El aprendiz de jurista debe, por esencia, ser un políglota intelectual
- gleniosabbad
- 24 dic 2025
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Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Hay palabras que no se limitan a nombrar conceptos, sino que anuncian una vocación. Aprendiz es una de ellas. En el derecho, no designa simplemente a quien empieza, sino a quien acepta aprender despacio, con humildad y atención. Ser aprendiz de jurista no es una etapa provisional: es una disposición interior que debería acompañar al jurista durante toda su vida.
Aprender el derecho no consiste, en sus comienzos, en dominar normas ni en memorizar códigos. Consiste en formar una mirada. Antes de interpretar textos, el aprendiz debe aprender a interpretar el mundo. Y eso exige algo más profundo que técnica: exige cultura, sensibilidad y apertura intelectual.
El primer gesto del aprendiz es volver a los fundamentos. Los conocimientos iniciales no son un simple requisito académico; son la estructura invisible que sostiene toda la práctica futura. Quien desprecia las bases termina dependiendo de fórmulas ajenas, repitiendo razonamientos sin comprenderlos. En el derecho, avanzar olvidando lo esencial no es progreso, sino extravío.
Pero el aprendizaje verdadero no se confunde con la repetición. El jurista en formación debe aprender a pensar por sí mismo. El derecho está lleno de voces autorizadas, de precedentes respetables, de doctrinas consagradas. Todo eso orienta, pero no reemplaza el juicio. Pensar jurídicamente es atreverse a razonar, incluso a riesgo de equivocarse. La autonomía intelectual no es arrogancia; es responsabilidad.
Esa autonomía, sin embargo, solo florece cuando va acompañada de humildad. Reconocer que siempre habrá alguien que sabe más no disminuye al aprendiz: lo protege. Cada comprensión alcanzada revela nuevas preguntas. El derecho no se conquista de una vez por todas; se recorre. Y solo aprende de verdad quien acepta no haber llegado nunca del todo.
Uno de los peligros más tempranos es la rutina. Convertir el derecho en un conjunto de gestos automáticos —argumentos repetidos, fórmulas estandarizadas, palabras gastadas— es empobrecerlo. El aprendiz debe cultivar la curiosidad, desconfiar de lo obvio, resistirse a la comodidad intelectual. El pensamiento jurídico se atrofia cuando deja de interrogar.
Por eso la lectura ocupa un lugar central en la formación. No solo textos jurídicos. También literatura, historia, filosofía, ensayo. En esas páginas el aprendiz aprende a escuchar otras voces, a comprender conflictos humanos, a reconocer ambigüedades. El derecho, aislado de la experiencia humana, se vuelve árido; el jurista sin mundo, estrecho.
Aquí se impone una exigencia decisiva de nuestro tiempo: la formación transdisciplinaria. El derecho ya no puede comprenderse desde una sola perspectiva. Se cruza con la economía, la sociología, la ciencia política, la psicología, la tecnología, la ética e incluso con las artes y la lingüística. El aprendiz de jurista debe aprender a dialogar con estos saberes, no para diluir el derecho, sino para comprenderlo en mayor profundidad. La transdisciplinaridad no dispersa: articula.
Ser políglota intelectual significa, precisamente, moverse entre lenguajes distintos. No solo dominar una lengua extranjera —hoy indispensable—, sino comprender diversos registros del conocimiento. El derecho habla el idioma de la lógica, pero también el de la narración; el de la norma, pero también el del conflicto; el de la técnica, pero también el de la justicia. Quien se encierra en un solo lenguaje termina hablando mal incluso ese.
La escritura es otra escuela silenciosa. Aprender a escribir con claridad es aprender a pensar con rigor. La palabra jurídica no es adorno: es forma de responsabilidad. Una idea mal escrita suele ser una idea mal pensada. Por eso, el aprendiz debe ejercitar la escritura como quien afina un instrumento.
Nada de esto tendría sentido sin respeto por las causas y por las personas. No hay litigio insignificante. Cada conflicto encierra una historia, una expectativa, una herida. El aprendiz de jurista se forma también en la manera como mira al otro, incluso —y sobre todo— cuando el caso parece pequeño.
Finalmente, hay una lección que suele olvidarse: el derecho es serio, pero no sombrío. Exige rigor, atención y vigilancia, pero también puede ser fuente de placer intelectual. Pensar, argumentar, escribir y debatir pueden ser actos de alegría. Tal vez esa sea la marca más profunda del verdadero aprendiz: no ha perdido la capacidad de asombro.
En un mundo jurídico cada vez más complejo, técnico y fragmentado, el aprendiz de jurista debe aspirar a algo más que eficiencia. Debe aspirar a comprensión. Y para eso, ser un políglota intelectual con formación transdisciplinaria no es un lujo: es una necesidad.


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