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El Derecho opera con razones, no con sinapsis

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 28 nov 2025
  • 4 Min. de lectura

“El ser humano no es libre en el sentido metafísico absoluto, pero sí es libre en el sentido argumentativo, lingüístico y jurídico.”


Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )


En homenaje a los juristas colombianos Carlos Arturo Gómez Pavajeau y Rafael Aranzález García


Hay épocas en que la ciencia, embriagada por sus propios hallazgos, parece tentada a reducir el misterio humano a una suma de impulsos eléctricos, y el Derecho —esa vieja arquitectura de palabras— a un cálculo sin alma. Se habla de neuronas como si fueran oráculos, de algoritmos como si pudieran reemplazar el juicio prudente, y algunos anuncian que nuestra voluntad no es más que una ficción tejida por la biología. Pero, como suele ocurrir con las modas intelectuales, detrás del deslumbramiento hay un vacío: el olvido de que el Derecho nunca ha trabajado con sinapsis, sino con razones.

El cerebro puede explicar el gesto, pero no el sentido del gesto. Puede iluminar la chispa que antecede a una decisión, pero no la justificación que la sostiene. Las ciencias cognitivas tienen mucho que decir sobre cómo reaccionamos; pero sobre por qué debemos responder, sobre esa antigua facultad de dar razones ante el otro, guardan silencio. Y es en ese silencio donde comienza el territorio del Derecho.

El Derecho existe en el espacio de la palabra. Ninguna norma vive fuera del lenguaje; ningún deber se impone sin una frase que lo anuncie; ningún juez decide si no puede narrar las razones de su decisión. La sinapsis dispara; la persona explica. El impulso es biológico; la responsabilidad es lingüística. Y el Derecho, que es el arte humano de ordenar el mundo mediante símbolos, se sustenta precisamente en esa diferencia.

Decir que nuestras acciones están determinadas biológicamente no invalida la libertad que importa al jurista. Porque la libertad jurídica no es la ausencia de causas, sino la presencia de justificaciones. Somos libres no porque nuestra voluntad flote por encima del mundo, sino porque podemos responder por lo que hacemos. Esta es la libertad modesta, terrestre, pero indispensable: la libertad argumentativa.

En nuestras sociedades, marcadas por el vértigo tecnológico, algunos imaginan que la Inteligencia Artificial podrá reemplazar al juez, como si un repertorio de precedentes o un mar de estadísticas bastara para comprender la complejidad de los conflictos humanos. Pero una máquina no sabe qué es la dignidad, ni la buena fe, ni el abuso del derecho. Repite patrones; no interpreta almas. La norma le es visible como texto, pero invisible como sentido. Y el sentido, que es donde viven las decisiones difíciles, no se programa: se comprende.

Un algoritmo puede ordenar palabras con impecable precisión, pero no puede situarlas en la historia de un pueblo. Puede identificar regularidades, pero no puede sentir la excepción, esa singularidad que a veces decide la suerte de un caso. Puede ejecutar reglas, pero no puede imaginar el horizonte ético que las hace necesarias. Por eso, aun cuando escriba frases enteras, una máquina nunca produce una sentencia: produce un simulacro.

El Derecho es una conversación antigua entre seres humanos. Es memoria, es disputa, es interpretación. Su materia no son las moléculas, sino los significados. Y esos significados nacen de una experiencia compartida: la del lenguaje. Un legislador escribe “prohibido”, y el mundo cambia. Un juez escribe “responsable”, y una vida se transforma. Ningún evento cerebral explica ese fenómeno; solo la cultura, la palabra y la comunidad pueden hacerlo.

Cuando un jurista distingue entre culpa y dolo, entre promesa y contrato, entre acto y intención, está realizando una operación incompatible con cualquier modelo mecanicista. No busca causas: busca razones. No intenta descubrir cómo funciona el cerebro, sino cómo funciona la convivencia. Porque el Derecho no se ocupa de la fisiología de nuestros deseos, sino de la responsabilidad de nuestras acciones.

Si algún día creyéramos que un algoritmo puede suplantar la deliberación humana, habríamos olvidado que el Derecho es, ante todo, un arte de escuchar y de hablar. Un arte de comprender al otro. Y ninguna máquina ha aprendido —ni aprenderá— a escuchar de verdad. Podrá calcular, podrá predecir, podrá ordenar; pero nunca podrá comprender.

En un mundo gobernado por sinapsis, no habría Derecho, porque no habría diálogo. No habría culpa, ni deber, ni justicia. Solo habría causalidad. Y la causalidad, tan perfecta para describir los movimientos de los astros, es insuficiente para describir el corazón humano.

El Derecho persiste porque las personas persisten en preguntar: “¿Por qué hiciste esto?” y “¿Qué deberías haber hecho?”. Persiste porque aún creemos que la palabra puede enderezar el destino. Persiste porque, a pesar de los determinismos que nos atraviesan, seguimos siendo criaturas que buscan razones y que dan razones.

Quizás no seamos libres en el sentido absoluto con que soñaron los metafísicos. Pero somos libres en el sentido que nos permite vivir juntos: libres para justificar, para argumentar, para intentar convencer. Y mientras esa libertad subsista, el Derecho seguirá siendo una obra humana —una obra de lenguaje, no de neuronas— en la cual se cifra a veces lo mejor de nuestra especie.

 
 
 

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