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El exceso de forma y el exceso de alma

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 10 may
  • 4 min de lectura

Formalismo vacío y sentimentalismo judicial en la cultura jurídica latinoamericana

“Hay magistrados que se esconden detrás de la forma; otros, detrás de la virtud. Ambos, a veces, se esconden del deber de pensar.”
“Cuando desaparece el método, el juez empieza a oscilar entre el formulario y el espejo.”
“El exceso de forma suele producir textos sin pensamiento; el exceso de alma, decisiones sin límite.”

Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)


La cultura jurídica latinoamericana anda padeciendo una enfermedad de dos cabezas, como aquellas culebras de feria que anunciaban los circos ambulantes en los pueblos de la Costa. Por un lado, abundan decisiones que parecen redactadas por una oficina de estampillas metafísicas: solemnes, voluminosas, impecablemente adornadas de citas y precedentes, pero vacías de razonamiento verdadero. Por el otro, proliferan sentencias donde la conciencia personal del juez termina ocupando el lugar que antes pertenecía al método, como si la emoción pudiera reemplazar la argumentación.

Entre ambos extremos, el Derecho va perdiendo algo esencial: la racionalidad pública.

Durante décadas, el gran enemigo parecía ser el viejo formalismo. Aquel modelo donde el juez apenas encajaba hechos dentro de normas con la serenidad mecánica de quien llena formularios en una notaría húmeda de provincia. El magistrado aparecía entonces como “boca de la ley”, expresión cuya larga supervivencia quizá se explique menos por su precisión filosófica que por el alivio intelectual que producía. Pensar poco, a estas alturas de la historia, sigue siendo una actividad bastante eficiente.

Después vino la reacción.

Y ya se sabe que en América Latina las reacciones suelen viajar de un extremo al otro con equipaje completo, banda municipal y discurso inaugural.

El viejo formalismo comenzó entonces a ser sustituido por cierto sentimentalismo judicial donde decidir pasó a significar exteriorizar convicciones morales bajo el paraguas elegante de los principios constitucionales. La sentencia dejó de parecer un silogismo y empezó a parecer una confesión emocional escrita con léxico forense.

Se cambió el funcionario por el profeta.

Y cosa curiosa: ambos terminan produciendo el mismo resultado, que no es otro que la ausencia de fundamentación genuina.

La teoría contemporánea de la argumentación jurídica — particularmente en autores como Manuel Atienza — surgió precisamente para combatir esa falsa dicotomía entre automatismo burocrático y voluntarismo subjetivo. El Derecho no es apenas un conjunto de normas: es también una práctica argumentativa orientada por la justificación racional.

El problema es que buena parte de nuestra cultura jurídica aprendió el vocabulario de la argumentación sin asumir todavía la disciplina intelectual que exige.

Y así aparecieron fenómenos bastante pintorescos.

Hoy existen sentencias llenas de precedentes, pero vacías de inferencias.

Providencias cargadas de sensibilidad, pero huérfanas de método.

Fallos que citan veinte autores europeos para esconder el hecho incómodo de que no contienen una sola línea argumentativa verdaderamente clara.

Uno termina leyendo ciertas decisiones con la misma sensación que dejan algunos discursos políticos de plaza pública: mucho estruendo, mucha solemnidad y una notable escasez de pensamiento verificable.

El formalismo vacío posee una apariencia particularmente respetable. Ese es su mayor peligro. Produce párrafos ceremoniosos, expresiones técnicas y abundantes remisiones jurisprudenciales. Todo parece profundamente jurídico. El lector desprevenido queda impresionado por el volumen de páginas, como si la cantidad de tinta pudiera sustituir la calidad del razonamiento. América Latina, no faltaba más, siempre ha tenido cierta fascinación por el papel sellado.

Pero el problema no es la técnica.

Sin técnica, el Derecho degenera en improvisación emocional.

El problema aparece cuando la técnica deja de servir al pensamiento y pasa a funcionar como máscara de su ausencia.

Muchos jueces ya no argumentan: ensamblan. Montan fragmentos de precedentes, copian fórmulas estandarizadas y producen decisiones que parecen fabricadas por una línea industrial de fundamentaciones. Cambian algunos nombres, agregan un “en efecto”, acomodan dos “por consiguiente”, y la sentencia queda lista para circular con dignidad institucional.

Todo muy eficiente.

Todo muy rápido.

Todo peligrosamente parecido.

Pero el extremo opuesto tampoco tranquiliza demasiado.

El sentimentalismo judicial suele presentarse vestido de nobleza moral. Habla de empatía, justicia social, dignidad humana y sensibilidad constitucional. Todo eso importa, desde luego. El problema comienza cuando esas categorías dejan de integrarse en una estructura racional de justificación y pasan a funcionar como licencia implícita para el subjetivismo judicial.

La conclusión nace primero; la fundamentación llega después, como decoración retrospectiva.

El juez deja entonces de interpretar el Derecho y comienza, discretamente, a interpretarse a sí mismo delante del Derecho.

Ahí aparece una forma particularmente elegante de narcisismo hermenéutico.

Los principios constitucionales, sin método argumentativo serio, terminan convirtiéndose en recipientes suficientemente amplios para acomodar casi cualquier intuición moral. Se invoca proporcionalidad sin verdadero análisis proporcional. Se invoca dignidad sin delimitación conceptual. Se invoca ponderación como quien riega agua bendita sobre las dificultades metodológicas.

Y así, poco a poco, el Derecho empieza a parecer menos una práctica racional y más una estética de intuiciones solemnes.

Tal vez el gran desafío jurídico latinoamericano del siglo XXI consista precisamente en reconstruir una auténtica cultura de fundamentación.

Ni el formulario.

Ni el espejo.

Ni el automatismo burocrático.

Ni el mesianismo judicial.

El Derecho exige algo más difícil — y, por eso mismo, más escaso: racionalidad práctica disciplinada por la argumentación.

El inconveniente, claro está, es que pensar produce fatiga.

Y pocas cosas cansan más que justificar honestamente una decisión.

 
 
 

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