El Kamasutra y el arte perdido de desear
- gleniosabbad
- 3 may
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“La cama, en el Kamasutra, empieza mucho antes del colchón: empieza en la palabra, en el perfume, en la mirada, en la música, en la espera.”
“Sin lenguaje, el deseo no pasa de ser afán.”(antigua sabiduría india)
A la FILBo 2026, que este año le rinde honores a la India, esa vieja y fastuosa civilización donde hasta el deseo aprendió a volverse pensamiento.
Por Glênio S. Guedes, abogado brasileño y observador admirado de la India en la FILBo
Somos, todos, textos andantes. Textos que leen, que recogen, que se dejan corregir por otros textos, como si la experiencia humana fuera una inmensa página llena de anotaciones al margen. Casi nada de lo que pensamos nace enteramente de nosotros; casi todo nos llega desde una lectura previa, desde una observación ajena, desde una voz lejana que termina acomodándose, sin pedir permiso, en nuestra biblioteca interior. Así me ocurrió, al calor de las fecundas provocaciones intelectuales de la FILBo 2026, con las finas reflexiones de la historiadora Sandra Cardona en su artículo El Kamasutra o la melancolía de un mundo perdido, publicado en El Periódico de la Feria. Y es bajo el influjo discreto de esas líneas —sensibles, cultas y oportunamente nostálgicas— que me permito volver sobre una de las obras más citadas del planeta y, al mismo tiempo, una de las menos entendidas.
Porque el Kamasutra, digámoslo de una vez, es uno de esos libros a los que la fama les hizo el flaco servicio de la caricatura.
Basta nombrarlo para que el imaginario automático de Occidente convoque, con la ligereza propia de las inteligencias perezosas, dos o tres piruetas de alcoba, algunos dibujos subidos de tono y la muy satisfecha convicción de que la India antigua, entre elefantes enjoyados y meditaciones metafísicas, decidió dejarle a la humanidad un manual de contorsionismo matrimonial. Occidente hizo lo de siempre: compró el rótulo, hojeó la postal, soltó una sonrisa maliciosa y creyó que ya había entendido. Se quedó con la portada y mandó el libro pa’l carajo.
Pero el Kāmasūtra dista mucho de ser un inventario de proezas anatómicas. En sánscrito, kāma significa deseo, placer, deleite sensorial, fruición estética; y sūtra quiere decir hilo, aforismo, enseñanza condensada. Estamos, pues, ante un tratado sobre la inteligencia del placer humano, no ante un catálogo de gimnasia conyugal para matrimonios aburridos de domingo.
Y ahí asoma la primera distancia entre aquella India milenaria y este Occidente nuestro, tan lleno de afán y tan pobre de profundidad.
En la tradición india clásica, el placer hacía parte de los puruṣārthas, es decir, de los grandes fines de la existencia humana, junto al deber, la prosperidad y la liberación espiritual. Qué hermosura de arquitectura moral: el deseo no era un intruso vergonzante escondido detrás de la cortina, sino una dimensión legítima de la vida, digna de reflexión y de pedagogía. La India pensó el deseo; nosotros preferimos consumirlo a las carreras, como quien se toma un tinto hirviendo en terminal de buses y cree que con eso ya conoció el café.
Vātsyāyana, a quien se atribuye la obra, escribía para una sociedad refinada, urbana y ritualizada, donde el encuentro amoroso todavía era un arte de civilización. El placer exigía educación de los sentidos, disciplina de la palabra, sentido del tiempo y sensibilidad para eso que la estética sánscrita llamaba rasa: el sabor interior de la experiencia. Nada más distante de esta época nuestra, donde la seducción muchas veces cabe en un emoji, la conversación en tres abreviaturas y la ansiedad en un teléfono que no deja de timbrar.
Conviene además desbaratar otra confusión de vitrina esotérica: Kamasutra no es tantra. El tantra busca integración espiritual y metafísica del cuerpo; el Kamasutra busca algo más humano, más urbano, más terrenal y acaso más difícil: enseñar a aproximarse al otro con inteligencia sensorial.
Porque en Vātsyāyana la cama no se inaugura con el contacto físico.
Arranca en la palabra, en el perfume, en la mirada, en el silencio calculado, en la música, en la insinuación. Arranca en el śṛṅgāra, el erotismo adornado, el deseo vestido de lenguaje antes de desvestirse de ropa. Entre ese mundo y el nuestro media la distancia que hay entre un artesano y un apretador de botones: uno construía atmósfera; el otro exige resultados. Uno conocía el voluptuoso valor de la demora; el otro le tiene miedo a la espera como si fuera mala señal de wifi.
Tal vez por eso Occidente se aferró con tanto entusiasmo a las famosas sesenta y cuatro posiciones. Era la parte menos exigente del libro.
Las posiciones pueden copiarse; la delicadeza no. Un manual ilustrado enseña posturas. Lo que no enseña es a escuchar, a sugerir, a cultivar el subentendido, a darle al silencio oficio de promesa. Y eso requiere profundidad interior, que hoy escasea más que la sinceridad en temporada electoral.
Sandra Cardona tuvo razón al hablar de la melancolía de un mundo perdido. Lo que asoma en el Kamasutra no es solo una pedagogía del placer, sino la nostalgia de una época en que el placer todavía obedecía a cierta solemnidad humana. No se deseaba a los empellones. No se convertía el encuentro en competencia atlética ni la intimidad en planilla de resultados.
En el fondo, el Kamasutra nos incomoda porque nos recuerda una pérdida mayor: no hemos perdido técnicas amorosas; hemos perdido lenguaje para el deseo.
Queremos la llegada sin itinerario, la intimidad sin liturgia, el fruto sin estación.
Y luego nos sorprendemos de que el placer se marchite tan rápido.
Porque un cuerpo sin antesala del alma termina siendo apenas gimnasia con buena iluminación.
Por eso Sandra Cardona acierta cuando habla de un mundo extraviado. Lo que se perdió no fue la cama —camas hay por montones, con espuma ortopédica y cuotas sin interés—. Lo que se perdió fue aquello que el Kamasutra sabía inaugurar mucho antes del colchón: la lenta ceremonia de la palabra, el perfume como idioma invisible, la mirada como preámbulo, la música como complicidad y la espera como arte superior del deseo.
Perdimos, en resumidas cuentas, no el cuerpo.
Perdimos la antesala del alma.


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