El Derecho ante el Océano de Incertidumbres: Edgar Morin y la Crisis de las Certezas Jurídicas en el Siglo XXI
- gleniosabbad
- 17 jun
- 3 min de lectura
Complejidad, hermenéutica y prudencia en una época donde las respuestas envejecen más rápido que las preguntas
“Toda vida es navegar en un océano de incertidumbres atravesado por algunos archipiélagos de certezas.”— Edgar Morin
A la memoria de Edgar Morin (1921–2026), quien enseñó a varias generaciones a pensar sin simplificar y a comprender sin reducir.
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
La muerte de Edgar Morin cierra una de las aventuras intelectuales más extraordinarias de los últimos cien años. Pocos pensadores vieron tantas transformaciones históricas. Menos aún lograron reflexionar sobre ellas sin caer en el dogmatismo, esa enfermedad del espíritu que suele disfrazarse de convicción.
Morin atravesó guerras, totalitarismos, revoluciones tecnológicas, crisis económicas y mutaciones culturales. Al final de una vida que pareció conversar con más de un siglo al mismo tiempo, dejó una enseñanza tan sencilla como incómoda: el mundo es más complejo de lo que nuestras teorías quisieran admitir.
Ningún campo necesita escuchar esa advertencia con mayor atención que el Derecho.
Durante siglos, el pensamiento jurídico alimentó una promesa respetable: la seguridad. Constituciones, códigos y tribunales fueron concebidos para reducir la incertidumbre de la vida social. La previsibilidad se convirtió en garantía de libertad. Después de todo, nadie quiere vivir bajo el capricho permanente del poder.
Sin embargo, entre la estabilidad de las normas y la turbulencia de los hechos existe una distancia que parece ensancharse cada día.
El Derecho continúa buscando certezas. El mundo, en cambio, produce complejidades.
Morin observó que “la historia humana es relativamente inteligible a posteriori, pero siempre imprevisible a priori”. La frase describe con precisión el drama cotidiano de jueces, abogados y legisladores. Los acontecimientos parecen evidentes cuando ya ocurrieron. Antes de eso, suelen presentarse envueltos en niebla.
La pandemia de Covid-19 lo demostró. Los tribunales tuvieron que decidir sobre libertades individuales, vacunación, contratos y relaciones laborales en escenarios inéditos. Poco después apareció la inteligencia artificial generativa, capaz de redactar textos, producir imágenes y plantear preguntas jurídicas para las cuales aún no existen respuestas definitivas. Como si fuera poco, las crisis climáticas y los activos digitales continúan desafiando categorías que parecían inamovibles.
La realidad, con una terquedad admirable, se niega a obedecer los compartimentos académicos.
Ahí radica una de las grandes contribuciones de Morin.
Su crítica a la fragmentación del conocimiento conserva plena vigencia. El especialista conoce profundamente una parcela de la realidad, pero corre el riesgo de confundir esa parcela con el universo entero. El tributarista observa los impuestos. El ambientalista estudia los ecosistemas. El constitucionalista protege derechos fundamentales. Todos tienen razón. Y, sin embargo, todos pueden estar viendo apenas una parte del paisaje.
Morin recordaba que “cada uno de nosotros es un microcosmos”. El ser humano no es solamente ciudadano, consumidor o contribuyente. Es memoria, emoción, cultura, lenguaje, biología e historia al mismo tiempo. Reducirlo a una sola dimensión equivale a leer una novela quedándose únicamente con el índice.
Esa visión tiene consecuencias profundas para la hermenéutica jurídica.
Interpretar una norma ya no consiste únicamente en descifrar palabras. Significa comprender contextos. Los textos legales no viven aislados; conviven con transformaciones tecnológicas, cambios culturales y conflictos sociales que modifican continuamente su significado.
Por eso Morin insistía en que “el conocimiento no se construye sin el riesgo del error”. La afirmación posee una importancia particular para el Derecho. Ninguna decisión humana está completamente protegida contra la equivocación. La verdadera sabiduría no consiste en negar esa posibilidad, sino en reconocerla.
De ahí la relevancia de otra de sus enseñanzas: la autocrítica como “higiene psíquica esencial”. Tal vez el mayor peligro para un intérprete no sea equivocarse, sino convencerse de que no puede hacerlo.
La discusión sobre inteligencia artificial ofrece un ejemplo perfecto. Algunos anuncian una nueva era de prosperidad ilimitada. Otros profetizan catástrofes inevitables. Morin probablemente desconfiaría de ambos extremos. Como solía recordar, toda pasión necesita la vigilancia de la razón, y toda razón necesita el combustible de la pasión. Entre la euforia y el miedo existe un espacio más difícil, pero también más fecundo: el de la comprensión.
Ese es, quizá, el legado más valioso de Edgar Morin para los juristas.
No una teoría cerrada.
No una fórmula mágica.
No una certeza definitiva.
Más bien una ética de la humildad intelectual.
La conciencia de que comprender es más importante que simplificar. De que la duda puede ser más fértil que el dogma. Y de que la prudencia sigue siendo una de las virtudes más altas del pensamiento.
Porque el Derecho continuará buscando islas de certeza.
Pero la condición humana seguirá navegando.
Y navegar, como nos enseñó Morin, consiste en avanzar incluso cuando el horizonte permanece cubierto por la neblina.


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