El mayor patrimonio del Museo del Oro no es el oro. Es la extraordinaria inteligencia simbólica que conserva
- gleniosabbad
- 28 jun
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Notas semiohermenéuticas de un brasileño en el Museo del Oro de Bogotá
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Debo hacer una confesión que quizá sorprenda. Esta no fue mi primera visita al Museo del Oro de Bogotá. Ni la segunda. Era la tercera. Y, sin embargo, volví a cometer el mismo error: entré creyendo que iba a ver oro.
Uno pensaría que, después de tres visitas, ya no quedan sorpresas. Pues sí. El museo tiene esa rara virtud: cuanto más se vuelve, menos se miran las vitrinas y más se leen las ideas que habitan detrás de ellas. La primera vez admiré las piezas; la segunda empecé a comprenderlas; en esta tercera sentí que el museo, en realidad, me estaba leyendo a mí.
No es una confesión vergonzosa. Durante siglos nos enseñaron, también a los brasileños, que el oro explicaba la historia de América. Casi nadie nos contó que, mucho antes de despertar la codicia europea, ese mismo metal ya servía para pensar el universo.
Y eso cambia por completo la visita.
Quien entra buscando riqueza encuentra belleza. Quien entra buscando arqueología encuentra historia. Pero quien entra dispuesto a interpretar descubre algo mucho más extraordinario: una civilización que convirtió el metal en lenguaje.
Como abogado, paso buena parte de mi vida interpretando textos. Con el tiempo aprendí que el derecho casi nunca habla únicamente con palabras. También habla mediante símbolos, ceremonias, rituales, sellos, investiduras y gestos. Una toga comunica autoridad antes de que un juez pronuncie la primera frase. Una firma produce efectos porque representa una voluntad compartida.
Quizá por eso, mientras caminaba por las salas del museo, dejé de preguntarme cuánto podía valer cada pieza y empecé a preguntarme qué estaba diciendo.
La respuesta apareció poco a poco.
Cada pectoral era una frase.
Cada ave era una metáfora.
Cada chamán era un puente entre mundos.
Cada ofrenda era una conversación con el universo.
Comprendí entonces que el Museo del Oro no exhibe objetos. Cuenta ideas.
La Sala de la Ofrenda termina de desmontar los prejuicios con los que muchos llegamos. Allí uno descubre que el destino del oro no era permanecer entre los hombres, sino regresar a lagunas, cuevas y montañas para restablecer el equilibrio del mundo. ¡Qué paradoja para nuestro tiempo! Nosotros solemos admirar a quien acumula; aquellas sociedades honraban a quien devolvía.
Tal vez por eso la Balsa Muisca me impresionó tanto. Durante siglos, los europeos buscaron El Dorado convencidos de que era una ciudad rebosante de tesoros. Los muiscas nunca estuvieron hablando de una ciudad. Estaban hablando de un ritual.
Los españoles creyeron descubrir una fortuna.
En realidad, habían tropezado con un símbolo.
Y, como suele suceder, los símbolos resultan mucho más difíciles de conquistar que el oro.
Hay otro detalle que me acompañó durante toda la visita. Los chamanes aparecen transformados en aves; las aves representan el vuelo, y el vuelo simboliza el tránsito entre distintos niveles del universo. Nada parece decorativo. Todo significa. Todo dialoga con todo. Uno termina comprendiendo que la verdadera riqueza del museo no está encerrada en las vitrinas, sino en la admirable red de significados que las conecta.
Como latinoamericano, quisiera decirles algo a mis amigos colombianos.
A veces la cercanía nos vuelve un poco distraídos. Lo extraordinario termina pareciéndonos cotidiano. Y sospecho que algo de eso puede ocurrir con el Museo del Oro.
Desde afuera, un brasileño alcanza a ver con claridad el privilegio que ustedes tienen.
En nuestros países solemos levantar la vista hacia Europa cuando pensamos en grandes museos o en las grandes tradiciones intelectuales de la humanidad. Sin embargo, en pleno centro de Bogotá existe un museo capaz de dialogar con cualquiera de ellos, no por la cantidad de oro que resguarda, sino por la profundidad de las preguntas que plantea.
Porque este museo no habla únicamente del pasado de Colombia.
Habla de la condición humana.
Habla de la relación entre las personas y la naturaleza.
Habla del poder, de la muerte, de la comunidad, del tiempo y de lo sagrado.
Y esas conversaciones nunca envejecen.
Tal vez el mayor mérito del Museo del Oro consista precisamente en obligarnos a cambiar de mirada. El oro deja de ser riqueza para convertirse en pensamiento. La arqueología deja de ocuparse solamente de objetos para ocuparse de significados. Sin darse cuenta, el visitante sale sabiendo menos de metales y mucho más de la extraordinaria capacidad humana para construir símbolos.
Al abandonar el museo comprendí por qué había regresado por tercera vez. No volví para contemplar las mismas piezas —ellas siguen allí, silenciosas, desde hace siglos—, sino porque yo ya no era el mismo visitante.
Los grandes museos tienen esa curiosa virtud: no cambian sus colecciones; cambian a quienes las recorren.
Por eso me permito decirles, con el afecto de un brasileño profundamente admirado por Colombia, que ustedes custodian mucho más que una colección excepcional de orfebrería prehispánica. Custodian una de las expresiones más refinadas de la inteligencia simbólica de nuestro continente.
Entré por tercera vez creyendo que iba a ver oro.
Salí, una vez más, agradecido porque encontré algo infinitamente más valioso: una forma de pensar el mundo que sigue brillando cinco siglos después, aunque ya no sea el metal lo que más deslumbre, sino las ideas que ese metal todavía es capaz de contar.


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