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El mundo se volvió sistema — y Habermas desconfiaba de eso

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 17 mar
  • 4 min de lectura

Habermas, Luhmann y nuestro presente digital


Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )


Hay muertes que cierran una vida. Otras parecen cerrar una época.

Cuando se van ciertos pensadores —de esos que pasan décadas discutiendo con su propio tiempo— no se pierde solo un profesor ilustre. Se pierde algo más sutil: una especie de brújula moral.

La muerte del filósofo alemán que acompañó el siglo XX y alcanzó el XXI con admirable lucidez deja esa sensación. No es solo una despedida. Es también el eclipse de una tradición que todavía creía en algo que hoy suena casi ingenuo: que los seres humanos pueden resolver sus conflictos conversando.

Dicho así, parece poca cosa. En realidad, es casi todo.

Tuve la fortuna de escucharlo cuando estudiaba Filosofía en el antiguo Instituto de Filosofía y Ciencias Sociales de la UFRJ. Era otro mundo. O, mejor dicho, otra realidad.

Allí las ideas circulaban sin depender de algoritmos ni de aplausos digitales. La discusión era artesanal, con el ritmo pausado de quien piensa antes de hablar.

El visitante alemán hablaba sin grandilocuencia, con la sobriedad de quien había visto de cerca los excesos de la historia. No pretendía rediseñar el mundo. Más bien intentaba comprenderlo.

No recuerdo cada frase —la memoria tiene sus mañas—, pero sí el tono: una confianza obstinada en la razón pública.

Una confianza, hay que decirlo, un poco contracorriente.

Su pregunta era sencilla y, por eso mismo, incómoda:

¿cómo es posible una sociedad libre entre personas que discrepan de casi todo?

Su respuesta fue tan modesta como exigente: la democracia depende de que los ciudadanos puedan entenderse a través de argumentos.

No de sentimientos, ni de consignas, sino de razones.

Las personas deben poder justificar lo que dicen ante los demás.

La vida colectiva descansa, entonces, sobre algo frágil: la disposición a discutir.

De ahí surge su idea de esfera pública: ese espacio donde los ciudadanos dejan de ser espectadores y pasan a debatir lo común.

No es un lugar físico. Es un proceso.

Durante un tiempo se creyó que ese espacio sería el corazón de la democracia moderna. Pero la historia —que tiene un humor algo travieso— decidió complicar el asunto.

Mientras ese pensador —Habermas— elaboraba una teoría basada en la comunicación entre interlocutores, otro sociólogo alemán, Luhmann, proponía algo distinto.

Para este último, la sociedad no depende del entendimiento entre personas, sino del funcionamiento de sistemas.

Economía, política, derecho: cada uno opera con sus propias reglas.

La comunicación, en ese modelo, no es un diálogo, sino un flujo.

Dos formas de ver el mundo: una centrada en las personas, otra en los sistemas.

Durante años, esa discusión se quedó en los libros.

Hoy, parece haberse salido de ellos.

Basta mirar el presente.

Nunca hubo tanta comunicación.

Y, sin embargo, cuesta cada vez más entenderse.

Redes sociales, algoritmos, plataformas digitales: todo circula a una velocidad que antes parecía imposible.

Pero algo cambió.

La comunicación se volvió abundante. El entendimiento, escaso.

Los mensajes no se difunden porque sean verdaderos o convincentes, sino porque logran visibilidad.

La esfera pública se transformó en un ecosistema de métricas.

El ciudadano se volvió usuario.

El debate, contenido.

Y la política, con frecuencia, tendencia del momento.

Aquí el viejo debate filosófico adquiere un aire casi profético.

Lo que parecía una teoría abstracta —la sociedad como sistema— hoy se vuelve visible en el mundo digital.

Las plataformas seleccionan, amplifican y distribuyen información según lógicas propias. Los algoritmos organizan lo que vemos sin pedir permiso.

La comunicación ya no depende solo de quienes hablan, sino también de cómo operan los sistemas.

El mundo se volvió sistema.

Y tal vez por eso Habermas desconfiaba.

Sin embargo, la historia no es tan simple.

Porque, a pesar de todo, seguimos necesitando aquello que ese filósofo defendía.

Los tribunales exigen razones. Las democracias buscan deliberación. Y el debate sobre inteligencia artificial plantea una pregunta inevitable: ¿quién legitima las decisiones que toman los sistemas?

Los sistemas organizan procesos.

Pero no legitiman.

La legitimidad sigue siendo un asunto de palabras compartidas.

Recuerdo hoy aquellas conferencias en el IFCS y me queda la impresión de que su preocupación nunca fue solo teórica.

Intentaba responder a una pregunta profundamente política: cómo preservar la libertad en una sociedad cada vez más compleja.

Su respuesta no fue una promesa.

Fue una apuesta.

La apuesta de que los seres humanos, incluso rodeados de sistemas, aún pueden reconocerse como interlocutores.

Puede parecer poco.

Pero las sociedades que abandonan esa esperanza suelen descubrir —tarde, como suele pasar— que existen formas menos amables de resolver sus desacuerdos.

La democracia es, en el fondo, un intento de evitar eso.

Depende de algo muy frágil.

La capacidad de discutir.

Y, viendo el mundo de hoy, uno sospecha que ese puede ser el mayor desafío de nuestro tiempo.

Tal vez, en el fondo, Habermas seguía confiando en las palabras —mientras Luhmann ya intuía que el mundo terminaría organizado como un sistema.

Porque los sistemas pueden comunicar.

Pero solo las personas pueden entenderse.

 
 
 

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