¿El filósofo llegó tarde?
Machado de Assis ya había desconfiado de casi todo
«No tuve hijos; no transmití a criatura alguna el legado de nuestra miseria». — Machado de Assis, Memorias póstumas de Brás Cubas
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Machado de Assis murió en 1908, inconveniente cronológico que le impidió leer a Popper, Gadamer, Foucault y Ricoeur, así como al sociólogo Erving Goffman. Ellos, en cambio, tuvieron la ventaja de llegar después. No se concluya, por favor, que Machado les escribió los libros. Bastante trabajo tuvo con escribir los suyos.
La pregunta, sin embargo, no es ninguna bobada: ¿anticipó Machado algunos de los grandes problemas de la filosofía y las ciencias humanas del siglo XX?
Depende de lo que entendamos por anticipar. Machado no formuló la falsabilidad de Popper, la hermenéutica de Gadamer, la genealogía foucaultiana del poder, la identidad narrativa de Ricoeur ni la sociología dramatúrgica de Goffman. Atribuirle semejante hazaña sería un homenaje curioso: le entregaríamos el siglo XX y, de paso, le quitaríamos su propia obra.
Hizo algo distinto y quizá más inquietante: convirtió en literatura problemas que otros pensadores transformarían después en conceptos.
A Popper, las papas
En Quincas Borba, el Humanitismo pretende explicarlo todo. Dos tribus hambrientas disputan un sembrado de papas insuficiente para ambas. Una vence, come y sobrevive. «Al vencedor, las papas».
El sistema explica la victoria, la derrota, la guerra, el hambre y la muerte. Ningún hecho consigue refutarlo, porque todos, bien acomodados, terminan confirmando a Humanitas.
Popper sostendría décadas más tarde que una teoría científica debe poder chocar con alguna observación concebible. Si sirve para explicar cualquier resultado, puede ser doctrina, metafísica o una caja fuerte de convicciones; ciencia, no necesariamente.
El Humanitismo, claro está, no es una teoría empírica. Es una filosofía paródica, totalizante y mañosa, capaz de tragarse cualquier hecho sin indigestarse. Popper ofrecería un criterio de demarcación; Machado ofreció papas. No hay que subestimar el tubérculo: algunas ideas entran mejor a la historia cuando vienen con hogao.
Gadamer escucha a Bentinho
La pregunta escolar de Don Casmurro es conocida: ¿Capitú traicionó a Bentinho? Pero hay otra, más incómoda: ¿cómo sabemos lo que creemos saber sobre Capitú?
No conocemos directamente los hechos. Conocemos el relato de Bento Santiago, viejo, celoso y empeñado en «atar las dos puntas de la vida». Entre Capitú y nosotros hay memoria, selección, lenguaje e interés. También hay un abogado que es, al mismo tiempo, acusador, testigo y relator de su propio expediente. Cualquier parecido con ciertos procesos no debe inquietarnos más de la cuenta.
Gadamer enseñaría en Verdad y método que nadie comprende desde ninguna parte. Interpretamos desde horizontes históricos, tradiciones y precomprensiones. Eso no nos encierra en la subjetividad: el encuentro con el otro puede transformar nuestro horizonte. El problema es que Machado no nos permite oír a Capitú por fuera de la narración de su marido.
Tal vez no estemos juzgándola a ella. Tal vez apenas escuchamos el alegato de Bentinho.
Foucault visita la Casa Verde
En El alienista, Simão Bacamarte quiere establecer científicamente quién está cuerdo y quién está loco. Termina recluyendo a casi todo Itaguaí. Cuando los locos resultan ser mayoría —detalle estadístico un tanto embarazoso— modifica la teoría: los anormales podrían ser los equilibrados.
Foucault estudiaría en Historia de la locura en la época clásica la formación histórica de la frontera entre razón y sinrazón; y, en Vigilar y castigar, el examen, la normalización y el poder disciplinario.
Machado ya había percibido la cadena peligrosa: saber, clasificación, institución y coerción. Clasificar deja de ser una operación inocente cuando quien clasifica conserva la llave de la puerta.
Goffman se prueba el uniforme
En «El espejo», el alférez Jacobina afirma que cada persona posee dos almas: una interior y otra exterior. Al quedarse solo, privado de quienes reconocían su rango, casi desaparece frente al espejo. Recupera su figura cuando se pone el uniforme.
Goffman analizaría más tarde la vida social como representación: papeles, escenarios y manejo de impresiones. Machado había sospechado que la máscara no siempre oculta el rostro; a veces ayuda a fabricarlo.
Quítennos el título, el cargo, la reputación y la mirada ajena. Veremos cuánto queda. Todos apoyamos el experimento, naturalmente, siempre que se practique con otro.
Ricoeur y las puntas de la vida
En Machado, recordar no equivale a retirar del archivo una copia intacta del pasado. La memoria selecciona, omite y organiza. Ricoeur estudiaría en Tiempo y narración y Sí mismo como otro la identidad narrativa; y en La memoria, la historia, el olvido, las fragilidades y pretensiones de fidelidad del recuerdo.
Brás Cubas escribe después de muerto; Bentinho, después de envejecido. Ambos gozan de una distancia que favorece la lucidez y también el fraude.
Entonces, ¿Machado llegó primero? No, si pretendemos convertir sus novelas en tratados anticipados. Sí, si reconocemos que percibió literariamente problemas que otros sistematizarían después.
Pero tal vez la pregunta esté mal planteada. ¿Por qué suponemos que la literatura necesita esperar a la filosofía para pensar?
Popper formula el problema de los sistemas irrefutables; Machado reparte papas. Gadamer examina la comprensión; Machado nos entrega a Bentinho. Foucault estudia la normalización; Machado abre la Casa Verde. Goffman analiza los papeles sociales; Jacobina se pone el uniforme. Ricoeur interroga la identidad narrativa; Brás Cubas escribe desde la tumba.
Quizá el filósofo no llegó tarde. Fuimos nosotros quienes tardamos en advertir que Machado ya estaba pensando. Y tuvo, además, la cortesía de hacernos reír. Cortesía relativa, desde luego: después de la risa solemos descubrir que el chiste era sobre nosotros.


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