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El latinoamericano en el alambre: funambulismo como oficio y como sentencia

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 3 jul
  • 4 min de lectura

A Boyacá, mi departamento preferido en Colombia: tierra de altura y de claridad, de montañas que le enseñan a uno paciencia y de gente que habla quedito, pero piensa firme. Entre el frío que aviva las ideas y las calles donde todavía se camina sin afán, Boyacá me recuerda —sumercé— que la dignidad no hace bulla: simplemente se queda.


Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)


La metáfora no me llegó desde un seminario, sino desde una vitrina: de esas que, por un segundo, le bajan el volumen al mundo y hacen creer —pobre ingenuo— que la vida tiene puntuación. Me enteré de que la Librería Funambule, en Petrópolis (Brasil), entró en la lista de los diez “book cafés” más bonitos del mundo, en un concurso del portal 1000libraries, con más de 200 mil votos. Y como 1000libraries reúne más de un millón de seguidores, la noticia no es un piropo de sobremesa: es un aplauso planetario.

Ahí fue cuando el nombre hizo su trabajo silencioso. Funambule: el que camina sobre el alambre. En América Latina esa palabra no suena a circo; suena a cédula de ciudadanía. Aquí no se vive: toca equilibrarse. Entre la promesa y la fila; entre la ley y el atajo; entre la esperanza —que siempre habla en futuro— y la realidad —que responde en presente y con cara de lunes.

Y como toda metáfora decente trae dos preguntas escondidas (como esas cuentas que uno evita mirar hasta fin de mes):


1) ¿Estos países tienen arreglo?

2) ¿Ser funámbulo ayuda a vivir aquí? ¿Tiene ventajas?


Para no predicar (género en el que el continente ya tiene demasiados autores), ordeno esto en tres pasos: la cuerda, el balance y el suelo.


I. La cuerda: cuando la vida exige acrobacia


Por estos lados, el Estado suele parecerse a esos amigos que “ya van llegando”: uno los espera, se enfría el café y al final llega la noche. La educación falla temprano y cobra intereses tarde; la corrupción no siempre hace escándalo, a veces hace oficina; y las instituciones funcionan con esa intermitencia que obliga al ciudadano a andar con el plan B pegado al pecho, como escapulario.

De ese ambiente nace una gramática paralela, muy latinoamericana:


  • el rebusque como modo de producción y, a veces, de dignidad (porque el hambre no debate teorías);

  • la red como salvavidas: familia, vecinos, amigos, “el que conoce a alguien”;

  • y la regla discreta de no dar papaya, que es nuestra manera elegante de confesar que la confianza anda sin zapatos.


Así se forma el personaje: resistente, rápido para leer el ambiente, ingenioso… y, al mismo tiempo, cansado. Un cansancio que no es solo físico; es moral. El funambulismo, en estas tierras, no es espectáculo: es trámite.


II. El balance: ventajas reales, costos que se esconden


Conviene decirlo sin romanticismos: ser funámbulo sirve. Sirve mucho. En un continente que colecciona sobresaltos, la adaptabilidad es un capital; el ingenio cotidiano, una moneda menuda con la que se compra el almuerzo y, a veces, la calma.


Ventajas del funambulismo (las que sería injusto negar)


  • Elasticidad mental: recalcular la ruta sin enamorarse del mapa.

  • Creatividad práctica: resolver con poco, “camellando” soluciones donde no hay manual.

  • Lectura social fina: entender el “vuelva mañana” que significa “vuelva con paciencia… o con padrino”.

  • Redes de apoyo: esa solidaridad de barrio que mantiene el sistema encendido cuando el sistema oficial se cae.


Pero aquí entra la ironía —bien peinada, con guantes—: el elogio puede volverse coartada. Si celebramos demasiado la capacidad de sobrevivir, terminamos aceptando como normal que sobrevivir sea el programa.


Costos del funambulismo (los que no salen en el afiche)


  • Ansiedad de rutina: vivir listo para el golpe desgasta más que el golpe.

  • Futuro aplazado: cuando manda la urgencia, planear es un lujo sospechoso.

  • Riesgo privatizado: el individuo paga con tiempo, salud y paciencia lo que debería amortiguar una institución decente.

  • Moral del atajo: la excepción se viste de regla, y la regla se vuelve adorno.


El latinoamericano funámbulo es capaz, sí. Solo que paga caro por esa capacidad. Como si el continente le dijera, con cortesía: “equilíbrese; la cuerda corre por su cuenta”.


III. El suelo: ¿hay arreglo?


Sí lo hay, pero no viene en forma de frase heroica ni de salvador con micrófono. Esto no se resuelve con épica: se resuelve con rutina institucional, ese milagro humilde que en los países estables llaman aburrimiento.

El arreglo, dicho sin fuegos artificiales, se parece a cuatro terquedades:


1) Reglas previsibles: que la ley no dependa del humor del mostrador.

2) Educación básica en serio: alfabetizar bien cambia destinos más que mil discursos.

3) Políticas que se ejecuten y se midan: menos anuncio, más seguimiento; menos cartel, más evidencia.

4) Anticorrupción que prevenga: no solo castigar, también cerrar la puerta por donde se cuela el desvío.


Nada de esto es nuevo. Lo nuevo sería hacerlo el tiempo suficiente. América Latina padece una enfermedad administrativa: cambia el remedio antes de que haga efecto, porque el envase no da titulares.


Interludio: una librería como pista


¿Por qué empezar con una librería en Petrópolis? Porque la Funambule funciona como contrapunto y como pista. Según el relato, el proyecto 1000libraries tiene gente —once periodistas— dedicada a “garimpear” (buscar con paciencia) bibliotecas y librerías tanto en lo físico como en lo digital; uno de ellos encontró el perfil de la Funambule, se enamoraron de la propuesta y de sus actividades (grupos de lectura, picnics, incluso grabaciones musicales). Tras la victoria, dijeron estar dispuestos a apoyar la puesta en marcha de proyectos actuales y futuros.

Esa historia, mínima y luminosa, sugiere algo mayor: cuando hay continuidad, cuidado y comunidad, aparece el suelo. Y entonces el funambulismo puede volver a ser destreza ocasional, no requisito de ciudadanía. Que América Latina conserve su ingenio —que es mucho—, pero para vivir mejor, no apenas para no caerse.

 
 
 

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