El Derecho no es máquina, es ecosistema
- gleniosabbad
- 9 may
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Por qué leer Tópicos Constitucionales y Procesales del Saber Judicial, de María Patricia Balanta Medina
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Existe una superstición bastante moderna —y muy propia de estos tiempos de pantallas y formularios infinitos— según la cual bastaría meterle más tecnología, más algoritmos y más inteligencia artificial a la justicia para que el viejo drama humano terminara, por fin, domesticado como mula de carga. Según ciertos devotos de la automatización, el futuro ideal del Derecho sería una especie de notaría planetaria administrada por sistemas predictivos donde el dolor humano se procese con la misma asepsia con la que un banco aprueba créditos o una aplicación recomienda canciones.
La tragedia griega convertida en metadato.
Y es justamente contra esa visión discretamente mecánica de la justicia que se levanta, con admirable lucidez, Tópicos Constitucionales y Procesales del Saber Judicial, de la magistrada colombiana María Patricia Balanta Medina.
No se trata de un libro de dogmática jurídica fría ni de esas obras que uno hojea con disciplina monástica mientras el alma bosteza en silencio. Aquí hay algo distinto: una reflexión profunda sobre el juez contemporáneo como ser humano inmerso en un entramado cultural, ético, tecnológico y social cada vez más complejo.
Porque, para Balanta Medina, el Derecho no funciona como máquina.
Funciona como ecosistema.
La diferencia no es menor.
Las máquinas trabajan con linealidad; los ecosistemas sobreviven gracias a interdependencias. Las máquinas buscan previsibilidad; los ecosistemas conviven con incertidumbres, tensiones y contradicciones. Y quizá el gran problema del Derecho moderno ha consistido precisamente en creer que la vida humana podía reducirse a un silogismo bien peinado.
Premisa mayor, premisa menor y sentencia.
Muy elegante en los manuales. Bastante menos convincente cuando aparecen la pobreza, la violencia, las fracturas sociales, las comunidades indígenas, las víctimas invisibles o la dignidad humana pidiendo campo en el expediente.
La autora comprende que el juez del siglo XXI ya no decide únicamente conflictos jurídicos. Decide también colisiones culturales, asimetrías económicas, vulnerabilidades sociales y tensiones tecnológicas que transforman la manera misma de entender la justicia.
Por eso el libro dialoga con nombres como Atienza, Perelman, Bobbio, Viehweg y Couture. Todos ellos ayudan a desmontar la vieja fantasía del juez como simple operador automático de normas.
La justicia contemporánea —parece decirnos la autora— dejó de ser exclusivamente deductiva. Ahora es argumentativa, contextual y profundamente humana.
Y ahí comienza el verdadero problema.
Porque en cuanto el Derecho abandona la ilusión de neutralidad absoluta, aparece una verdad incómoda: los jueces no interpretan el mundo desde fuera de la sociedad. También son atravesados por la cultura, la historia, el lenguaje, los valores y las heridas de su tiempo.
La toga apenas disimula eso. No lo elimina.
Tal vez por esa razón Balanta Medina insiste tanto en la motivación de las decisiones judiciales. En tiempos donde la complejidad social parece multiplicarse como maleza en invierno, fundamentar una sentencia ya no es un simple ritual procesal: es una exigencia democrática.
Explicar racionalmente el poder se vuelve indispensable.
De lo contrario, la jurisdicción corre el riesgo de convertirse en una ceremonia elegante de autoridad vacía, que es una de las especialidades históricas de nuestra especie, aunque solemos practicarla con gran solemnidad y no poca vanidad.
Pero quizá uno de los aspectos más actuales del libro aparece en la reflexión sobre inteligencia artificial y justicia.
Balanta Medina entiende algo que muchos discursos tecnológicos prefieren esquivar: el problema de la IA no es solamente el error técnico. El problema verdadero consiste en permitir que la lógica computacional termine colonizando la racionalidad jurídica.
Toda tecnología transforma silenciosamente la manera de pensar.
Los algoritmos prometen rapidez, eficiencia y uniformidad decisoria. Y claro, sociedades agotadas por la incertidumbre suelen enamorarse de cualquier cosa que responda rápido, aunque responda mal.
El detalle es que la justicia comienza justamente donde los patrones estadísticos dejan de funcionar.
Un niño vulnerable, una víctima olvidada, una comunidad afrodescendiente, un campesino desplazado o una persona atrapada por desigualdades estructurales rara vez caben cómodamente dentro de un modelo predictivo.
Los algoritmos reconocen patrones. La prudencia humana, en cambio, reconoce singularidades.
Y allí reside la gran advertencia ética del libro: una justicia excesivamente automatizada puede terminar produciendo decisiones impecablemente eficientes y dolorosamente deshumanizadas.
Como quien organiza el sufrimiento ajeno con admirable orden administrativo.
La obra también sobresale por su sensibilidad frente al multiculturalismo colombiano. Balanta Medina entiende que Colombia no es apenas un territorio jurídico, sino un mosaico de racionalidades distintas: indígenas, afrodescendientes, rurales, urbanas, populares y comunitarias.
Cada una con su manera de comprender la autoridad, el conflicto, la dignidad y la convivencia.
El Estado moderno suele creer que basta traducir toda esa diversidad al lenguaje uniforme de los códigos. Pero la vida humana tiene la mala costumbre de exceder los formularios.
Hay dolores históricos que no caben en un expediente.
Y hay dimensiones humanas que se le escapan al proceso electrónico con una elegancia casi insolente.
Quizá por eso el mayor mérito de este libro consiste en recordar algo que el mundo jurídico contemporáneo parece olvidar con frecuencia: el Derecho no existe únicamente para administrar normas, sino para impedir que la técnica —burocrática, ideológica o digital— vacíe de humanidad la experiencia de la justicia.
Por eso vale la pena leer a María Patricia Balanta Medina.
Porque en tiempos donde tantos sueñan con convertir al juez en algoritmo y al ciudadano en dato estadístico, este libro recuerda, con admirable lucidez, que la justicia sigue siendo un asunto profundamente humano.
Y los seres humanos, para desgracia de los fanáticos de la simplificación, jamás hemos funcionado como máquinas.


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