El Derecho como prudencia institucional: lectura de Mário Bigotte Chorão en la Enciclopedia Pólis
- gleniosabbad
- 10 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
“El Derecho es el orden de la convivencia justa, expresión de la razón práctica y de la cultura de los pueblos.”
— Mário Bigotte Chorão, Pólis: Enciclopedia Verbo de la Sociedad y del Estado, vol. 2
Hay palabras que, aunque las usemos a diario, guardan una profundidad casi sagrada. “Derecho” es una de ellas. Mário Bigotte Chorão, ese filósofo portugués que veía en las leyes el pulso moral de las civilizaciones, dedicó un largo y denso artículo en la Enciclopedia Pólis para recordarnos que el Derecho no es una maquinaria de sanciones ni un juego lógico de fórmulas, sino una forma de sabiduría práctica, una prudencia institucionalizada.
Desde las primeras líneas, Chorão rechaza los extremos que empobrecen la comprensión jurídica: ni el idealismo que sueña con normas perfectas y abstractas, ni el positivismo que reduce la justicia al decreto del poder. El Derecho, nos dice, es una realidad viva, tejida en el corazón de las culturas, nacida del diálogo entre la razón y la experiencia, entre la norma y la justicia.
El símbolo y la medida
Antes de ser código, el Derecho fue símbolo. En la Grecia antigua, Díke sostenía una balanza; en Roma, Iustitia llevaba los ojos vendados. Esos gestos condensaban una verdad: el Derecho no es la imposición del más fuerte, sino la búsqueda del equilibrio. Por eso Chorão rastrea en la lengua el sentido original: ius significa lo justo, lo ajustado, y directum lo recto. Ambas palabras dibujan una misma geometría moral: la línea que equilibra el mundo y endereza los actos humanos.
El Derecho como cultura
Cada pueblo plasma su alma en su Derecho. Las leyes no son simples instrumentos del Estado, sino símbolos de lo que una sociedad entiende por humano. Por eso el Derecho pertenece a la esfera de la cultura: es la memoria institucional de la justicia. En sus artículos y costumbres, una civilización expresa su idea del bien común, su visión del hombre, su manera de medir lo justo y lo injusto.
Chorão, con un tono cercano al de Miguel Reale o de Luis Recaséns Siches, ve en el Derecho “una sabiduría social objetivada”, una forma en la que la razón práctica se hace historia y se vuelve costumbre. No hay Derecho sin cultura, ni cultura sin una cierta idea del deber.
El método y la prudencia
La parte más luminosa de su pensamiento es la que convierte al jurista en un hombre prudente, más que en un técnico de la ley. El método jurídico —dice— es triple: lógico en su estructura, axiológico en su sentido y prudencial en su aplicación. El juez no se limita a aplicar un texto; interpreta, ajusta, equilibra. Esa prudencia, la phronesis de Aristóteles, es el alma del Derecho: un arte de medir lo humano con medida humana.
El Derecho no vive en los códigos, sino en el instante en que un ser humano decide lo justo en medio del conflicto. Allí, donde la norma se encuentra con la vida, nace la justicia como virtud y no como decreto.
El personalismo realista
Chorão se inscribe en una corriente que podríamos llamar realismo personalista: el Derecho existe para la persona y se funda en su dignidad. No es una estructura que oprime, sino una forma que ampara. El hombre no es un objeto de la ley, sino su razón de ser. Esa visión cristiana y humanista no niega la autonomía de la razón, pero recuerda que sin un centro moral el Derecho se vacía de sentido.
La persona es el eje del orden jurídico, y la justicia su horizonte. Todo Derecho que olvida ese vínculo se transforma en tiranía legal o en tecnocracia sin alma.
Conclusión
Al cerrar su verbete en la Enciclopedia Pólis, Mário Bigotte Chorão no ofrece una definición, sino una meditación: el Derecho es la razón práctica encarnada en la historia, la prudencia del justo hecha institución. Cada ley justa es una forma de sabiduría colectiva, un modo en que los pueblos buscan perpetuar la armonía del alma y la ciudad.
Si la justicia es un sueño antiguo de los hombres, el Derecho —decía Chorão— es el esfuerzo de la razón por mantenerlo despierto. Y quizás en esa vigilancia silenciosa consista la verdadera tarea del jurista: ser guardián de una esperanza que, aunque envejezca con las palabras, nunca pierde su fulgor.


Comentarios