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El abogado y el algoritmo: Por qué la 'Ratio' no basta para vencer a la Inteligencia Artificial

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    gleniosabbad
  • 20 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Por Glênio S. Guedes ( abogado de Brasil )


Les cuento una cosa: la abogacía anda asustada. Se respira en los pasillos de los juzgados y en los bufetes de cristal un miedo existencial, casi palpable. Cada vez que aparece una nueva herramienta de Inteligencia Artificial, de esas que redactan contratos en lo que dura un estornudo, surge la misma pregunta angustiosa: "¿Será que ese aparato me va a quitar el puesto?".

Y la respuesta es un incómodo "sí". Pero ojo: sí, siempre y cuando usted crea que ser abogado es simplemente procesar datos, buscar sentencias viejas y armar silogismos como quien arma un rompecabezas. Si su trabajo es solo eso, vaya empacando, porque el algoritmo razona más rápido, cobra más barato y no comete errores de ortografía.

Pero no se me afanen todavía. Hay una frontera, una línea invisible que la máquina no es capaz de cruzar. Para entenderla, no hay que mirar al futuro, sino echar la vista muy atrás, a los viejos sabios de la Edad Media. Toca desempolvar a Santo Tomás de Aquino y a Boecio para recordar una distinción que se nos había olvidado: la diferencia abismal entre la Ratio y el Intellectus. Ahí, en ese detalle filosófico, está la salvación del jurista.


La trampa de la Ratio (O el dominio del algoritmo)


Para los escolásticos, la Ratio es el pensamiento en movimiento. Es ir paso a paso: "Si la ley dice A, y el hecho es B, entonces la conclusión es C". Es el tiempo gastado en pensar.

En el mundo del Derecho, esa es la carpintería procesal. Es ahí donde la Inteligencia Artificial se mueve como pez en el agua. Esas máquinas son la perfección absoluta de la Ratio; procesan millones de conexiones lógicas en un segundo. El abogado que se dedica al "corta y pega" de jurisprudencia, el que llena páginas con verborrea técnica sin alma, está compitiendo contra una calculadora en un concurso de matemáticas. Ya perdió, hombre. Se convirtió en un burócrata del silogismo, operando una lógica que la máquina ejecuta con una precisión que asusta.


El refugio del Intellectus (El dominio humano)


Pero, vea usted, si la Ratio es movimiento, el Intellectus es visión. Es el chispazo. Santo Tomás nos explicaba que el intelecto es esa capacidad de agarrar la verdad de un solo golpe, de manera intuitiva, sin tanta vuelta. Es mirar una cosa y entender su esencia de inmediato.

En la práctica forense, eso es lo que llamamos el "olfato jurídico" o la "Teoria del Caso". Es ese momento de silencio en el despacho cuando el jurista, después de leerse el expediente, se quita las gafas y dice: "El problema aquí no es el contrato, el problema es la mala fe".

La máquina puede leerse todas las sentencias de la Corte Suprema, pero no entiende el dolor del cliente, ni la picardía de la contraparte, ni el fin social del pleito. El robot no tiene acceso a la realidad; solo tiene datos sobre la realidad. El ser humano, dotado de Intellectus, ve el cuadro completo, la justicia del caso concreto, mientras que el algoritmo solo sabe sumar las partes.


Del técnico al jurista: Cómo no dejarse echar por un robot


El mercado está lleno de operadores de Ratio, procesadores de leyes de carne y hueso. El futuro, créanme, es de los que son capaces de usar el Intellectus. ¿Y eso cómo se come en el día a día?


  1. En la Hermenéutica: La máquina lee la gramática de la ley. El intelecto busca el espíritu, la justicia. Dejemos de explicarle la norma al juez, que él ya se la sabe, y empecemos a revelarle el sentido del conflicto.

  2. En la Estrategia: La Ratio le dice cuáles son los plazos. El Intellectus le dice si vale la pena pelear. La sabiduría no es saber cómo se hace la demanda, sino saber qué hacer con ella.

  3. En la Narrativa: El algoritmo hace listas de hechos. El intelecto construye historias. Echar el cuento del cliente de tal forma que despierte la empatía y el sentido de justicia del magistrado es una vaina estrictamente humana, porque depende de haber vivido, y eso no lo tiene ninguna base de datos.


Conclusión


La tecnología democratizó la técnica. Hoy cualquiera baja un modelo de tutela de internet. Por eso, el diferencial se fue para arriba.

El abogado que solo razona mecánicamente será reemplazado, eso póngalo en la firma. Pero el jurista que "intelige", ese que es capaz de parar el piloto automático para captar la verdad sustancial del caso, ese permanecerá intocable. El algoritmo piensa mucho, caray, pero como dirían los antiguos, le falta "la luz del intelecto agente". Nosotros, gracias a Dios, todavía la tenemos.

 
 
 

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