El aguijón en la Casa Blanca: por qué la fuerza bruta falla en la prueba de la integridad
- gleniosabbad
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Por Glênio S. Guedes ( abogado de Brasil )
En los pasillos del poder, donde a menudo la historia se confunde con el estruendo de la voluntad, la retórica de una intervención militar en Venezuela ha oscilado como una espada de Damocles, sostenida por la mano impaciente de Donald Trump. Al proclamar que "todas las opciones están sobre la mesa", no solo se dibuja una estrategia diplomática o un frío cálculo castrense; se revela, para quien mira con ojos de jurista y sensibilidad de humanista, una profunda grieta en la concepción misma del derecho. Si el ocupante de la Casa Blanca hubiese demorado su mirada, aunque fuese unas horas, en las páginas de El imperio de la justicia de Ronald Dworkin, tal vez habría advertido que su ímpetu padece de una vieja dolencia teórica, diagnosticada con lucidez por el filósofo: el "aguijón semántico".
El Diagnóstico: La víctima del aguijón
Dworkin nos alertó contra esa ilusión persistente de creer que el desacuerdo jurídico es imposible si no compartimos, como en un diccionario petrificado, las definiciones exactas de las palabras. El "aguijón semántico" es esa creencia errada de que debemos pactar los criterios de uso de un vocablo para poder debatir el concepto que lo habita.
En su discurso intervencionista, Trump y sus halcones parecen haber sido picados por este veneno. Operan bajo la premisa de que términos sagrados como "Soberanía", "Amenaza" o "Legalidad" poseen definiciones que ellos mismos estipulan, talladas en la piedra de su poderío nacional. Al afirmar que una intervención sería "legal" simplemente porque promete "restaurar la libertad", ignoran que el Derecho Internacional no es un listado de veredictos controlados por el más fuerte, sino una compleja práctica argumentativa, un diálogo de civilizaciones. Tratan la divergencia global sobre la invasión como un simple error fáctico de sus críticos, y no como lo que realmente es: una profunda divergencia teórica sobre los fundamentos mismos de la legitimidad entre las naciones.
La Prueba de la Integridad: La novela en cadena
Si logramos extraernos ese aguijón, como nos invita Dworkin, comprendemos que la decisión de invadir un país soberano equivale a escribir el siguiente capítulo de una inmensa "novela en cadena". Los Estados Unidos no son autores libres ante una página en blanco, dueños absolutos del destino; son coautores de una historia jurídica secular, tejida con tratados y esperanzas.
La teoría del Derecho como Integridad exige que cualquier nueva acción estatal satisfaga dos dimensiones rigurosas: la adecuación y la justificación.
En el ámbito de la Adecuación, una intervención unilateral en Venezuela fracasa estrepitosamente. No logra encajar en la trama narrada por la Carta de las Naciones Unidas, por la Carta de la OEA y por décadas de precedentes que han proscrito el uso de la fuerza salvo en la clara legítima defensa. Intentar forzar una invasión en este relato sería como introducir naves alienígenas en una novela de Jane Austen; rompería la coherencia narrativa que la comunidad internacional ha intentado construir sobre los escombros de la guerra.
En cuanto a la Justificación, la falla es moral y profunda. Aunque se argumente que la intervención persigue fines nobles, la "mejor luz" bajo la cual puede verse el Derecho Internacional es aquella que preserva la igualdad soberana de las naciones y la resolución pacífica de los conflictos. Una lectura que permita a una superpotencia derrocar gobiernos con los que discrepa transforma el derecho en la triste "ley del más fuerte". Eso no justifica la práctica jurídica; la aniquila, devolviéndonos a la barbarie.
Conclusión
Al ignorar la integridad, Trump no estaría simplemente violando una regla técnica; estaría actuando sin derecho, despojado de razón. Dworkin nos enseñó que el imperio de la ley se define por la actitud interpretativa y por la búsqueda incesante de la coherencia de los principios.
Le faltó a Trump comprender que la legitimidad no brota del cañón de un fusil, sino de la capacidad de continuar la historia de la civilización de una forma que honre los compromisos del pasado. Sin la lección de Dworkin, la intervención no es un acto jurídico; es apenas un capítulo mal escrito que amenaza con arruinar toda la novela de la humanidad.


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