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El cornudo epistemológico

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 25 jul
  • 4 min de lectura

Hay maridos engañados, amantes engañados y moralistas engañados. Pero Sade termina haciéndonos una pregunta bastante más incómoda: ¿quién no ha vivido engañado por sus propias certezas?


"Conócete a ti mismo."— Inscripción del templo de Apolo, en Delfos


Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)


Hay libros que llegan precedidos por la fama.

Los de Julio Verne llegan con olor a aventuras. Los de García Márquez, con mariposas amarillas. Los de Sherlock Holmes, con una lupa en la mano.

Los del marqués de Sade llegan escoltados por el escándalo.

Y esa, me parece, es una pequeña injusticia.

Porque el viejo marqués sabía provocar. Claro que sí. Pero también dominaba un arte bastante más refinado: el de poner al lector a reírse de sí mismo sin que este alcanzara a darse cuenta sino hasta la última página.

Eso me ocurrió leyendo "El cornudo de sí mismo o la reconciliación inesperada", el primer relato de En busca del placer infinito.

Confieso que esperaba encontrar adulterios.

Encontré filosofía.

Y una filosofía con un sentido del humor que ya quisieran muchos tratados solemnes.

Al principio, Sade parece un profesor de buenas costumbres. Critica la mala educación, lamenta los chismes y se queja de que a los jóvenes les enseñen a bailar, a rezar y a hacer reverencias, pero no el complicado oficio de entender a la gente.

Uno baja la guardia.

"Quién lo creyera", piensa el lector. "Al marqués le dio por volverse sensato."

Pobrecito.

Ya cayó en la primera trampa.

Entonces aparece Ranéville, uno de esos personajes que observan el mundo con la sonrisa tranquila de quien ya descubrió que los seres humanos solemos tropezarnos más con nuestras certezas que con nuestras dudas.

Y, del otro lado, llega Dutour.

No es un hombre malo.

Es algo más peligroso.

Es un hombre completamente seguro de sí mismo.

Conoce a su esposa.

Conoce su matrimonio.

Conoce el honor.

Y, sobre todo, está convencido de conocerse de verdad.

Ahí comienza la comedia.

Porque ignorar nunca ha sido el mayor problema de la humanidad.

El verdadero problema consiste en ignorar... sin sospecharlo.

Hay personas que dicen con honestidad: "No sé."

Hay otras que preguntan antes de responder.

Pero existe una tercera especie, abundante como los vendedores de tinto en una mañana bogotana, que jamás permite que una duda le estropee una buena opinión.

Esos son los favoritos de Sade.

Cada vez que Dutour habla de los maridos engañados, cree estar describiendo a otro. No imagina que está escribiendo, palabra por palabra, su propio retrato.

Y ahí nace la risa.

No porque haya una infidelidad.

Sino porque sobra una certeza.

Con los años uno aprende que el conocimiento y la seguridad no siempre viven en la misma casa.

El conocimiento hace preguntas.

La seguridad cree tener respuestas.

El primero cambia de opinión cuando aparecen mejores razones.

La segunda cambia de conversación.

En ese punto, Sade recuerda un poco a Sócrates.

Los dos disfrutan viendo cómo las grandes convicciones empiezan a tambalear.

Solo que Sócrates confiaba en que el diálogo acercaba a la verdad.

Sade parece pensar que, antes de llegar a la verdad, conviene desmontar unas cuantas vanidades.

Hay un detalle del cuento que me dejó pensando varios días.

Durante buena parte de la historia, la mujer permanece escondida.

El lector cree que el misterio consiste en descubrir quién es ella.

No.

El misterio consiste en descubrir quiénes somos nosotros.

Porque el velo nunca estuvo cubriendo un rostro.

Estuvo cubriendo una interpretación.

Y cuando finalmente cae, quien queda desnuda no es la esposa.

Es la soberbia del marido.

Entonces comprendemos que el personaje principal nunca fue la mujer.

Fue la apariencia.

No podía ser de otra manera.

La Francia del siglo XVIII vivía pendiente del honor. Un apellido, una herencia o un matrimonio podían sostenerse sobre una reputación tan delicada como una copa de cristal.

Cualquier otro escritor habría terminado el cuento con un duelo.

Sade prefiere una carcajada.

Y, curiosamente, duele mucho más.

Porque no destruye a un hombre.

Desarma una ilusión.

Por eso el título resulta tan brillante.

El verdadero cornudo no siempre es quien ignora lo que ocurre en su casa.

A veces es quien lleva años engañando a su propia inteligencia, creyendo que una certeza equivale a una verdad.

Desde entonces empecé a notar que esa especie nunca desapareció.

Solo aprendió a usar redes sociales.

Siguen opinando antes de escuchar.

Siguen juzgando antes de mirar.

Siguen respondiendo antes de entender.

Las tecnologías cambiaron.

La vanidad intelectual, no tanto.

Tal vez por eso Sade continúa siendo un contemporáneo disfrazado de hombre del siglo XVIII.

Muchos creen que escribió sobre libertinos.

Yo empiezo a sospechar que escribió, sobre todo, acerca de nosotros.

Quizá el viejo consejo de Delfos siga teniendo razón.

Solo habría que añadirle una línea escrita con letra pequeña:

Conócete a ti mismo... y desconfía, de vez en cuando, de tus propias conclusiones.

Porque, al fin y al cabo, la única fidelidad verdaderamente importante quizá sea la de conservar la humildad suficiente para admitir que todavía podemos estar equivocados.

Si algún lector considera exagerada esta interpretación, está en todo su derecho.

Dutour también confiaba plenamente en las suyas.

Y uno cierra el libro convencido de que el pobre hombre era él.

Después levanta la vista, guarda unos segundos de silencio y empieza a sospechar que Sade llevaba toda la tarde hablándole a otra persona.

A uno mismo.


 
 
 

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