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El masturbador de Su Majestad

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 21 jul
  • 3 min de lectura

Rumores, favoritismos y poder en la corte de don João VI


Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)


¿Puede un solo capítulo de un libro terminar convertido en un ensayo?

Parece una pregunta inocente. No lo es.

Hay libros que uno termina de leer y se quedan muy quietos en la biblioteca. Otros, en cambio, se niegan a cerrarse. Siguen dando vueltas por la cabeza, como esos invitados que anuncian que ya se van y una hora después siguen conversando en la puerta.

Eso ocurre con el capítulo 13, "Dom João", de 1808, de Laurentino Gomes, en su tercera edición de 2014.

Uno cree que recordará la huida de la corte portuguesa, el miedo casi infantil del príncipe a las tormentas o aquella extravagante caja de baño donde prefería encerrarse antes que compartir el agua con algún cangrejo. Pero pasan los días y quien vuelve, tercamente, a la memoria no es el rey.

Es un hombre del que casi nadie habría hablado si no fuera por un rumor.

Francisco José Rufino de Sousa Lobato.

Laurentino Gomes hace lo que corresponde a un historiador serio. Reúne testimonios, distingue entre documentos y habladurías, advierte al lector dónde termina la evidencia y dónde empieza la imaginación. No intenta resolver el misterio. Y quizá ahí radique el mayor acierto del capítulo.

Porque, si uno lo piensa bien, la pregunta nunca fue si el rumor era cierto.

La verdadera pregunta es otra.

¿Por qué seguimos contándolo doscientos años después?

Rufino no entró en la memoria por una batalla, ni por un tratado, ni por una hazaña militar.

Entró por un rumor.

Y los rumores tienen una virtud —o un defecto— que pocos personajes históricos consiguen igualar: sobreviven a quienes los inventaron.

Vale la pena tranquilizar al lector desde ahora.

Este no es un ensayo sobre masturbación.

Tampoco sobre homosexualidad.

Ni pretende resolver aquello que la corte portuguesa fue incapaz de aclarar mientras existía.

Hay asuntos que los documentos callan, los memorialistas adornan y los historiadores sensatos prefieren dejar donde están.

Lo interesante no es averiguar qué hacía don João VI cuando cerraba la puerta de sus habitaciones. Los reyes tienen la mala costumbre de morirse antes de que los periodistas puedan hacerles la pregunta incómoda.

La cuestión es otra.

¿Por qué hubo tanta gente empeñada en imaginar lo que sucedía detrás de esa puerta?

Las respuestas envejecen.

Las preguntas, casi nunca.

Nadie sabe si el episodio atribuido al fraile Miguel ocurrió exactamente como fue contado.

Lo único seguro es que alguien lo contó.

Después otro lo repitió.

Más tarde apareció quien lo adornó.

Y, finalmente, alguien decidió imprimirlo.

Pocas cosas adquieren tanta respetabilidad como una historia repetida durante dos siglos.

Los rumores se parecen a los gatos callejeros. Nadie recuerda quién los trajo, pero terminan viviendo en todas las casas.

Rufino tal vez nunca fue amante del rey.

Pero acabó siendo amante de la imaginación histórica.

Y eso basta para explicar por qué seguimos hablando de él.

Porque todas las cortes fabrican favoritos.

Da lo mismo que el palacio quede en Lisboa, en Versalles o en cualquier capital donde el poder se tome demasiado en serio. Siempre aparece alguien que entra sin anunciarse, conoce el humor del soberano antes que los ministros y termina influyendo mucho más de lo que permiten los reglamentos.

Los organigramas son un invento de la burocracia.

La confianza, en cambio, nunca aparece escrita en los decretos.

Ahí comienza la verdadera política.

No sabemos qué hacía Rufino dentro de los aposentos reales.

Sí sabemos qué hacía fuera de ellos.

Ascendía.

Recibía honores.

Despertaba envidias.

Y, como suele ocurrir, las envidias terminaron fabricando historias.

Así funciona el poder.

La cercanía produce influencia.

La influencia despierta sospechas.

Las sospechas buscan alcobas.

Y cuando las alcobas encuentran un buen narrador, terminan convertidas en Historia.

No hay motivo para escandalizarse.

Ese mecanismo sigue funcionando con admirable eficiencia.

Lo único que han cambiado son los palacios.

Durante mucho tiempo fue más fácil burlarse de don João VI que comprenderlo. Era indeciso, miedoso, poco elegante y nada parecido al héroe que suele gustarle a los manuales escolares.

Sin embargo, mientras monarcas mucho más brillantes perdían sus coronas, él logró salvar la dinastía portuguesa.

Napoleón entró en Lisboa.

Don João embarcó rumbo a Brasil.

Durante dos siglos muchos se rieron del segundo.

La Historia terminó riéndose del primero.

Quizá la prudencia nunca resulte tan vistosa como el heroísmo.

Pero suele vivir bastante más.

Por eso este ensayo no intenta abrir la puerta de los aposentos de don João VI.

Prefiere examinar la cerradura.

Porque, al fin y al cabo, las épocas no suelen revelarse por sus secretos.

Se revelan por la curiosidad con que cada generación decide contarlos.


 
 
 

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