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El ilusionismo epistémico: cuando la mentira se disfraza de ciencia

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    gleniosabbad
  • 25 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Por Glênio S. Guedes (abogado)


En muchos lugares del mundo, desde laboratorios universitarios hasta tribunales abarrotados, ha surgido un fenómeno inquietante: un nuevo ilusionismo que se disfraza de verdad científica o de interpretación jurídica. No se presenta con capa ni chistera, sino con batas impecables, currículos brillantes y discursos seductores. Tal vez por eso resulta tan peligroso. Es un ilusionismo epistémico: la fabricación deliberada de certezas cuando la evidencia exige duda; la creación de doctrinas, síndromes o teorías que no resisten la prueba mínima del método.

La medicina, que debería ser guardiana del rigor empírico, se ha visto invadida por narrativas que prometen explicar lo que la ciencia aún no comprende. Una de ellas, la llamada spikeopatía, se presenta como una supuesta enfermedad causada por vacunas, aunque ningún estudio clínico serio haya demostrado su existencia. Nace de una estrategia conocida: tomar un fenómeno real —como los efectos prolongados de ciertas infecciones— para construir alrededor de él un fantasma conceptual, inmunizado contra la verificación. Se vuelve una enfermedad invisible: no aparece en exámenes, no responde a métodos diagnósticos reconocidos, pero permite vender tratamientos, consultas, cursos o protocolos secretos.

Mientras tanto, en el Derecho ocurre algo semejante. Surgen doctrinas llamativas, soluciones mágicas, interpretaciones sin soporte normativo o dogmático, todas envueltas en el prestigio académico o en la autoridad de un orador brillante. Bajo el aura del experto aparecen interpretaciones que no superan el análisis riguroso: teorías que ignoran el precedente, que desfiguran el sistema, que prometen resolver conflictos complejos con fórmulas simplistas. Así como la medicina tiene su spikeopatía, el Derecho tiene sus teorías fantasma, que buscan seducir más que convencer.

Pero este problema no es colombiano, ni brasileño, ni latinoamericano: es un desafío global. La era de la posverdad ha borrado las fronteras entre conocimiento y opinión, entre técnica y ocurrencia, entre ciencia y espectáculo. La información circula más rápido que la reflexión, y en ese torbellino la autoridad aparente vale más que la evidencia real. Se multiplican médicos que prescriben sin datos, juristas que argumentan sin método, economistas que anticipan el futuro sin modelos, influencers que venden soluciones universales para problemas humanos milenarios.

El daño no es meramente académico: es social. Una sociedad que no distingue entre evidencia y creencia termina atrapada en la arbitrariedad. La medicina basada en evidencia existe para proteger la vida; el Derecho basado en método existe para proteger la justicia. Cuando la primera se deja seducir por hipótesis no verificadas, y el segundo por interpretaciones sin fundamento, la consecuencia es la misma: el ciudadano queda indefenso, convertido en presa fácil de discursos encantadores y vacíos.

El corazón de este problema es la asimetría cognitiva. Quien domina un lenguaje técnico —sea biomédico o jurídico— puede manipular con facilidad a quien confía en él. El paciente no tiene cómo saber si la enfermedad inventada existe; el ciudadano no tiene cómo evaluar si la interpretación jurídica ofrecida tiene soporte sistemático. Allí nace el ilusionismo: en la distancia entre quien sabe y quien no puede comprobar.

Frente a esto, el método es un acto ético. La hipótesis nula de la medicina —la idea de que nada debe considerarse verdadero hasta que se demuestre— es también una lección para el Derecho: ningún argumento debe aceptarse por su brillo retórico, sino por su coherencia interna, por su fundamento normativo, por su capacidad de resistir objeciones. El pensamiento jurídico, como el pensamiento clínico, exige humildad: comenzar por dudar, no por afirmar.

Vivimos un tiempo en que la mentira técnica circula con ropaje científico, y en que la autoridad se ha vuelto una mercancía. Pero aún queda un antídoto: la disciplina intelectual. El compromiso de no afirmar lo que no se puede probar. La decisión moral de no aprovechar la ignorancia ajena. La renuncia a las soluciones fáciles que anestesian al público pero empobrecen a la sociedad.

Porque una nación no se erosiona solo con corrupción política o con crisis económica. También se desmorona cuando quienes deberían iluminar el camino —médicos, abogados, profesores, científicos, jueces— prefieren seducir antes que esclarecer.

Y en ese punto, el ilusionismo epistémico no es un error: es una traición. Una traición al conocimiento, a la profesión y, sobre todo, a la ciudadanía.


 
 
 

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