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El hombre como Mängelwesen: sin instituciones no somos nada

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 16 feb
  • 3 min de lectura

(o por qué la intemperie siempre espera)


Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )


El hombre no nace con mundo.

Nace, más bien, con carencia. No trae en la sangre el manual de instrucciones de su conducta. No viene programado como las abejas que saben dónde hacer su panal ni como las aves que conocen su ruta sin consultar mapa. El hombre — dicen los alemanes con una palabra que suena a diagnóstico — es un Mängelwesen: un ser carente.

Carente de instinto suficiente. Carente de orientación automática. Carente de mundo propio.

Por eso necesita instituir.

El animal encuentra su norma en la naturaleza; el hombre tiene que construir la suya. Y la construye mediante instituciones. La familia, la escuela, el Estado, los tribunales, la palabra empeñada, incluso la disciplina fiscal: todo eso forma la arquitectura invisible que sostiene la vida colectiva.

Las instituciones no son adorno del paisaje social. Son sus vigas maestras. Son lo que permite que millones de desconocidos se comporten con cierta previsibilidad. Son el motivo por el cual el juez decide conforme a reglas, el profesor evalúa con criterios y el ciudadano puede planear el mañana sin consultar el humor del día.

Sin instituciones, la sociedad no se desordena un poco: se deshilacha.

El Derecho no crea el mundo desde cero. Lo formaliza. Antes de la ley escrita ya existían la familia, la autoridad, la propiedad, la confianza. La norma jurídica no inventa esas realidades; las recoge, las delimita, les da estabilidad.

Por eso, cuando se debilitan las instituciones, el daño no es meramente administrativo. Es estructural. La realidad social es realidad históricamente instituida: aquello que hoy parece sólido fue construido lentamente. Y lo construido puede ser erosionado.

No siempre por golpes espectaculares. A veces por desgaste cotidiano. Por la costumbre de relativizar límites. Por convertir la regla en obstáculo incómodo. Por tratar la responsabilidad como tecnicismo fastidioso. Por subordinar el largo plazo al aplauso inmediato.

Uno empieza diciendo que la norma es flexible. Termina descubriendo que ya no existe.

Cuando las instituciones dejan de ser previsibles, el ciudadano lo percibe, aunque no lo formule en términos filosóficos. Nota que las reglas cambian según la conveniencia. Que los límites se negocian. Que la responsabilidad se posterga. Que el interés inmediato pesa más que el pacto duradero.

Entonces aparece el desencanto.

El desencanto, si no encuentra cauces institucionales firmes, se convierte en indignación. Y la indignación, cuando madura sin mediación, abre espacio a quienes prometen romperlo todo para empezar de nuevo.

En las montañas frías de Boyacá se diría que cuando la casa cruje, siempre surge alguien que propone tumbarla entera y levantar un palacio en tres días. Y no falta quien le crea, porque la impaciencia suele ser más convincente que la prudencia.

El discurso antisistema no prospera por magia. Prosperará cuando el sistema se debilita por dentro. Cuando las propias autoridades tratan las reglas como herramientas tácticas y no como compromisos duraderos. Cuando la institucionalidad parece más preocupada por intereses inmediatos que por la estabilidad común.

Y así, la crítica legítima se transforma en tentación de demolición.

El hombre, como Mängelwesen, necesita una segunda naturaleza: un mundo cultural estabilizado. Las instituciones son esa segunda naturaleza. Sustituyen el instinto que no tuvimos. Permiten que el conflicto no derive en pura fuerza.

Debilitarlas no libera al individuo. Lo expone.

Sin instituciones sólidas, la política se personaliza. Las reglas se subordinan a voluntades. El debate se convierte en espectáculo. La estabilidad — que parecía aburrida — se revela como un lujo.

No se trata de defender instituciones por inercia. Deben reformarse, corregirse, modernizarse. Pero reformar no es desfondar. Cambiar no es trivializar. Flexibilizar no es disolver.

Hay reformas que fortalecen la casa. Y hay reformas que, con sonrisa técnica, retiran las vigas maestras.

La ironía — siempre discreta — consiste en que quienes proclaman liberar al pueblo de la “opresión institucional” suelen terminar entregándolo a la imprevisibilidad del personalismo. Y el personalismo no sustituye al orden: lo improvisa.

Sin instituciones fuertes, el hombre regresa a su carencia original. A la contingencia permanente. Y la contingencia, aunque se disfrace de libertad, produce inseguridad.

La verdadera libertad no nace del vacío normativo. Nace de reglas estables que permiten prever la conducta ajena. La confianza no surge del caos, sino de la constancia.

El Mängelwesen necesita casa. Y la casa se llama institución.

Quitarlas es dejar al caminante sin abrigo en pleno páramo. Puede sentirse ligero por un momento. Pero el frío — como la historia — no perdona.

 
 
 

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