duda, a la segunda especie. ¿Dónde viven, entonces, los jueces brasileños que aseguran ganar poco? La investigación —seria, minuciosa y, a la final, reveladora— de los cronistas de “Brasnasa” ofrece una respuesta que no deja de tener su gracia: habitan el Jusabsurdistán, en el planeta Platurno, dentro de la vasta galaxia de la Paradoxiláctea.
No es geografía: es percepción.
Hace poco, una magistrada sostuvo —con una serenidad que por momentos persuade— que los jueces deben cubrir de su propio bolsillo gastos tan elementales como el combustible o el café. Hasta ahí, uno escucha y piensa, sin mayor sobresalto, que la situación podría ser apretada. Pero el relato adquiere otro tono cuando aparece el dato: en ese mismo periodo, el ingreso líquido alcanzaba los 113 mil reales en un solo mes. Y, como quien no quiere la cosa, otra alta funcionaria advirtió que la judicatura podría deslizarse hacia un “régimen de esclavitud”, tras haber percibido cerca de 91 mil reales líquidos en el mes correspondiente. Ahí ya no es solo sorpresa: es perplejidad. Y conviene, para no dar papaya, mirar el asunto con calma.
El problema, visto sin apuros, no es económico. Es semántico.
Hubo un tiempo en que ciertas palabras tenían peso propio. “Presupuesto”, por ejemplo. Significaba límite, orden, elección. Decía —con sobriedad— que los recursos no alcanzan para todo y que, por tanto, toca priorizar. Era, si se quiere, la gramática de la escasez. Hoy, en cambio, la palabra permanece en los textos, en los discursos, en los informes; pero ha ido perdiendo su filo. Se ha vuelto elástica, acomodaticia, casi decorativa. Ya no contiene: acompaña.
Nada ilustra mejor esa transformación que el trato que se le dispensa al llamado “techo constitucional”.
Resulta curioso —y no poco diciente— que quienes están llamados a custodiar la Constitución parezcan, a ratos, más diestros en bordearla que en acatarla. El techo salarial, previsto en la Constitución de 1988, no fue concebido como sugerencia, sino como límite. Sin embargo, entre partidas indemnizatorias, pagos excepcionales y clasificaciones ingeniosas, ese límite se estira sin romperse —o, mejor dicho, sin que parezca romperse. La norma permanece intacta en el papel, pero en la práctica se vuelve liviana, casi simbólica.
No es que se ignore la Constitución; es que se ha aprendido a convivir con ella de un modo, digamos, creativo.
Hay en esto una ironía que no necesita subrayarse: el techo existe, sí, pero como esas instituciones que se veneran en el discurso y se rodean en la práctica. Todo parece estar en orden… con todo y eso.
Mientras tanto, fuera de la Paradoxiláctea, la realidad insiste en contar otra historia. Millones de brasileños viven en condiciones que los expertos denominan pobreza multidimensional: no solo falta de ingresos, sino carencias en salud, educación, vivienda y alimentación. Es una pobreza que no se corrige con ajustes terminológicos ni se disimula con tecnicismos. Es, sencillamente, la vida como es.
Ahí es donde el asunto deja de ser anecdótico y empieza a incomodar.
Porque lo que está en juego no es únicamente cuánto gana alguien, sino cómo se construye el lenguaje dentro de las instituciones. Cuando términos como “presupuesto”, “límite” y “techo” pierden su densidad semántica, no se pierde solo precisión técnica: se debilita la capacidad del Derecho para ejercer su función moderadora.
Y así, casi sin darnos cuenta, regresamos al punto de partida.
Si el ser humano no es plenamente racional, el Derecho no puede entenderse como la expresión pura de la razón. Es, más bien, un mecanismo de contención de aquello que se desborda —incluso cuando ese desborde se presenta con toga y solemnidad.
En Brasil, el presupuesto ya no limita; acompaña el discurso de quienes rara vez han tenido que sentir su rigor. Y el techo constitucional no ha sido derogado; ha sido reinterpretado hasta volverse, digamos, discreto.
Queda, entonces, la pregunta —formulada sin apuro, pero también sin ingenuidad—: ¿todo esto ocurre en algún rincón remoto del Jusabsurdistán, o estamos, casi sin advertirlo, bastante más cerca de ese mapa de lo que preferiríamos admitir?


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