El escándalo no es Erika Hilton — es la quiebra de nuestras categorías
- gleniosabbad
- 17 mar
- 4 min de lectura
“La diferencia sexual no es sólo un hecho biológico, sino una forma de interpretación cultural.”
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Conviene empezar por lo elemental, que no siempre es lo más simple.
Erika Hilton es una figura pública brasileña, parlamentaria, mujer trans, que ha ganado visibilidad nacional no sólo por su actuación política, sino por el tipo de debate que su propia existencia suscita. En Brasil —como en tantos otros países— su presencia en la esfera pública ha provocado discusiones intensas sobre identidad, representación, lenguaje y derecho.
Hasta ahí, nada fuera de lo común. Las democracias se alimentan del debate.
Lo interesante comienza después: cuando la discusión deja de ser sobre políticas públicas y se convierte en una disputa sobre categorías. ¿Quién puede ser considerada mujer? ¿Qué significa representar a un grupo? ¿Hasta dónde llega la biología? ¿Y dónde empieza la cultura?
Ahí cambia el tono, y el pensamiento, no siempre para bien.
Porque lo que se presenta como un “escándalo” no es, en rigor, el caso en sí, sino la incomodidad que produce. Una incomodidad que revela algo más profundo: la dificultad de pensar un mundo que ya no cabe en esquemas simples.
Durante mucho tiempo nos acostumbramos a un modelo bastante cómodo de realidad. Había lo natural, evidente, casi indiscutible. Había el lenguaje, que lo nombraba. Y había el derecho, que lo reconocía. Todo parecía encajar con una elegancia tranquila.
Era un buen arreglo. Tan bueno, que preferimos no examinarlo demasiado.
Hoy ese arreglo empieza a mostrar sus fisuras. No porque la realidad haya cambiado de repente, sino porque se ha vuelto más visible en su complejidad. Y, frente a eso, la reacción más frecuente no es revisar las categorías, sino sospechar de la realidad.
Dicho de otro modo: si el mundo no encaja, peor para el mundo, que al parecer debería ajustarse.
Hay un episodio que ayuda a entender este momento, aunque venga de muy atrás. Cuando los pueblos indígenas vieron por primera vez las carabelas en el horizonte, no se enfrentaron sólo a objetos desconocidos. Se enfrentaron a algo que no tenía nombre en su repertorio.
No había categoría disponible.
No por falta de inteligencia —explicación cómoda, pero poco seria—, sino porque la experiencia superaba el vocabulario. Y cuando eso ocurre, el pensamiento vacila. Compara, aproxima, intenta encajar lo nuevo en lo conocido. A veces lo logra. A veces no.
Y cuando no lo logra, no es el mundo el que falla, sino nuestras herramientas para comprenderlo.
Algo de eso ocurre hoy. Nos encontramos con realidades que no se dejan clasificar con facilidad, pero insistimos en usar las mismas categorías, como si el problema fuera de encaje y no de estructura.
Lo curioso es que, a diferencia de aquellos pueblos, nosotros contamos con más información, lo cual, como se ve, no ha garantizado mayor comprensión.
La biología, por ejemplo —invocada con frecuencia como último refugio de certeza— no ofrece el cuadro simple que muchos esperan. No hay allí un binarismo limpio y absoluto, sino variaciones, matices, excepciones. Existen condiciones intersexuales, variaciones cromosómicas, combinaciones que desafían la simplificación apresurada.
La propia ciencia trabaja con rangos, no sólo con límites; con probabilidades, no sólo con certezas.
Y, sin embargo, al pasar del laboratorio al lenguaje cotidiano —y de ahí al derecho— esa complejidad suele reducirse. Lo continuo se corta, lo diverso se ordena, lo excepcional incomoda. Como si la realidad tuviera la obligación de ser más sencilla de lo que es.
Tal vez porque las categorías, a diferencia de la vida, no toleran bien la ambigüedad.
De ahí surge un desajuste curioso: cuanto más compleja se revela la realidad, más se insiste en simplificarla. Y cuando no encaja, no se revisa el concepto —se cuestiona el fenómeno.
Así, lo que es complejidad se transforma en escándalo.
El derecho, en medio de todo esto, no tiene una tarea fácil. Debe decidir, incluso cuando los conceptos están en disputa. Debe clasificar, incluso cuando las fronteras son difusas. No puede quedarse en la duda, pero tampoco puede fingir una claridad que ya no existe.
Ahí aparecen dos tentaciones. La primera, simplificar: reducir la realidad a lo que resulta manejable. Funciona, pero deja residuos —a veces demasiado humanos—. La segunda, disolverlo todo: abandonar las categorías como si no fueran necesarias. Seduce, pero paraliza.
Entre ambas, queda el camino más difícil: repensar las categorías sin renunciar a ellas.
Y es aquí donde el caso deja de ser brasileño y se vuelve, si se me permite decirlo, latinoamericano.
Porque la pregunta final no es qué pasa en Brasil, sino cómo reaccionaría Colombia ante un debate similar. Un país de regiones, de identidades superpuestas, de tradiciones fuertes y transformaciones rápidas. Un país donde lo moderno y lo ancestral conviven —a veces en armonía, a veces en tensión.
¿Respondería Colombia con la misma ansiedad por definir?¿Buscaría refugio en certezas rápidas?¿O aprovecharía la ocasión para pensar mejor?
Tal vez —y aquí cabe una prudente esperanza— Colombia tenga una ventaja: su propia complejidad histórica. Quien ha aprendido a convivir con múltiples formas de vida, tal vez esté mejor preparado para aceptar que la realidad no siempre cabe en una sola definición.
Pero eso, como todo lo importante, no está garantizado.
Al final, la cuestión permanece, silenciosa pero insistente:
cuando el mundo ya no cabe en nuestras palabras,¿debemos corregir el mundo o ampliar el lenguaje?
Responder mal a esa pregunta —como se ve— suele ser, al final, lo verdaderamente escandaloso.


Comentarios