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¿Todo caso jurídico es un problema filosófico?

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • hace 2 días
  • 4 min de lectura

Ontología, epistemología y ética detrás de la decisión judicial

“Los hombres creen que juzgan hechos. Muchas veces juzgan conceptos sin saberlo.”

Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)


Una mujer enferma llamó a la puerta de la Corte Suprema de Irlanda. Los magistrados creyeron que les llevaba un problema jurídico. En realidad les llevaba una pregunta filosófica.

Se llamaba Marie Fleming. Padecía una enfermedad degenerativa irreversible y solicitaba que el derecho reconociera su posibilidad de recibir ayuda para poner fin a su vida. La Corte rechazó la petición.

A simple vista, el asunto parecía girar alrededor del suicidio asistido.

Mirándolo con más cuidado, trataba de derechos fundamentales.

Y observándolo todavía más de cerca, aparecían preguntas mucho más antiguas que cualquier constitución: ¿qué es la libertad?, ¿qué es un derecho?, ¿hasta dónde llega la autonomía humana?, ¿por qué el Estado puede impedir ciertas decisiones personales?

La historia de Marie Fleming no es excepcional. Lo excepcional es que nos permite ver aquello que suele permanecer oculto.

Porque detrás de cada expediente judicial hay una discusión filosófica que casi nunca figura en el índice del proceso.

El abogado cree discutir hechos. El fiscal cree discutir pruebas. El juez cree discutir normas. Entretanto, la filosofía del derecho los contempla desde una esquina y sospecha que todos están discutiendo conceptos sin darse cuenta.

No deja de ser curioso. A veces los conceptos son los verdaderos protagonistas del litigio, pero logran pasar inadvertidos como esos personajes discretos que aparecen en todas las fotografías familiares y nadie recuerda quiénes eran.


Los cimientos que no aparecen en la foto


Las casas no se sostienen por los balcones que miran a la calle. Se sostienen por los cimientos enterrados bajo tierra.

Con el derecho ocurre algo parecido.

Lo visible son las demandas, las pruebas, las audiencias y las sentencias.

Lo invisible son las preguntas que sostienen todo lo demás.

¿Qué es?

¿Cómo lo sabemos?

¿Qué debemos hacer?

La primera pregunta pertenece a la ontología.

La segunda, a la epistemología.

La tercera, a la ética.

Y las tres llegan al juzgado con más frecuencia de la que imaginan quienes creen que el derecho consiste únicamente en aplicar artículos y numerales.


Cuando la filosofía se cuela en un proceso penal


Tomemos un caso de corrupción.

A ojo de buen cubero, parecería una discusión sobre dinero, contratos o favores indebidos. Sin embargo, muy pronto surge una pregunta previa.

¿Qué es exactamente la corrupción?

¿Dónde termina una gestión legítima y comienza una conducta penalmente reprochable?

¿Qué convierte un beneficio en una ventaja indebida?

Antes de decidir si alguien es culpable o inocente, el juez necesita saber qué está buscando.

Y esa pregunta pertenece a la ontología.

Sin que nadie la invite, la filosofía termina sentándose en la audiencia.


La verdad, ese huésped difícil


Luego aparece la epistemología.

Los tribunales pasan buena parte de su tiempo intentando averiguar qué ocurrió realmente.

Pero la verdad judicial tiene una particularidad: nunca llega sola ni completamente despeinada por la realidad. Llega acompañada por testigos, documentos, peritajes y versiones contradictorias.

¿Cómo sabemos que un contrato existió?

¿Cómo sabemos que un acusado cometió un delito?

¿Cómo sabemos que una determinada suma constituye renta gravable?

La justicia no trabaja con omnisciencia. Trabaja con pruebas.

Y las pruebas no eliminan toda incertidumbre; apenas permiten administrarla razonablemente.

Tal vez por eso los procesos judiciales se parezcan menos a una operación matemática que a una paciente tarea de reconstrucción humana.


Una criptomoneda entra a la oficina de impuestos


Veamos ahora un asunto que parece de números y nada más.

La tributación de las criptomonedas.

Muchos creen que la discusión comienza cuando la administración fiscal calcula el impuesto. En realidad comienza mucho antes.

Empieza con una pregunta elemental:

¿Qué demonios es una criptomoneda?

¿Moneda?

¿Activo financiero?

¿Mercancía digital?

¿Simple representación electrónica de valor?

Sin responder esa pregunta, todo el edificio tributario queda suspendido en el aire.

La ontología aparece primero.

Después llega la epistemología para preguntar cómo se identifica la ganancia.

Y finalmente entra la ética para discutir hasta dónde puede llegar el poder tributario del Estado.

La filosofía tiene la maña de esconderse en los lugares más inesperados. A veces incluso debajo de una declaración de renta.


El interés público, esa expresión tan familiar


Algo semejante ocurre en el derecho administrativo.

Pocas expresiones se utilizan tanto como “interés público”.

Y pocas se examinan tan poco.

Todo el mundo la invoca.

Pocos se detienen a preguntarse qué significa realmente.

¿Existe por sí mismo?

¿Lo define la ley?

¿Lo construyen los gobiernos?

¿Lo delimitan los jueces?

Las palabras más familiares suelen ser las más misteriosas. Nos acostumbramos tanto a ellas que dejamos de interrogarlas.

Y cuando una palabra deja de ser interrogada, corre el riesgo de convertirse en una verdad automática.


Lo que revelan los casos difíciles


Se suele pensar que la filosofía del derecho aparece únicamente en los grandes debates constitucionales.

No es cierto.

Los llamados casos difíciles simplemente iluminan lo que ya estaba presente en los casos ordinarios.

La ontología aparece en una disputa de propiedad tanto como en una sentencia constitucional.

La epistemología acompaña cualquier valoración probatoria.

La ética está presente cada vez que una decisión afecta la libertad, el patrimonio o la dignidad de una persona.

Los grandes casos no crean estas preguntas.

Simplemente las vuelven visibles.


Epílogo


Preguntar si todo caso jurídico es un problema filosófico puede parecer una exageración.

Tal vez lo sea.

Pero es una exageración útil.

No porque cada abogado deba citar a Aristóteles ni porque cada juez tenga que convertirse en filósofo.

Sino porque toda decisión jurídica descansa sobre respuestas —conscientes o inconscientes— a preguntas filosóficas fundamentales.

Las sentencias tienen la mala costumbre de parecer espontáneas. No lo son.

Llegan firmadas por jueces, pero casi nunca llegan solas.

Detrás de ellas hay conceptos.

Detrás de los conceptos hay teorías.

Y detrás de las teorías hay determinadas maneras de comprender la realidad, el conocimiento y la justicia.

Por eso, mientras exista el derecho, seguirán acompañándolo tres preguntas tan antiguas como la propia inteligencia humana:

¿Qué es?

¿Cómo lo sabemos?

¿Y qué debemos hacer con ello?


 
 
 

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