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El crimen perfecto de Triboniano: Crónica de un asesinato jurídico

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 29 dic 2025
  • 3 Min. de lectura
"El Digesto es un mosaico donde las piedras individuales perdieron su forma original para servir al diseño del nuevo arquitecto."
 — Prima Lezione di Diritto Romano, Emanuele Stolfi

Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )


Acomódese bien y pídase un tinto, porque la historia que le voy a contar hoy tiene todos los ingredientes de una novela policiaca: hay un cadáver, un arma homicida, un autor intelectual y, lo más grave, una mentira que nos hemos tragado enterita durante mil quinientos años.

Resulta que en las facultades de derecho, desde la UERJ ( Universidad Estadual del Rio de Janeiro ) hasta la del Rosario, nos han vendido la idea de que el emperador Justiniano fue el salvador del derecho romano. Nos dicen que allá, en el siglo VI, este señor rescató la sabiduría de los antiguos juristas de la oscuridad. Pero oiga bien lo que le digo: eso es pura carreta. O al menos, eso es lo que nos revela el profesor italiano Emanuele Stolfi en su obra. Según él, lo que hizo Justiniano no fue un rescate, fue un secuestro.


El cuerpo del delito: Lo que mataron


Para entender el tamaño del desaguisado, primero hay que saber quién era el muerto. El derecho romano clásico, el de verdad, no era esa cosa rígida que nos enseñan hoy. ¡Qué va! Era una "sofocracia". Allá en Roma no mandaba el que gritaba más duro, sino el que más sabía.

Imagínese usted un sistema donde el derecho nacía de la discusión, de la controversia. Si dos juristas, digamos Labeón y Capitón, pensaban distinto, ambas opiniones valían. Era un derecho vivo, que se cocinaba al calor de los pleitos callejeros, caso por caso. Como quien dice: del problema nacía la solución, y no al revés.


El arma del crimen: Las tijeras de Triboniano


Pero entonces apareció el villano de esta película: un tal Triboniano, el ministro de Justiniano. Entre los años 530 y 533, este señor armó una comisión y cometió lo que yo llamaría una "carnicería intelectual".

¿Qué hicieron? Agarraron miles de textos antiguos y le metieron tijera sin compasión. Sacaron las frases de su contexto original y las pegaron en un libro nuevo: el Digesto. Fue como si usted agarrara una crónica vallenata, le quitara la música y la parranda, y la convirtiera en un artículo del Código Penal. Le cambiaron el alma. Donde había duda y debate, Triboniano impuso una verdad única. Convirtió el pensamiento vivo en un mosaico de piedra, frío y estático.


El motivo: "Aquí mando yo"


Ahora, usted se preguntará: ¿Por qué hicieron esa vaina? Pues por lo mismo de siempre, mijo: por política.

Justiniano, que se creía dueño del mundo, no podía permitir que el derecho estuviera en manos de unos sabios independientes. Él quería que la ley fuera su voluntad. Al meter todo en el Digesto, expropió a los juristas. Lo que antes decía Ulpiano porque era sabio, ahora valía solo porque el Emperador lo ordenaba. Y para rematar, el muy astuto prohibió que se hicieran comentarios a su obra. Quería ser la única voz cantante. Mató la discusión para imponer su autoridad.


La herencia del cadáver


Lo triste del cuento es que nosotros, los modernos, somos hijos de ese crimen. Heredamos un derecho embalsamado. Nos enseñaron a pensar como burócratas, aplicando la norma de arriba hacia abajo, y se nos olvidó esa malicia indígena de los romanos antiguos para resolver el problema desde la raíz.


Conclusión: Ojo con el mausoleo


Así que, amigo lector, la próxima vez que escuche hablar del Digesto, no se deje descrestar por el mármol. Eso es un cementerio. Stolfi nos invita a no tragar entero, a mirar por las grietas de ese monumento para tratar de escuchar, aunque sea de lejos, el susurro de aquel derecho romano real que silenciaron a la fuerza.

Como decía mi abuela: no todo lo que brilla es oro, ni todo lo que está escrito es justicia. Ahí les dejo esa inquietud.

 
 
 

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